Reseña: Loxandra, de María Iordanidu

Loxandra, de María Iordanidu, es una de las obras referentes en la literatura griega de la primera mitad del siglo XX. No podemos decir que se trate de narrativa de ficción al uso  porque, en realidad, es una obra más cercana a la biografía, aunque reducida y novelada, de la abuela de la autora, María Iordanidu.

Loxandra es una de esas grandes mujeres en torno a las cuales se estructuran muchas familias. Fuerte, generosa, bondadosa y con un carácter tan espontáneo como poco dado a la diplomacia («¡Mal rayo te parta!»). Con los suyos no abandona esa intensidad expresiva; no le faltan palabras cariñosas para mostrar su amor ni exabruptos para transmitir su desacuerdo. Así es ella: natural como la vida misma. Y tal y como la propia vida venga, así la tomará Loxandra: disfrutando de todas y cada una de las cosas maravillosas que esta le ofrezca, por pequeñas que sean, y sabiendo aceptar las no tan buenas porque, ya que las cosas son así, así deben ser.

Dice Loxandra que vino al mundo en Constantinopla, en tiempos del sultán Abdül-Mecit, «que mala muerte tenga…».

«Que mala muerte tenga» es una de las expresiones que Loxandra se reserva para aquellos por los que no siente aprecio alguno, y el sultán en ejercicio suele ser un objetivo claro para ella. Abdül-Mecit, que reinó entre 1839 y 1861, murió de tuberculosis; del todo buena no fue su muerte, pues, con o sin la ayuda de Loxandra.

María Iordanidu con su abuela Loxandra

En 1821 llegó la independencia de Grecia ante el Imperio otomano, al que había pertenecido desde el siglo XV. Sin embargo, para Loxandra, que no vivía en Grecia sino en Constantinopla, la capital del Imperio, aquello no fue algo que marcara una gran diferencia entre el antes y el después en su vida diaria. El sultán Abdül-Mecit I —el de la mala muerte— inició el periodo conocido como Tanzimat, un proceso de reformas en el que, entre otras medidas, se reconocía la igualdad de todos los habitantes del Imperio, sin importar sus creencias religiosas. Casi la mitad de los habitantes de Constantinopla eran griegos, armenios, judíos o católicos y la convivencia era lo suficientemente buena como para poder vivir con relativa tranquilidad, pero sin olvidar que allí los que mandaban eran los turcos. A finales del siglo XIX, la inestabilidad política en la propia ciudad —alguna que otra matanza de nada— fue lo que hizo que Loxandra y su familia se mudaran a Atenas.

La novela nos lleva de la mano de Loxandra desde mediados del siglo XIX hasta el momento de su muerte, justo antes del estallido de la Primera Guerra Mundial. La narración de la vida cotidiana del entorno de la protagonista es la que nos pasea por la historia de los lugares en los que se desarrolla y por los grandes acontecimientos históricos del momento. La existencia de Loxandra transcurre entre sus visitas al santuario de la Virgen de Baluklí en busca de paz espiritual y agua bendita para remediar diferentes males —¡qué no podrá solucionar la Virgen de Baluklí!— y las visitas de amigos y familiares a su casa, todas ellas la excusa perfecta para preparar algún que otro plato o dulce de esos que disfruta tanto o más que sus invitados. Devoción religiosa, culinaria y hospitalaria; esa es la esencia de la gran Loxandra.

María Iordanidu narra con un lenguaje natural y cercano un periodo histórico que es imprescindible conocer para entender la realidad política y cultural de la Grecia de hoy en día. Sin embargo, el valor de esta novela no se encuentra únicamente en el testimonio histórico que aporta; el placer de su lectura es, en sí mismo, motivo más que suficiente para dedicarle nuestro tiempo.

Traducción de la edición de Universidad Veracruzana: Selma Ancira

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