Futuro, distopía y punk

Imagen de la película Blade Runner

Vuelvo al tema distópico. Hoy no voy a reseñar ninguna novela de este género, pero sí que hablaré de él y de su relación con la ciencia ficción, el punk y el ciberpunk como movimiento al que pertenecen muchas de sus obras. El punk, en general, por su filosofía contraria al conformismo ante las imposiciones políticas, militares y sociales, suele tener una presencia más que justificada en realidades poco ideales, a menudo gobernadas por regímenes autoritarios en los que la parte de la sociedad no perteneciente a las élites suele estar injustamente sometida a los intereses de esta; esto constituye la descripción perfecta de una distopía en toda regla, que no necesariamente debe localizarse en un futuro lejano, aunque esta sea una buena manera de denunciar las injusticias del presente y de ilustrar adónde nos pueden llevar de no ponerles remedio.

Distopía y punk van de la mano, teniendo en cuenta que este nació como expresión de las clases deprimidas y que en una sociedad justa estas no existirían; sin injusticia no habría disidentes, uno de los elementos comunes a la mayoría de ellas, el antihéroe a ojos de la sociedad, a través del cual se muestra el conflicto (Winston Smith en 1984, Guy Montag en Fahrenheit 451, Bernard Marx en Un mundo feliz, etc.), a menudo presentados como criminales o inadaptados cuando, en realidad, son los verdaderos héroes de la situación, los rebeldes que se atreven a cuestionar el sistema cuando lo fácil —y seguro— es seguir la corriente. Son, en definitiva, el componente punk de la historia.

La manipulación informativa, el miedo y el pensamiento único

La novela 1984, publicada en su edición manga por Herder y dirigida por Michael Radford en su versión cinematográfica.

1984, de George Orwell, uno de los mayores exponentes de la literatura distópica, es uno de esos ejemplos de novela futurista en el que plasmar el negro futuro que espera a la especie humana de no reaccionar a tiempo ante aquello que puede percibirse ya en el ambiente y que Orwell vio venir claramente: el control de la población a través de la manipulación de la información y del miedo a ser descubierta la propia disidencia —en caso de haber sido uno capaz de cuestionar lo que se pone ante sus ojos—, sea por la vigilancia del propio sistema o a través de la delación por parte de algún otro miembro del pueblo. Este cuestionamiento de todo, especialmente de aquello aceptado por el establishment, es uno de los puntos de la filosofía punk en oposición al pensamiento único y a la aceptación de los dogmas —claramente visibles en 1984—.

La música punk ha dedicado más de una canción a hablar más o menos explícitamente sobre la novela de Orwell; en algunos casos, como este Winston Smith, de Reviver, la alusión es clara, en otros, sin embargo, se limita a citar alguna frase o alguno de los conceptos mencionados en la obra. Si te interesa, aquí puedes leer la letra de esta canción, o encontrar algunos ejemplos más de temas punk inspirados en 1984 siguiendo este enlace.

Destrucción de la cultura, consumismo y adormecimiento social

Nada asusta más a los beneficiados por el sistema que una población consciente del abuso al que es sometida. Lo último que quieren es una revolución popular que haga que se les acabe el chollo, de manera que es mejor tener entretenida a la plebe y evitarse problemas. Una mente pensante es peligrosa; no digo nada nuevo. Si consigues tenerlos distraídos vendiéndoles tus productos mereces un aplauso, pero si, encima, logras que la sensación de libertad corra desbocada por sus venas hasta el punto de defender este sistema que tanto te conviene, para hacer justicia a tu ingenio habría que hacerte un monumento. Bien grande. Y eso el lo que habría que hacer con los malos creados por Bradbury y Huxley para dos de las distopías por antonomasia: Fahrenheit 451 y Un mundo feliz. Y, también, con los de Mercaderes del espacio, de Pohl y Kornbluth, menos conocida, pero tan encaminada como las otras hacia una realidad que ya estamos viendo.

Fahrenheit 451, la destrucción de la cultura

La novela ha sido adaptada al cómic por Tim Hamilton y llevada al cine por François Truffaut

¿Hay algo más ilustrativo para reflejar el desprecio hacia la cultura que una quema de libros? Por algo será que los más beneficiados por la continuidad del sistema, desde los nazis hasta la Inquisición, entre otros, se han dado a la piromanía cultural el algún momento —cargarse todo un sistema educativo, o impedir el acceso a él, es tanto o más efectivo, pero, eso sí, ofrece un espectáculo visual más pobre; no se puede tener todo en esta vida—. El propio Bradbury lo mencionaba en Fuego brillante, el epílogo a Fahrenheit 451 que escribió en 1993:

Solo resta mencionar una predicción que mi Bombero Jefe, Beatty, hizo en 1953, en medio de mi libro. Se refería a la posibilidad de quemar libros sin cerillas ni fuego. Porque no hace falta quemar libros si el mundo empieza a llenarse de gente que no lee, que no aprende, que no sabe. Si el baloncesto y el fútbol inundan el mundo a través de la MTV, no se necesitan Beattys que prendan fuego al queroseno o persigan al lector. Si la enseñanza primaria se disuelve y desaparece a través de las grietas y la ventilación de la clase, ¿quién, después de un tiempo, lo sabrá, o a quién le importará? […] el Bombero Jefe en la mitad de la novela lo explica todo, y predice los anuncios televisivos de un minuto, con tres imágenes por segundo, un bombardeo sin tregua.

Se añade a la desaparición de la cultura y al fomento del ocio no pensante otro factor, común a 1984: el miedo a ser descubierto o, peor aún, a ser delatado por alguien menos crítico con el sistema, de manera que se impone un aislamiento del individuo ante el peligro de compartir sus ideas con la persona equivocada; tu potencial rebelión quedará entre las paredes de tu cabecita. La disidencia se paga, sea con la muerte o con el ostracismo físico o social—; el «punkarra» contra el establishment, ¿o acaso es el punk un movimiento prestigioso más allá de sus propios miembros?. Yo, personalmente, pienso que es más peligroso que los niños de hoy aspiren, ya desde pequeños, a ser tertulianos de telebasura o carne de reality show, pero así son las cosas.

Un mundo feliz, la utopía distópica

Comentaba arriba lo maravilloso de tener de tu parte al pueblo que exprimes cual limón en tu propio beneficio, y de lo virtuoso del tirano que consiga hacerlo, sirviéndose tanto del engaño como del entretenimiento. En este caso la cosa se simplifica un poco, ya que el populacho en cuestión es ya fabricado y condicionado para aceptar de buena gana su puesto en la sociedad, dividida en castas —clases— genéticamente aptas para desempeñar el papel que les corresponde, desde los Épsilon, menos capacitados intelectualmente y encargados de hacer los trabajos rutinarios menos cualificados, hasta los Alfa, más inteligentes, más altos, más guapos y, por ende, en lo alto de la pirámide social.

Con los Épsilon, claro, no hay problema, ya que su inteligencia limitada no les permite cuestionarse demasiado las cosas; entre los Alfa, sin embargo, más capaces de pensar de forma crítica, sí que se da de vez en cuando algún caso de disidencia que, cuando el soma y el entretenimiento no no son capaces de contener, debe ser extirpado del tejido social ante el peligro de extenderse como un cáncer. Lo paradójico del asunto es que, tal y como dice uno de los mandamases de la sociedad, el lugar al que son desterrados aquellos que, por no encajar en el sistema del pensamiento único, constituyen un peligro para este, es en realidad aquel en el que se concentran las personas más interesantes del planeta, una especie de paraíso intelectual en el que no hay que someterse a la manipulación del poder; pensar por ti mismo te convertirá al mismo tiempo en un marginado y en una persona libre.

Los habitantes de este Londres del futuro viven en una perfecta felicidad, inmersos en el engaño de una vida placentera a través del entretenimiento y el consumismo (nada que nos resulte especialmente extraño en el mundo en que vivimos). Es en este engaño, pues, en la falta de libertad que desconocen, donde reside la distopía, a la que solo llegan al darse de narices con la verdad, sea pensando o después de conocer otras realidades, como les sucede a dos de los personajes principales. ¿Podría compararse esta obra a Matrix? Perfectamente, ¿no?

Mercaderes del espacio, las grandes empresas al poder

El sistema capitalista es, en sí, la antítesis a la filosofía punk, contraria tanto al pensamiento único como a la globalización neoliberal, y, para globalización neoliberal, la de esta novela, en la que los gobiernos han perdido su poder en favor de grandes corporaciones que, a efectos prácticos, son las que gobiernan el mundo. Muy triste todo. Y tal y como están las cosas tampoco me parece una idea especialmente loca.

En tal sociedad, con un planeta agotado y contaminado hasta el extremo de tener que llevar tapones antihollín en las ciudades, todo vale con tal de vender —y el matar no es ninguna excepción; la competencia entre las grandes empresas es tal que un asesinato en pro de las ventas no es un hecho extraño ni excesivamente execrable—. Así las cosas, la colonización de Venus no es presentada como una salvación de la humanidad vía migración colectiva, sino como una oportunidad de negocio, tanto para comercializar en la Tierra con las materias primas de Venus como para importar al nuevo planeta los artículos que sus habitantes necesiten y no puedan fabricar allí. ¿Es esto último lo único que les van a colocar? Pues no, porque lo primero que se les va a vender es la moto de que lo de irse a Venus es algo maravilloso cuando, en realidad, es el lugar más inhóspito que un ser humano pueda pisar: atmósfera irrespirable, temperaturas abrasadoras… esas cosas que tienen el ácido sulfúrico y el estar 40 millones de kilómetros más cerca del Sol, ya sabes.

Pero también en este mundo hay disidentes, los consistas, un grupo clandestino que se dedica a boicotear el sistema imperante desde dentro, ya que tienen infiltrados en todos los estratos sociales, incluidos los superiores. He aquí la actitud punk en la novela: una organización clandestina, consciente de la irreversibilidad de las consecuencias del expolio de recursos naturales, partidarios del ecologismo —otro interés común a parte del movimiento punk— y, pese a todo, creyentes en la posibilidad de revertir la situación mundial a través de la concienciación popular.

Ciberpunk

Ahora sí, vamos al ciberpunk, que supongo que habrá sido lo primero que te haya venido a la mente al leer el título del post. ¿Por qué? Pues porque cuando hablamos de futuro nos referimos al nuestro y, por mucho que los años en los que se ambientaban las novelas de las que os hablaba hace un momento pertenecieran a una época futura para los autores, en algunos casos forman ya parte de nuestro pasado, y en otros quedan tan alejadas de nuestra imagen mental del futuro que nos cuesta considerarlas como una hipótesis válida, por muy vigentes que estén los temas que tratan.

El ciberpunk como movimiento literario nació en los años 80 como una respuesta crítica a la ciencia ficción clásica y al pulp perteneciente a este género creado por los futurianos (grupo al que pertenecían Frederick Pohl y C.M. Kornbluth —autores de Mercaderes del espacio— o Isaac Asimov, entre otros) y a la inocencia con la que trataban el tema. Lo que comenzó como algo casual fue tomando forma y acabó materializándose en forma de fanzine con Cheap Truth, dirigido por Bruce Sterling, en el que publicaban, bajo seudónimo, artículos favorables a obras ciberpunk e irónicos sobre los autores clásicos de ciencia ficción.

El movimiento ciberpunk tomó su nombre del título de una historia corta escrita por Bruce Bethke en 1980 y publicada en 1983 en  la revista Amazing Stories of Science Fiction (puedes leerla aquí), y reivindicaba el uso político de la ciencia ficción y la distopía para advertir sobre el poder que daba a los estados y a las grandes corporaciones el uso de la tecnología como herramienta de control —una vez más, presente ya en nuestro día a día a través del famoso Big Data—. Aunque pueda parecerlo después de lo que acabo de decir, el ciberpunk no es contrario a la tecnología, sino al mal uso que se puede hacer de ella, del que habría que defenderse —al que habría que atacar— con las mismas herramientas y, sobre todo, a través de la libertad de información, uno de los grandes objetivos del movimiento, sin la cual la sociedad permanecería sin remedio sometida a la manipulación informativa de los poderosos.

Portada de la novela Neuromante, de William Gibson, del manga Ghost in the Shell, de Masamune Shirow y cartel de la película Matrix, dirigida por las hermanas Wachowski (entonces aún conocidas como hermanos Wachowski).

Aquí tres muestras —a menudo comparadas— sobre el último paso en el dominio extremo del individuo: el control externo de su propio cuerpo, en este caso a través de la tecnología que acaba formando parte del ser humano. William Gibson escribió en 1984 su novela Neuromante, pionera del ciberpunk, en la que Case, el protagonista, es coaccionado para realizar un determinado trabajo a cambio de devolver a su cuerpo las capacidades que le han sido arrebatadas como castigo por su comportamiento anterior; tanto en este caso como en Ghost in the Shell o en Matrix, los protagonistas son ciborgs, combinaciones de humano y máquina —en diferentes proporciones— que desdibujan el límite entre aquello que es humano y lo que no lo es. En Ghost in the Shell, por ejemplo, lo humano no reside en el cuerpo sino en la mente que lo ocupa —el ghost—, que puede ser incluso trasladada a una máquina y continuar siendo considerada una persona; la esencia del ser humano no reside en su cuerpo sino en su mente. Lo mismo podría decirse de Matrix, donde tanto en su forma física como en la virtual es la conciencia del humano que la dirige la que determina su verdadera naturaleza —los personajes son ellos mismos tanto dentro como fuera de Matrix—. La tecnología es, pues, aquello que les da capacidades sobrehumanas y, al mismo tiempo, lo que los hace vulnerables, al no formar realmente parte de ellos mismos y ser potencialmente controlable por terceros —a Case se le inhabilita para utilizar su parte máquina, un delincuente hackea en Ghost in he Shell mentes humanas para cometer crímenes y la vida entera de los liberados de Matrix depende de su capacidad para sobreponer su consciencia humana a la realidad virtual en la que se mueven mientras se conectan a ella—. La tecnología es, como decía antes, un arma de doble filo tan peligrosa de un lado como del otro, y de la que los oprimidos deben hacer un uso clandestino para contrarrestar los abusos del sistema. Habrá que esperar para ver quién gana —o si llega antes del final de esta lucha el final del ser humano—.

Sant Jordi 2017

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Ya está aquí Sant Jordi de nuevo. Y hoy he pensado: pues en vez de soltar el mismo rollo de cada año, o de dar una relación de los actos y firmas del día, voy a ser tan original como totalmente inútil a efectos prácticos —como la mayoría de las cosas bonitas de este mundo— y poner una pequeña y entrañable muestra del arte que derrochan los críos por estas fechas, ya que la de Sant Jordi es una fiesta muy celebrada en los colegios. Así que aquí la tienes; no te pierdas ni un dibujo, que hay verdaderas joyas.

Cerebro y habla. Talking Brains: nueva exposición en CosmoCaixa

Hoy no traigo libros, pero lo que te voy a contar está íntimamente relacionado con ellos: las palabras, los idiomas, la lengua humana en sí misma, materia prima imprescindible sin la cual cualquier texto, escrito o no, sería algo imposible de crear e, incluso, de concebir. Sin palabras no hay literatura, he aquí por qué he decidido hablarte de Talking Brains, la exhibición itinerante que ocupa desde hace un par de semanas uno de los espacios para exposiciones temporales de CosmoCaixa Barcelona, que llevaba esperando desde el momento en que tuve conocimiento de ella. La exposición gira en torno a las funciones cerebrales relacionadas con el habla y cómo el hecho de comunicarnos a través de un lenguaje como el nuestro —y no me refiero a ningún idioma en concreto, sino al habla como medio de transmisión de información y de relación con los demás— es un factor importantísimo a la hora de definir al ser humano y de diferenciarlo del resto de animales: somos quienes somos, en gran medida, gracias al lenguaje que nosotros mismos hemos creado y que evoluciona con el uso tanto como nosotros al hablarlo. Sigue leyendo

Ha vuelto, de Timur Vermes, llevado al cine por David Wnendt

Creo que con el dibujito de al lado no harán falta muchas explicaciones para que sepas de qué —o de quién— vengo a hablarte hoy. Todo un acierto del diseñador de la portada, desde luego; chapó.

Y pensarás: ha leído el libro. Pues bien: no, así que no puedo decir que estaba mejor que la peli porque ni lo he abierto—si te apetece hacerlo, te animo a leerlo y  a que me lo cuentes después; lo publicó Seix Barral en 2013—.

Quizás te preguntes, entonces, a santo de qué te hablo de él. Todo viene porque el otro día vi la película —si tienes Netflix la encontrarás allí— y no me dejó indiferente. No sabría decirte cómo me dejó, pero está claro que indiferente no sería la palabra adecuada. La idea es original, desde luego: un buen día Hitler aparece sin saber cómo ni por qué en el lugar exacto en el que se encontraba su búnker, pero en el Berlín de 2011. De ahí el ha vuelto, hecho, de por sí, ya bastante Sigue leyendo

Selección de novelas gráficas (por alguien que sabe)

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Novelas gráficas. Es un tema chulo, ¿no?. A mí, por lo menos, me lo parece. Si estáis pensando, sin embargo, que yo soy ese alguien que sabe que adelantaba en el título del post, siento mucho decepcionaros, pero no: no soy yo. ¿Debéis salir corriendo ante tal chasco? Vosotros mismos, pero os recomiendo que no lo hagáis si realmente os interesa el tema, ya que sí que os voy a dar lo que prometía: una selección de novelas gráficas, pero no mía, sino de Núria Algarra, autora del blog La estantería de Núria —que os recomiendo seguir—, en el que reseña libros de todo tipo y que me dio la solución a una de mis grandes ambiciones en la vida: escribir un post sobre novela gráfica, un tema sobre el que aún tengo que aprender; ella, sin embargo, lo tiene por la mano y lo hace con mucho arte y salero en las reseñas de diez obras que considera dignas de mencionar dentro de este género y de las cuales ha hecho un listado en su blog. Para saber lo que cuenta, seguid este enlace.

El nuevo año de Las últimas palabras

¡Hola a todos! Quizás os haya sorprendido la nueva apariencia del blog, completamente diferente de la anterior, pero hacía ya un tiempo que me rondaba la cabeza la idea de hacer un cambio y la toma de otra decisión —que últimamente también revoloteaba a mi alrededor— me ha obligado a hacerlo. ¿Qué decisión? Pues que, tras pensarlo, creo que ha llegado el momento de convertir este espacio en una web, con su dominio propio y tal, en la que fuera más fácil localizarme online con mi nombre. Así que aquí estamos. Sigue leyendo

Último programa de Cuarto Cuarta (Ràdio Ciutat Vella)

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Los que acostumbráis a pasar por aquí ya sabréis de qué os hablo si os menciono Cuarto Cuarta, el programa de Ràdio Ciutat Vella desde el que solía comentar gran parte del material que compartía con vosotros en este blog; pues bien: como todo en la vida, ésta ha sido una etapa con un principio (hace casi dos años) y un final (ayer mismo, momento en que tomamos esta foto como recuerdo y homenaje a la seriedad que caracterizaba cada uno de nuestros programas). Los habitantes del cuarto cuarta han animado durante ocho años las noches de los jueves y han decidido por fin abandonar el piso y echar a volar cual polluelos al dejar el nido (snif). Para mí han sido dos años muy especiales y de diversión loca ante el micro. Si volveré a contaros más cositas desde la radio es aún todo un misterio (incluso para mí), lo que sí es seguro es que mis compañeros de piso y yo seguiremos reuniéndonos para tomar unas cervezas y ponernos al día de nuestras aventuras en solitario en el frío mundo que se extiende tras las paredes de nuestro apartamento.