La chica del lunar – capítulo 39

la chica del lunar 39bDespués de meterse en la boca el último bocado de su torrija, mi abuela gira sobre sí misma y se echa a andar hacia el comedor chupándose los dedos. El Chungo ha acabado de sacarle brillo al suelo del baño y se dirige a ella con el cubo y la fregona en actitud sumisa. Con un gesto de cabeza le indica que lo saque al lavadero y él avanza hacia nosotros como si no fuésemos un obstáculo para llegar a su objetivo. Nos apartamos ante la amenaza que supone un cubo lleno de agua y lejía en manos inexpertas, que el Chungo tendrá mucha maña para los puentes pero no se lo ve muy ducho en las tareas domésticas.

Pasa por nuestro lado como si no estuviéramos allí. Yo creo que la convivencia con mi abuela durante la última media hora le ha traumatizado, porque la expresión de su cara no recuerda siquiera al Chungo que conocí en casa de Fernando, no digamos ya al ladrón de coches con el que me las vi la última vez que coincidí con él. A este paso se entrega voluntariamente a los chinos. Fernando lo agarra por el brazo en su camino de vuelta al comedor.

—Alfonso —le susurra al tiempo que estira suavemente de su brazo en un intento de retenerlo. Él le devuelve una mirada desde su cabecita gacha—. Ven aquí, anda —lo arrastra hasta el taburete de fórmica que asoma bajo la mesa de la cocina y lo sienta en él—. ¿Se puede saber de qué va todo esto?

—Que le había dejado el baño hecho una pocilga. Si tiene razón la señora… —aún no sé si este hombre ha desarrollado un Síndrome de Estocolmo precoz hacia mi abuela o si, simplemente, nos está tomando el pelo para escaquearse de las explicaciones que Fernando le reclama.

—Lo de los chinos, Alfonso, lo de los chinos, que no somos idiotas —me parece que no soy la única que contempla la posibilidad de una tomadura de pelo. El Chungo suspira y cede a la presión del interrogatorio.

—En realidad es una cosa muy tonta —dice abriendo los brazos.

—Sí, tonta, tonta, pero aquí estamos todos escondidos protegiéndote de la mafia china… —no me he podido callar. Alfonso me mira y se le escapa una media sonrisa.

—Si me persiguieran esos aquí iba a estar yo… —¿Cómo?

—¿No te persigue la mafia china? —No salgo de mi asombro. ¿Quién le busca, entonces?

—Pues espero que no, porque entonces sí que tenemos un problema —hace una pausa y empieza a mover en círculos el índice de su mano derecha—. Todos —a mi cara de pánico le sigue una mueca -suya- de suficiencia, lástima y desdén, todo en uno—. Tranquila —me dice en un tono a juego con la expresión de su cara—, que la cosa es mucho más simple.

Y se vuelve a callar. En lo mejor. Encima vamos a tener que rogarle que siga hablando. Fernando le da un manotazo y con una elevación de mandíbula le ordena que desembuche.

—Pues nada, que aproveché lo de la tal Gloria para saldar una pequeña deuda pendiente —se ríe maliciosamente pero ni Fernando ni yo estamos para muchas bromas y vuelve enseguida a su confesión—. Así que, ya que la tenía agarrada de donde duele, le pedí que me hiciera un favorcillo y llevara a cabo mi pequeña venganza.

—Y le rompiera el escaparate al Sr. Próspero, ¿no? —las palabras salen de mi boca pero no soy consciente de ello hasta que se adentran por mis oídos y mis tímpanos transmiten el mensaje a mi cerebro. ¿Eso lo he dicho yo?

—¿Y tú cómo sabes eso? —ahora le toca sorprenderse a él. Y a Fernando, que no debe de entender cómo, habiendo organizado él todo el tinglado de la venganza, es el único que no se ha enterado de nada.

—Una, que tiene sus contactos —yo  también sé ponerme chula y prepotente. Alfonso y Fernando me miran de la misma manera que miraba yo a éste último cuando interrumpía su confesión—. El portero —aclaro—. La vio disfrazada y rompiendo el escaparate a batazo limpio. Luego hizo la pintada y se fue corriendo.

El Chungo se reía, Fernando seguía sin entender nada.

—¿Pintada?

—Chinos fuera —respondo. La risa del Chungo sube de volumen e intensidad—. El que no sabe lo que ha pasado es el Sr. Próspero, que primero se tragó lo del ataque racista pero ahora está convencido de que el asunto no ha sido sino una rabieta de Gloria porque el ginseng que le robaba le sentó mal a uno de sus amigos.

—¿Le robaba ginseng? —pregunta con incredulidad Fernando.

—Sí. Se lo guardaba en el almacén del Lito y se cobraba el favor en especies para sus amigos menos fogosos, ya sabéis… —carcajada general, a la que yo misma me acabo uniendo alegremente. Al cabo de un rato caigo en que seguimos sin saber cómo acabó el Chungo perseguido por los chinos.

—¿Y entonces? —digo—¿Por qué te persiguen? ¿Y quién?

—Un amigo del Sr. Próspero —entrecomilla el amigos—que, por una módica cantidad, se encarga de protegerlo… No, ya sé que lo parece pero no es de la mafia, sólo un aficionadillo. Lo que pasa es que no pude evitar llevarme sin querer esa maleta en un descuido suyo… —pone carita de niño bueno.

—¿Y qué hay dentro de las muñecas? —pregunta Fernando.

—Ni idea —responde él encogiéndose de hombros—. Aún no he tenido tiempo de mirarlo.

Sin decir palabra nos dirigimos los tres al comedor dispuestos a averiguar en qué consiste el botín del Chungo. Demasiado tarde. No hay ni rastro de la maleta, de la muñeca que había sobre la tele ni, por supuesto, de mi abuela.

Vota cómo quieres que continúe la historia y lee aquí el próximo capítulo el próximo viernes 22 de marzo

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