La chica del lunar en issuu

La chica del lunar

Buenas. Antes de nada querría pediros disculpas por el retraso en la publicación de reseñas; hace ya mucho de la última. Me comprometo a colgar la próxima la semana que viene: Petros Márkaris. Ya le tenía ganas a este hombre y su Con el agua al cuello, pero no adelantemos acontecimientos. Hoy sólo quería deciros que he colgado La chica del lunar en issuu (gran descubrimiento). Para los que no lo conocéis, es una plataforma para la lectura en pantalla de documentos (libros, revistas, etc.) en formato libro, con sus páginas y todo, cosa que hace la lectura muy agradable. Si os animáis podéis echar un vistazo a las aventuras de la chica más cómodamente que si las leyerais en el blog.

Pinchad en la imagen de arriba o en el siguiente enlace:

http://issuu.com/sirvi/docs/la_chica_del_lunar

La chica del lunar – último capítulo

la chica del lunar - ultimo capitulo

—¿Y eso qué más da? —es la última respuesta de mi abuela antes de dar un pasito girando sobre sí misma para darse la vuelta y volver a sentarse frente a Manolín, que sigue a lo suyo, moja que moja el chucho en el café con leche.

—¿Que qué más da? —¡habráse visto!—¿Cómo que qué más da?

Mi abuela alza la vista de su merienda para mirarme con toda la calma del mundo.

—Pues eso, que qué más da. ¿Para qué quiero saber yo lo que había dentro de las muñequitas? —abre mucho los ojos y sacude la cabeza mientras sostiene su próximo bocado en la mano derecha—para nada —y se dedica ella también a mojar su merienda en la taza. Sólo hay una explicación a tanto silencio.

—Que no lo sabes, vamos —me juego lo que sea a que no tiene ni idea.

—Pues no. No lo sé. Ya te he dicho que no me hace ninguna falta mas que para meterme en otro lío —vuelve a hacer una pausa para mirarme de la misma manera que antes—. Lo que podía sacar de ellas ya lo tengo. Lo que tuvieran dentro no es asunto mío.

Olé mi abuela. Le ha faltado tiempo para robar una maleta ya robada llena a saber de qué pero, oye, de chafardera no la podrá tachar nadie, que si las muñecas no son suyas -para lo que quiere- tampoco es ella nadie para andar hurgando en su interior. ¿Cómo habrá conseguido venderlas por el buen pellizco que, a juzgar por cómo miraba el paquete, parece heber sacado? Por un momento estoy tentada de preguntarle cómo lo ha hecho pero mi experiencia me dice que me va a salir con eso de que ella ha pasado una guerra y una posguerra que fue aún peor que la anterior y que, si después de aquello aún tuvo fuerzas para venirse a la ciudad a deslomarse para sacar a su familia adelante, no iba a ser el asunto de las muñequitas, como ella las llama, lo más difícil que hubiera hecho en la vida. Como sé que, además, tiene razón, ahorro saliva y me limito a negar con resignación mientras doy media vuelta y vuelvo a la calle, donde Fernando y el Chungo se recuperan de la somanta de palos recibida del bastón de Anselmo.

Pasan los días sin más novedad sobre las dichosas matrioskas y la semana transcurre en la más absoluta calma. Donde digo calma podría decir sopor sin miedo a exagerar ni siquiera un poquito porque la verdad es que el nuevo negocio de Fernando no es que marche viento en popa; los abogados se ganan bien la vida representando a ricachones y chorizos, que son los que tienen el dinero en este mundo y que a menudo son, además, las mismas personas. Lo del despacho de abogados para pobres está muy bien para luchar contra el mal y la injusticia social, que también son más o menos la misma cosa, pero no sé si le dará de comer a él, no digamos ya a mí en calidad de asistente. ¿Asistente para qué? Miedo me da la potencial brevedad de mi contrato indefinido.

Para mi sorpresa me encuentro el viernes con mi abuela al abrir la puerta del despacho-casa de Fernando después de oír el timbre. No espera ni a que le pregunte qué hace ella allí y pasa al salón-recepción-sala de espera.

—Toma —son sus primeras palabras después de atravesar la puerta y las pronuncia tendiéndome un juego de llaves. Me la quedo mirando extrañada y de medio lado, que con mi abuela nunca se sabe.

—¿Son las llaves de casa? ¿Te vas a casa de la tía?

—No —y ya. Con eso debe de pensar que he tenido suficiente. Debería recordarle que yo no he pasado ninguna guerra y que las circunstancias de la vida no me han obligado a espabilar tanto como a ella. Debe de haber caído ella misma en la cuenta de todo esto porque no tarda más de cinco segundos en continuar—Toma —repite.

Cojo las llaves. Levanto la ceja derecha; estas llaves me suenan. Y mucho.

—¿Son…? —volvemos a la comunicación típica de la familia. Mi abuela entiende perfectamente mi pregunta, por supuesto.

—Sí.

—Pero…

—Pero nada. Te dije que ya saqué lo que quería del asunto. Eso es para ti.

Fernando aparece en el comedor secándose las manos en un paño de cocina; ya casi está la comida.

—Y éste te puede ayudar —dice señalándolo con la barbilla. Fernando no entiende de qué va la cosa y me mira a la espera de una aclaración.

—¿Quieres trabajar para mí? —le pregunto sonriendo y mostrándole el juego de llaves, igual que hiciera él cuando me ofreció trabajo—Necesitaré un cocinero. Yo no sé hacer un huevo frito y el Lito, además, tiene un almacén generoso en el que bien cabrán una mesa y unas sillas para atender a tus clientes, cuando los haya.

Fernando sonríe sinceramente.

—¿En el Lito? ¿Tú y yo? ¿Como en los viejos tiempos?—espera mi confirmación, que le llega en forma de feliz asentimiento—Encantado, jefa.

Mi abuela se sonríe y vuelve sobre sus pasos para irse por donde ha venido. Antes de que se cierre la puerta Fernando aún tiene tiempo de decir una última cosa:

—¡Pero usted me tiene que enseñar a hacer sus torrijas!

De sobra sé que ella no tiene ninguna intención de darle a nadie la receta secreta de sus torrijas, igual que no me dirá nunca cómo ha conseguido que Gloria le traspase el negocio y se limitará a mencionar la guerra, la posguerra y todo lo que vino después, pero igual de segura estoy de que encontrará cada día un momento para pasarse por el nuevo Lito y quejarse de la cosa más tonta mientras se toma un café con su nieta. Y con Manolín, claro.

La chica del lunar – capítulo 44

la chica cap 44

—¿Tú qué crees? —pregunta mi abuela.

La verdad, ni puñetera idea. Mi vida, que ha sido siempre más bien aburrida tirando a sosa, parece haberse vuelto loca últimamente para obsequiarme con situaciones absurdas o surrealistas a porrillo. Yo, que pasaba mis días yendo y viniendo del trabajo a casa sin más novedad que una queja diaria nueva sobre mi jefa, he pasado en el último mes por el susto de haber casi matado por sobredosis de cafeína en el café de la mañana a un cliente que acabó convirtiéndose en mi nuevo jefe. He presenciado la transformación personal de éste después de colaborar -también involuntariamente- en la ruptura de su matrimonio y su posterior salida del armario. Sin comerlo ni beberlo he sido cómplice en el robo un de un vehículo en plena calle a manos del Chungo, un curioso personaje que debía un favor a Fernando y que ha acabado fregando el baño de mi abuela después de pedirle asilo político en su huída de la mafia china, a la que había birlado una maleta repleta de sospechosas matrioskas de no menos sospechoso relleno con la que, mira tú por dónde, ha desaparecido mi abuela. Y pese a haber dado con la madre de mi madre y su maleta, las que no aparecen por ningún lado son las dichosas muñecas rusas. Miedo me da cómo pueda acabar todo esto.

—Pues… no sé.

Repaso mentalmente los últimos acontecimientos y, de repente, caigo. El niño chino que atravesó corriendo la plazoleta para tirar un paquete en la papelera de la esquina de ésta. Manolín, recogiendo con la velocidad del rayo el mismo paquete y corriendo calle abajo para entregárselo a mi abuela durante una merienda a base de chuchos y croissants de mantequilla.

—¿Qué hay en el paquete? —pregunto de repente, señalando al interior de la panadería, en la que Manolín sigue dando cuenta de la merendola, masticando parsimoniosamente su bollo mojado en café con leche mientras una gota de éste le resbala por la barbilla.

—¿Tú qué crees? —vuelve a decir ella. La verdad, esta actitud suya empieza a molestarme.

—¿Entonces…? —señalo esta vez hacia el otro lado, dirección en la cual se encuentra el bazar Próspero, de donde salió la dichosa maleta. Mi abuela asiente, condescendiente—Pero… ¿no…?

Creo que ya había comentado la tendencia de mi familia -de la cual, por suerte o por desgracia, formo parte- a comunicarse mediante frases incompletas que, para maravilla de extraños, son suficientes para entendernos perfectamente en nuestro día a día. Mi abuela niega con la cabeza, respondiendo así a mi pregunta, que no era otra que si no tenía miedo de que el amigo del Sr. Próspero, propietario primero de las matrioskas, tomara represalias contra ella después de saber a quién había pagado un rescate por ellas. No hay de qué preocuparse. La respuesta de mi abuela lo ha dejado claro, puesto que el mensaje último de ese simple movimiento de cabeza no era otro que «tu abuela no es tonta y ha tomado todas las medidas necesarias para asegurarse de que el dueño de la maleta no sepa quién le ha revendido sus propias muñecas. ¿O te crees que soy tonta?».

Pues no. No creo ni he creído nunca, ni por un instante, que mi abuela fuera tonta. Ni en un pelo, vamos.

—Y, ¿entonces…? —mi pregunta está también muy clara para ella.

Vota en la encuesta cómo quieres que continúe la historia y lee aquí el próximo viernes 3 de mayo, EL ÚLTIMO EPISODIO de La chica del lunar.

La chica del lunar, últimos telediarios

la chica del lunar - últimos telediarios2

A veces las cosas empiezan de la manera más tonta, como la chica del lunar, que comenzó como consecuencia de mi sequía creativa, ¿lo recordáis? Necesitaba obligarme a escribir algo para vosotros porque no era capaz de «producir» de manera disciplinada a falta de un compromiso con alguien que me tirara de las orejas. Y así, a lo tonto, llevo casi un año (el próximo 11 de mayo nuestra chica cumplirá un añito) con sus pequeñas aventuras diarias. Casi nada. Y para celebrarlo he decidido matarla. Figuradamente, claro, que después de tanto tiempo una le ha cogido cariño -y me gusta pensar que vosotros también-.

Este post es sólo un aviso para que cuando llegue el día no os pille por sorpresa. Nada más. Pienso que es el momento de acabar con ella porque un año me parece una buena edad para morir literariamente y cerrar una historia que, de seguir complicándose, acabaría por derivar por los siglos de los siglos. Me ha encantado llevar a la chica de aquí para allá, más sabiendo que la llevábamos juntos de la mano, vosotros y yo que, aunque no lo creáis, no sabía la mayoría de las veces por dónde nos iba a salir la muchacha hasta apenas unas horas antes que vosotros (no han sido ni cuatro ni cinco las noches de jueves al borde del llanto de desesperación por no saber qué hacer con la vida de la pobre chica para cumplir vuestra voluntad que, también os lo digo, más de una vez me ha sorprendido tanto que he tenido que inventar un desenlace completamente distinto al que di por hecho que escogeríais -gracias también por esas noches de insomnio, dicho desde el más profundo sarcasmo-).

No os preocupéis -si es que hay alguien preocupado por esto- porque la chica se va pero otro u otra vendrá. Aún no tengo ni idea de quién será ni por qué caminos nos llevará pero, sufrimiento y noches en vela aparte, la chica me ha servido, y mucho, así que, viendo que el invento ha funcionado, tanto en lo referente a resultados como a participación, ¿por qué no lanzarse con un nuevo personaje? Espero que me acompañéis también en las aventuras venideras. No os perdáis, eso sí, el desenlace de las desventuras de Laura en los próximos capítulos; estaría bueno perderse el final de una peli después de un año, ¿no?

La chica del lunar – capítulo 43

la chica del lunar -cap 43

Fernando y el Chungo han resultado ser dos compinches de lo más obediente y han salido pitando hacia adelante, sin pararse a mirar siquiera si venía un coche. Les ha salvado de la muerte segura el estar en pleno verano y ser, encima, sábado, puesto que a esta hora cualquier día entre semana durante el curso escolar esta calle es un no parar de coches yendo y viniendo para cargar o descargar niños en el colegio de la esquina. Cualquier coche familiar, monovolumen o, peor aún, cuatro por cuatro -que también los hay en este barrio, a saber por qué- de esos que alteran con su caótico ir y venir la tranquilidad de la calle los habría hecho fosfatina. Fosfatina. ¿Qué narices será eso?

La cuestión es que están sanos y salvos del otro lado de la calle, cosa de la que yo aún no puedo presumir. A ojos de todo el mundo no somos más que tres chorizos que acaban de birlarle la maleta a una venerable ancianita. ¿De verdad? ¿En este barrio en el que no puedes tirarte un pedo sin que se entere todo el vecindario? ¿En el mismo barrio en el que mi familia y yo hemos vivido desde el inicio de los tiempos? Aquí todo el mundo sabe quién es quién, por supuesto saben quién es mi abuela y, por supuesto también, la relación que me une con ella. Y, conociéndonos a las dos, ya no me extraña tanto la falta de reacción de la parroquia de la panadería. A mi abuela no le roba nadie. A menos que ella se deje, claro está.

Un forastero, como gusta mi señora abuela llamar a los visitantes ocasionales del vecindario, que no está en antecedentes y, por tanto, sí que se ha quedado con la versión de la pandilla de chorizos que asaltan sin piedad a una pobre pensionista, sale hasta la puerta de la panadería y grita en dirección de los fugitivos: «¡Eh! ¡Al ladrón!».

No sé a cuál de los dos se refiere pero a Anselmo, que está sentado a la fresca de las cuatro y media de la tarde de un caluroso día de agosto fumando a escondidas -según cree-  en un banco junto al que en este mismo instante pasan la maleta y sus conductores, le falta tiempo para alargar el garrote con un leve y veloz movimiento de la mano del que sólo es capaz quien lleva toda una vida liándose los cigarrillos. Si encima lo hace a escondidas, estamos ante un virtuoso digital. Lo más. Consecuencia inmediata: de narices al suelo. Los dos.

—¡Malandrines!

¿En serio les ha llamado eso? Debe de haberle parecido poca cosa incluso a él porque, ni corto ni perezoso, agarra el bastón de madera con el que yo siempre lo he conocido y se lía a golpes con ellos. Esta vez sí: fosfatina. El agresor va mirando hacia nuestra posición como pidiendo permiso para parar, cosa que no acabo de comprender. De pronto, la víctima del robo, mi único antepasado vivo con moño, le hace un gesto con la mano.

—Déjalos, Anselmo —dice elevando el tono para hacerse oír, que el pobre Anselmo es durillo de oído. Y, como si hubiera apretado un botón, Anselmo se para, agarra la maleta, amenaza por última vez con el bastón en alto a Fernando y al Chungo y viene hacia aquí—. Muchas gracias, Anselmo —le dice al recibir de éste la maleta de la discordia—. Estoy bien.

A mí no me dirige la palabra y, con una única mirada cargada de intención, abre ceremoniosamente la cremallera de la maleta y me muestra su contenido, que no es otra cosa que un vacío absoluto. ¡No hay nada!

—Pero…

Esto es todo lo que alcanzo a decir, para su regocijo, todo sea dicho, que la señora está que no cabe en ella de gozo al ver cómo he caído de lleno en su trampa.

—¿Qué esperabas? ¿Que te pusiera en bandeja de plata una maleta llena y me la dejara robar? Qué poquito conoces a tu abuela, que es vieja pero no tonta.

—Pero —yo sí que parezco tonta, que no soy capaz de salir de la dichosa conjunción—… ¿dónde están?

Vota cómo quieres que continúe la historia y lee aquí la continuación el próximo viernes 26 de abril

La chica del lunar – capítulo 42

la chica del lunar - cap 42

Mi abuela materna me sostiene la mirada como el mismísimo Clint Eastwood en pleno duelo al sol. Solo que ella no es el bueno y a mis espaldas el feo y el malo siguen resoplando como caballos después de su persecución tras Manolín. Parece que no me queda otra que encarnar el papel que el destino ha guardado para mí en esta película, el del bueno, claro está, así que sin vacilar doy mis primeros pasos hacia la que lleva un rato largo reclamando su protagonismo como la mala de este western mediterráneo al que se me antoja parecida esta tarde de mi vida, por lejos que estemos del desierto de Almería: mi abuela.

A mi primer paso en su dirección toda su reacción es un ligerísimo movimiento ascendiente de su ceja derecha. Un gesto prácticamente imperceptible para cualquier persona ajena a mi familia, pero no para nosotros; ese ligero desplazamiento de la ceja ha acompañado a los míos durante generaciones. Donde nadie es capaz de apreciar nada, nosotros vemos claramente el peligro. El peligro de esa reacción ha punto de tener lugar. Lo que no somos capaces de predecir es por dónde nos saldrá el pariente de turno. Ahí, cada uno tiene que fiarse de su propio instinto. Y el mío me dice que me ande con ojo porque tratándose de la madre de mi madre la cosa se puede poner muy fea en un abrir y cerrar de ojos. Literalmente.

Continúo avanzando en su dirección. Con éste ya van dos pasos y, sumándole a este hecho mi mirada fija en sus profundos ojos azules (porque, a saber por qué, mi abuela es la única persona con ojos azules en la familia), le dejo bien clarito que ni me intimida su actitud ni se lo voy a poner nada fácil a la hora de salirse con la suya. Esa maleta, aunque robada, es del Chungo, que para eso se ha molestado en robarla. Y me atrevería a decir que se va a ver metido en un buen lío si no es capaz de devolverla o, por lo menos, deshacerse de su contenido en su propio beneficio. Es lo que tiene el hampa, un amor desmedido por lo ajeno hasta que consigue a cambio de ello una suma lo suficientemente razonable como para soportar su pérdida. ¡Ay! El dinero, que todo lo cura…

La mano de mi abuela sigue aferrada al asa de la maleta. Lo único que ha variado al respecto en los últimos segundos es ese ligero movimiento de vaivén con que la acompaña, como diciéndome «aquí tienes tu maletita, niña. Ven a buscarla si te atreves». Si me atrevo. Como para enfatizar el tono burlón de su gesto, con la otra mano comienza a remover su café con leche. Para rematarlo le da un mordisco al cruasán. Sin apartar ni por un segundo su mirada de mí. Menuda provocación. Allá voy.

Cuarto paso hacia ella. Manolín devora con avidez su chucho, como si la cosa no fuera con él. Pobre Manolín. La vida no ha sido justa con él. Desde que tengo recuerdo ha sido siempre ese personaje del barrio que, aunque inofensivo, algo me decía que tenía que evitar como modelo a seguir. Casi siempre solitario, algunas veces ridiculizado por los críos que jugaban en la calle, pero nunca agresivo, más allá de los cuatro gritos con los que respondía a las burlas de aquellos vándalos, claro, que era inofensivo pero no tonto. Pobre Manolín.

Quinto paso. El último antes de parar por fuerza mi marcha, que ya he llegado a la altura de su mesa. Lo único que me separa de mi abuela y esa maleta gris metalizado que mece con insolencia. Manolín se revuelve en su silla y levanta levemente el culo de su asiento para desplazarla un poquito hacia la derecha, lo justo para volver a sentarse, apoyando todo su peso sobre mi pie izquierdo, sobre el que ha ido a descansar la pata trasera. Una mueca de dolor, claramente visible para todos, muy lejos del gesto familiar de mi abuela, me atraviesa el rostro. Por primera vez desde que inicié mi ofensiva en este duelo de vaqueras que mantengo con mi abuela puedo ver el asa de la maleta libre de manos que la sujeten. Ahora o nunca. ¿Quién dijo dolor?

Con un esfuerzo sobrehumano logro alcanzar el dichoso asa y tiro de ella con fuerza. La maleta se desplaza como la seda sobre las baldosas de la panadería y, en un segundo, la tengo junto a mí. Como a cámara lenta, para dotar de un poco de épica a mi hazaña, me veo a mí misma lanzando mi botín hacia atrás, en dirección al feo y el malo, que siguen resoplando junto a la puerta.

—¡Corred!

Así como mis movimientos y mi orden han tenido lugar a una velocidad inusualmente lenta, la ejecución de ésta última se ha llevado a cabo con una rapidez nunca sospechada en mis compañeros después de oírlos resollar. Ahora la pregunta es: ¿hacia dónde huir?

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La chica del lunar – capítulo 41

la chica 41

Miro a mi alrededor en busca de inspiración para alguna idea brillante que me permita atrapar a Manolín y el paquete que ha rescatado de la papelera y que sospecho que nos llevará hasta mi abuela. Una corazonada. Manolín. Cuesta abajo. ¿Cómo conseguirlo? De repente mis ojos se posan sobre el objeto más maravilloso del mundo. El mejor invento de la humanidad desde la rueda: un cacharro que incorpora dos. Una bici, claro. El dueño no puede andar muy lejos porque nadie en su sano juicio deja una bici sin atar en este país. No hay tiempo que perder; a por ella. Muerta de vergüenza me subo y empiezo a pedalear. La voy a devolver, claro, pero eso nadie lo sabe y no es lo primero que te viene a la mente al ver a alguien montarse en bici ajena sin permiso de su dueño.

Cuesta abajo no tardo más de diez segundos en adelantar a Fernando y al Chungo, que corren a más no poder tan rápido como sus piernas, sus años y su cansancio les permiten. Me ven pasar con asombro, no sé si por el hecho de ser adelantados por mí en una bici que hasta el momento no tenía o por el de llevar a un señor persiguiéndome y gritando barbaridades desde lo alto de la calle. Siento mucho este acceso de delincuencia callejera pero era una cuestión de vida o muerte, ¿qué podía hacer, si no? El chirriar de los frenos de la bici al detenerse bruscamente eclipsan por completo los gritos de mi perseguidor. Manolín ha entrado en la panadería degustación que hay junto al colegio. ¿Cómo no se me ha ocurrido buscar ahí? Dejo la bici en el suelo y hago gestos a la víctima de mi breve vida criminal de que ahí le dejo lo suyo, y que perdone. Si no me parte la cara puedo darme por satisfecha.

Entro en la panadería y encuentro, tal y como sospechaba, a mi abuela frente a un café con leche. Tal y como esperaba también está Manolín a su lado, todavía de pie, mirando con deseo el expositor de pastas recién hechas que lo está llamando a gritos. Cuánta ruindad la de mi abuela; aprovecharse de la necesidad ajena para comprar con una merienda los peligrosos servicios de un compinche de fechorías. Porque lo que ha hecho, estoy segura, es pedir un rescate por la maleta, y ha utilizado a Manolín para el intercambio. Mi abuela, esa gran desconocida. Qué decepción.

Para mi asombro, Manolín saca de un monedero roñoso de su bolsillo de atrás un billete de veinte euros y paga dos cafés con leche, un chucho de crema y un cruasán de mantequilla. Pone éste último junto al café de mi abuela y se sienta frente a ella. Frente a ella y la dichosa maleta, que asoma el asa tras la mesa. Ahora sí que no entiendo nada. Fernando y el Chungo tampoco, al parecer, a juzgar por su cara de asombro mientras contemplan la escena tras de mí, resoplando mientras intentan recobrar el aliento. El señor de la bici recoge lo que es suyo y, afortunadamente, deja mi castigo en manos del karma; habiéndose tratado de un préstamo por una buena causa confío en que la justicia cósmica no se pase demasiado conmigo, que bastante tengo ya con mi vida actual.

Mi abuela fija su mirada sobre nosotros. Nos ha visto, es obvio, pero su rostro no muestra un ápice de sorpresa, preocupación ni, mucho menos, culpa. Muy al contrario, parece estar retándonos. Desafiándonos a atrevernos a dar un paso más y dirigirnos hacia ella, su compinche y su botín. ¿Qué se supone que tenemos que hacer ahora? Esto está lleno de gente que no dudará en atizar a tres individuos que se abalanzan sobre una anciana indefensa para robarle su maleta. ¿Dialogar? ¿Llamar a la policía? ¿Llorar, sin más?

Vota cómo quieres que continúe la historia y lee aquí la continuación el próximo viernes 12 de mayo