La chica del lunar – capítulo 41

la chica 41

Miro a mi alrededor en busca de inspiración para alguna idea brillante que me permita atrapar a Manolín y el paquete que ha rescatado de la papelera y que sospecho que nos llevará hasta mi abuela. Una corazonada. Manolín. Cuesta abajo. ¿Cómo conseguirlo? De repente mis ojos se posan sobre el objeto más maravilloso del mundo. El mejor invento de la humanidad desde la rueda: un cacharro que incorpora dos. Una bici, claro. El dueño no puede andar muy lejos porque nadie en su sano juicio deja una bici sin atar en este país. No hay tiempo que perder; a por ella. Muerta de vergüenza me subo y empiezo a pedalear. La voy a devolver, claro, pero eso nadie lo sabe y no es lo primero que te viene a la mente al ver a alguien montarse en bici ajena sin permiso de su dueño.

Cuesta abajo no tardo más de diez segundos en adelantar a Fernando y al Chungo, que corren a más no poder tan rápido como sus piernas, sus años y su cansancio les permiten. Me ven pasar con asombro, no sé si por el hecho de ser adelantados por mí en una bici que hasta el momento no tenía o por el de llevar a un señor persiguiéndome y gritando barbaridades desde lo alto de la calle. Siento mucho este acceso de delincuencia callejera pero era una cuestión de vida o muerte, ¿qué podía hacer, si no? El chirriar de los frenos de la bici al detenerse bruscamente eclipsan por completo los gritos de mi perseguidor. Manolín ha entrado en la panadería degustación que hay junto al colegio. ¿Cómo no se me ha ocurrido buscar ahí? Dejo la bici en el suelo y hago gestos a la víctima de mi breve vida criminal de que ahí le dejo lo suyo, y que perdone. Si no me parte la cara puedo darme por satisfecha.

Entro en la panadería y encuentro, tal y como sospechaba, a mi abuela frente a un café con leche. Tal y como esperaba también está Manolín a su lado, todavía de pie, mirando con deseo el expositor de pastas recién hechas que lo está llamando a gritos. Cuánta ruindad la de mi abuela; aprovecharse de la necesidad ajena para comprar con una merienda los peligrosos servicios de un compinche de fechorías. Porque lo que ha hecho, estoy segura, es pedir un rescate por la maleta, y ha utilizado a Manolín para el intercambio. Mi abuela, esa gran desconocida. Qué decepción.

Para mi asombro, Manolín saca de un monedero roñoso de su bolsillo de atrás un billete de veinte euros y paga dos cafés con leche, un chucho de crema y un cruasán de mantequilla. Pone éste último junto al café de mi abuela y se sienta frente a ella. Frente a ella y la dichosa maleta, que asoma el asa tras la mesa. Ahora sí que no entiendo nada. Fernando y el Chungo tampoco, al parecer, a juzgar por su cara de asombro mientras contemplan la escena tras de mí, resoplando mientras intentan recobrar el aliento. El señor de la bici recoge lo que es suyo y, afortunadamente, deja mi castigo en manos del karma; habiéndose tratado de un préstamo por una buena causa confío en que la justicia cósmica no se pase demasiado conmigo, que bastante tengo ya con mi vida actual.

Mi abuela fija su mirada sobre nosotros. Nos ha visto, es obvio, pero su rostro no muestra un ápice de sorpresa, preocupación ni, mucho menos, culpa. Muy al contrario, parece estar retándonos. Desafiándonos a atrevernos a dar un paso más y dirigirnos hacia ella, su compinche y su botín. ¿Qué se supone que tenemos que hacer ahora? Esto está lleno de gente que no dudará en atizar a tres individuos que se abalanzan sobre una anciana indefensa para robarle su maleta. ¿Dialogar? ¿Llamar a la policía? ¿Llorar, sin más?

Vota cómo quieres que continúe la historia y lee aquí la continuación el próximo viernes 12 de mayo

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6 comentarios en “La chica del lunar – capítulo 41

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