Final feliz: la Navidad ya está aquí (sí: otra vez)

Ya es Navidad. Buena noticia para algunos y no tanto para otros. Sea cual sea tu caso, aprovecho para compartir contigo un relato antiguo muy propio de estas fechas. Y espero que te guste, porque esta es mi felicitación para ti:

Atrás quedó Todos los Santos y como cada año pasamos, así, sin mayor período de aclimatación que lo que tardaron los escaparates en cambiar las calaveras por los calcetines rojos, de reírnos de nuestras peores pesadillas a vivirlas en nuestras propias carnes con la vista puesta en la Navidad.

Navidad. Otra vez. No me había deshecho aún de los turrones de la anterior, claramente presentes en las fotos de mi verano de playa, y ya tenía llamando a la puerta a la siguiente. Regalos, reuniones familiares, comidas de empresa… aquella época del año disparaba mis niveles de estrés hasta límites insospechados, ayudada por una pegajosa banda sonora de cascabeles y voces infantiles que se regodeaban de mi estado de nervios al abrirme paso entre la multitud a la luz de irritantes lucecitas de colores.

Así había sido hasta entonces. La hiperglucemia propia del ambiente de las fechas me irritaba sobremanera y me hacía sacar lo peor de mí misma. No aquel año. Un extraño y hasta entonces, para mí, desconocido espíritu navideño se apoderó de mi ser y comencé a disfrutar de cada una de las cosas que acostumbraban a sacarme de quicio. Me congracié con todas y cada una de las manadas humanas con las que compartí calle, transporte público y centros comerciales. Me contagié de su alegría de empujarse los unos a los otros para avanzar de una tienda a la siguiente, de comprar y gastar sin control como si se fuera a acabar el mundo… llegué a sorprenderme con una sonrisa en los labios al caminar sola por la calle, y parada, incluso, admirando la iluminación de alguna de ellas. ¡Dios!, ¡estaba feliz!, ¡en Navidad! En aquel preciso instante el pánico se apoderó de mí. Aun siendo consciente de la situación no podía borrar aquella sonrisa de mi cara, ni dejar de sentir aquella felicidad extrema, totalmente injustificada a cuatro días de Navidad. Mi mirada, sin embargo, me delataba. Reconocí la misma desesperación en los ojos de un señor que echaba juguetes en su carrito, de manera indiscriminada y sin control, en el pasillo de un centro comercial, y en los de un Papá Noel que agitaba compulsivamente su campana, sin ser capaz de borrar aquella dulzona sonrisa que se adivinaba bajo su barba y a la que desproveía de todo significado su mirada de desequilibrado. No era, en realidad, la mirada de un loco, sino la de un hombre asustado, que agitaba su campana. Cada vez más rápido. Cada vez más fuerte. Igual que la felicidad que nos invadía a todos y a cada uno de nosotros. Cada vez más intensa. Cada vez más profunda. Hasta no poder más. Y estallar.

Uno tras otro. El señor de los juguetes estaba ya en un avanzado estado de beatitud cuando lo vi por primera vez: él fue el primero. El que abrió la veda. A partir de aquel momento, la felicidad fue creciendo exponencialmente dentro de cada uno de nosotros, alimentada por la de nuestros semejantes hasta hacernos explotar de júbilo. Al ritmo de la campana de Papá Noel, que, ya de pie, no podía ocultar su excitación, la alegría iba liberándose de nuestros cuerpos, incapaces de contener tanta dicha en su interior. Un niño rubio, de anuncio, no tardó en liberar toda la que su pequeño cuerpecito había sido capaz de soportar ante la visión de su personaje favorito de la televisión, que bailaba frenéticamente ante él, moviendo en todas direcciones su pesado disfraz de gomaespuma. El propio actor fue el siguiente. Produjo un sonido apenas audible, amortiguado bajo aquel pesado traje. Una señora armada de turrones hasta los dientes; una dependienta que rociaba indiscriminadamente a todos cuantos se le acercaban con un chorro de perfume; un abuelo y su nieta, sentada sobre sus rodillas, estos últimos al unísono. Uno tras otro, todos desaparecieron a mi alrededor. Menos Papá Noel, que me miraba riendo, como yo, sin poder parar, al contemplar el feliz final de la humanidad. Su campana fue lo último que mi cerebro fue capaz de procesar antes de saturarse y explotar de pura felicidad.

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