El curioso incidente del perro a medianoche, de Mark Haddon, llevaba mucho tiempo allí, en la estantería de la librería, observándome al pasearme ante él y otros colegas a la caza de lectura. Pero nunca me lo llevé, hasta mi última visita. Edición bolsillo; había llegado la hora.
Su protagonista, Christopher Boone, es uno de los más originales que han surgido en el panorama de la narrativa internacional en los últimos años, y está destinado a convertirse en un héroe literario universal de la talla de Oliver Twist y Holden Caulfield. A sus quince años, Christopher conoce las capitales de todos los países del mundo, puede explicar la teoría de la relatividad y recitar los números primos hasta el 7.507, pero le cuesta relacionarse con otros seres humanos. Le gustan las listas, los esquemas y la verdad, pero odia el amarillo, el marrón y el contacto físico. Si bien nunca ha ido solo más allá de la tienda de la esquina, la noche que el perro de una vecina aparece atravesado por un horcón, Christopher decide iniciar la búsqueda del culpable. Emulando a su admirado Sherlock Holmes ―el modelo de detective obsesionado con el análisis de los hechos―, sus pesquisas lo llevarán a cuestionar el sentido común de los adultos que lo rodean y a desvelar algunos secretos familiares que pondrán patas arriba su ordenado y seguro mundo.
Al parecer se trataba de un fenómeno editorial, así que lo abrí con optimismo. Habiendo leído la sinopsis esperaba encontrarme con un personaje atípico, con un chico raro, sin más, que le dotaría de una carga cómica importante. En seguida me di cuenta de que no.
Christopher es un chico de 15 años con síndrome de Asperger, lo cual ya le aparta de la categoría de personaje excéntrico con el que me esperaba encontrar. En realidad, el asesinato de Wellington, el perro de la vecina, no es más que una excusa, un punto de partida hacia el redescubrimiento de nuestro mundo desde un punto de vista ni siquiera contemplado por la mayoría de las personas que lo habitan.
No se puede decir que el lenguaje literario del texto sea el que estamos acostumbrados a encontrar en cualquier libro. Su uso es sencillo y lógico, igual que el funcionamiento de la mente de Christopher; sería absurdo hacerle hablar de cualquier otra manera.
Una lectura dura y enternecedora que yo, personalmente, he disfrutado mucho.


El mismo día que me hice con 

