Operación

micro-sticky

Empuñaba un cuchillo de carne. La cara de aquel pequeño sádico ocupaba todo mi campo de visión.
—Estás malito —dijo afectadamente—. Voy a operarte.
Cumplió su amenaza y la espuma de mi relleno se esparció en todas direcciones.

Vendetta

Volví a enfocar su figura uniformada en la mirilla del rifle. Disfruté de aquel momento que tanto había imaginado; los dos últimos años de mi vida habían sido un largo infierno de golpes y gritos, una tortura únicamente soportable gracias a la esperanza de poder apuntarle un día desde la lejanía y recuperar, por fin, mi vida anterior. Acaricié suavemente el gatillo antes de apretarlo. La bala pasó entre los barrotes de la verja y se incrustó en su cabeza. Ni siquiera tuvo tiempo de chillar, únicamente un sonido sordo acompañó su muerte al caer su menudo cuerpecito del columpio.

Venganza

mesa

Una de las mejores cosas de la vida del escritor de nuestros días (y me estoy refiriendo a los indies, o a los que se preparan para serlo) es que, al tener que buscarse la vida por estas redes, se acaba conociendo a mucha gente con tus mismas inquietudes, con la que tienes muchas cosas en común y con la que, al final, acabas manteniendo una relación más o menos fluida. Una de esas personas es Ninivé (@pugliessino), con quien en algún momento coincidí entre blogs y tweets, propios y ajenos, y con quien, desde entonces, ha habido una comunicación frecuente. El otro día me propuso participar en su blog Seis segundos con un microrrelato -género con el que no me había atrevido hasta el momento-, dentro de un proyecto en el que invita a diferentes colaboradores a contar una historia sobre una mesa; aquí arriba tenéis la mía y, en este enlace, el micro que he escrito para él.

Gracias, Ninivé

Preferiría no hacerlo publica mi relato Antonio, el comandante y la plantación de judías

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Preferiría no hacerlo, revista trimestral de literatura creada por alumnos de la UAB en 2009, publica este mes su número 15, «Inteligencia artificial», compuesto por creaciones literarias y gráficas en torno a este mismo tema. Entre ellas se encuentra mi relato Antonio, el comandante y la plantación de judías, en el que el protagonista tendrá que tratar a diario con la humanidad y las rarezas de la inteligencia artificial con la que está condenado a compartir toda su vida.

Como podréis suponer, estoy muy ilusionada con su publicación y, aunque ya conocía la noticia desde hace algún tiempo, he preferido esperar hasta el último momento para hacérosla saber y daros una sorpresita a la vuelta de mi paréntesis bloguero. Recomiendo la lectura de todo el número, y no sólo este mes, puesto que la revista suele tener aportaciones muy interesantes, tanto en la parte gráfica como en la literaria, en la que caben tanto el cuento como el microrelato, la poesía o el ensayo.  Y ahora no os entretengo más; podéis leer el número 15 de Preferiría no hacerlo aquí. ¡Espero que lo disfrutéis!

Antonio, el comandante y la plantación de judías

antonio el comandante y la plantacion de judias

La Navidad siempre me puso triste. Triste y malhumorado. Malhumorado y agobiado. Simplemente no tenía sentido; gente a la que no me apetecía ver, regalos que no me apetecía hacer y mucha música de campanitas y cascabeles que, por supuesto, no me apetecía escuchar. La Navidad, trescientos sesenta y cinco días más tarde, vuelve a estar aquí, pero ya no tengo que preocuparme por esas cosas. No habrá más música de campanitas. No habrá más regalos. Pero, sobre todo, lo que no habrá, será más gente con la que compartir maratonianas y soporíferas comidas que pongan a prueba mi resistencia física y mental.

Resignado a mi destino, y obligado por el dolor de espalda que esta cama me provoca, me levanto y miro desde la ventana del puente de mando el lugar en el que debería estar la Tierra. El mismo que ocupaba en el momento de explotar. Hace ya siete años, precisamente hoy, y no logro acostumbrarme a su ausencia y la de los miles de millones de personas que me separaban de la definición de especie en peligro de extinción. Ya no, a menos que desarrollara la capacidad de reproducirme por escisión, como las estrellas de mar.

«Otra vez esa época del año, ¿eh?»

La voz de Antonio sale de alguna parte dentro del puente de mando. Por más que lo he buscado, todavía no he logrado encontrar el dichoso altavoz. Tras siete años de impertinencias suyas aún no he conseguido ponerme a salvo de esa odiosa voz que aparece siempre cuando más solo me apetece estar. Solo. Curioso, ¿no?

Antonio es el ordenador de a bordo. Una vez me vi solo en la nave le puse así por mi padre; sí, soy un sentimental. Más tarde, superada ya esa fase sensiblera y ñoña, el aburrimiento me llevó a trastear en el panel de mandos y configurar las opciones de audio según se me antojó en aquel momento. Una voz femenina no me pareció una mala opción, dadas las circunstancias. La soledad es muy mala. Ahora comparto mi vida con un ente, llamémosle así, con voz de mujer y al que, después de bautizar en honor a mi padre, no me pareció bien cambiarle el nombre. Suena un tanto enfermizo, lo sé. Lo cierto es que nunca he sabido si mi compañero es él o ella, ya que, pese a las muchas conversaciones que hemos mantenido al respecto, Antonio nunca me ha querido aclarar si era un ordenador o una computadora. Dada la poca importancia del hecho en nuestra relación he optado por respetar su intimidad y pensar en él como en lo que es: una simple máquina. Que se burla de mí constantemente y que es, pese a todo, lo más parecido a un amigo que voy a tener jamás.

Todo sucedió un 25 de diciembre. Habían vuelto todos a casa por Navidad. Todos menos yo, que, por estar prestando servicios a la comunidad, me quedé aquí, cuidando de la plantación experimental de judías que constituía mi mayor responsabilidad a bordo, no fuera a ser que decidieran escaparse.

Las judías crecen asombrosamente rápido en gravedad cero. Y lozanas, a saber por qué. Mucho sospecho que no se trata de judías ecológicas pero, la verdad, uno no se hace muchas preguntas cuando no tiene más que comer que eso; la tripulación no volvió de vacaciones, así que tampoco llegaron las provisiones. Las reservas de alimentos de la nave no me llegaron ni al verano. Aparte de para medir el tiempo, las estaciones del año no tienen ya ningún sentido, claro, aunque el Sol siga donde siempre. Por suerte aún queda algo en su sitio. La Luna, como supondréis, la mandó la Tierra a hacer puñetas en cuanto explotó, junto con mi antigua vida, tan lejana ya, en la que mi dieta estaba compuesta por algo más que judías verdes.

«¿Eh, comandante?»

Antonio es muy pesado. Mucho. Es como un grano en el culo. Siempre dispuesto a fastidiarme cuando menos me apetece. Y tengo que hacerle caso porque, si no, el muy cabrito me apaga las luces. No soporta que le ignore y amenaza siempre con dejarme a oscuras, y ya me he llevado bastantes golpes por chulería al negarme a responderle alguna que otra vez. La energía es cosa suya. Suya y de las judías, que además de darme de comer a mí alimentan no sé cómo las reservas energéticas de la nave. Ni pajolera idea. No soy científico. Mi única misión era el cuidado de aquella especie de huerto galáctico que habían montado para demostrar la teoría de un pirado de laboratorio. Iba a ser cosa de unos meses. Y aquí estoy ahora. El experimento ha resultado ser todo un éxito, aunque ya a nadie le importe. De no haber sido por los dichosos semáforos, yo ahora estaría muerto. Desintegrado y flotando en el espacio exterior, como el resto de la humanidad. Qué envidia. Cabrones. Acumulación de multas de tráfico. Cosa seria en aquellos tiempos. Servicios comunitarios o compartir celda con delincuentes de verdad. Cosa seria también. Pues hala, a cultivar judías; bonito servicio a la comunidad. Yo, que no las había visto más que en lata. Las luces parpadean por un instante. Puto ordenador de los cojones.

«¿Eh, comandante?»

Os juro que, como encuentre el dichoso altavoz, al comandante le va a faltar tiempo para cerrarle la boca de una patada. Comandante. Ni siquiera sé si eso está por encima del capitán o por debajo del sargento, o qué. En las películas el comandante solía mandar bastante. No veía por qué iba a ser menos en el espacio y, aquí, si alguien mandaba, con el permiso de Antonio, era yo.

—Sí, Antonio, sí —a ver si con esto se calla y me deja en paz de una vez.

«¿Estás triste, comandante?»

Jodido trasto, qué cansino es. Entre el acento raro de Antonio, como de adolescente de barrio, y que, pese a hablar como una cotorra, nadie parece haberle enseñado a tratar de usted, cada vez que me llama comandante suena como si se estuviera cachondeando de mí y de mi autonombramiento en plan napoleónico al verme solo en esta nave.

—¿Por qué explotaría, Antonio?

Sigo mirando melancólicamente el lugar donde en algún momento flotó mi casa y todo mi mundo conocido. Curiosamente, cuando le pregunto nunca me contesta. Como no puedo prescindir de las judías para sobrevivir no puedo cortarle el suministro energético y no puedo, tampoco, ponerme exigente a la hora de reclamar la misma atención que yo no le puedo negar. A ver qué hace cuando me muera. A ver quién cuida el huerto entonces, aunque sospecho que sabe hacerlo mejor que yo y, pese a no necesitarme para nada, me hace trabajar solo por diversión. Suya, claro está.

«De felicidad, quizás. Era Navidad»

Para ser una máquina es terriblemente sarcástico. O eso o tiene almacenada en el disco duro, si es que tiene de eso, una cantidad excesiva de cine navideño. De repente, un fuerte dolor en el pecho me obliga a llevarme la mano al corazón. Treinta y siete años. Quizás el ser humano tenga una tolerancia limitada a las judías verdes. En cualquier caso, no me parece una mala edad para morir. Por fin.

«¿Estás bien, comandante?»

Todavía activará un plan de emergencia y me joderá los planes. Por tu madre, Antonio, pórtate. Por una vez. Me retuerzo en el suelo, resistiéndome, por puro instinto, a morir. Siempre pensé que, puestos a pedir, me gustaría morir de viejo. Y durmiendo. Sí. Ya. Mucho pedir, pero quien no llora, ya se sabe. Si pidiéndolo y todo he acabado tirado con treinta y siete años en el suelo de una nave espacial, no quiero ni imaginar cuál habría sido mi muerte de haberme conformado con cualquier cosa.

«¿Eh, comandante?»

La madre que lo parió. Ni morir voy a poder tranquilo. ¿A que me apaga las luces todavía? La verdad es que ya me da igual; parece que esto va en serio. No sé por qué pero, aparte del razonamiento lógico que me lleva a pensar que, siendo el único ser humano en el universo, me va a ser difícil llegar a tiempo a un hospital, algo me dice que éste es, sin lugar a dudas, el momento de mi muerte. Morirse duele, por lo menos si estás despierto. En un intento de no sentir más dolor que el necesario permanezco inmóvil, con todos mis músculos en tensión, estirado en el suelo y con la mirada fija en el panel de luz que hay justo sobre mi cabeza. Parece que por una vez me va a perdonar mi silencio y no me va a dejar a oscuras.

«Iniciando inyección de flujo de nitritos»

No, no me va a dejar a oscuras. Mi falta de respuesta ya no es una ofensa para su orgullo porque lo que pretendía averiguar con sus dos últimas preguntas era si debía empezar a regar él mismo el huerto. Ya lo decía yo. Cabrón.

Final feliz

Pasó Todos los Santos y, como cada año, pasamos, así, sin mayor período de aclimatación que lo que tardaron los escaparates en cambiar las calaveras por los calcetines rojos, de reírnos de nuestras peores pesadillas a vivirlas en nuestras propias carnes con la vista puesta en la Navidad.

Navidad. Otra vez. No me había deshecho aún de los turrones de la anterior, claramente presentes en las fotos de mi verano de playa, y ya tenía llamando a la puerta a la siguiente. Regalos, reuniones familiares, comidas de empresa… aquella época del año disparaba mis niveles de estrés hasta límites insospechados, ayudada por una pegajosa banda sonora de cascabeles y voces infantiles que se regodeaban de mi estado de nervios al abrirme paso entre la multitud a la luz de irritantes lucecitas de colores. Sigue leyendo

Wakarimasen!

—Wakarimasen!

Nada. No había manera de sacarle otra palabra. La chica, japonesa de manual, parecía arrancada de un cómic manga y soltada, así, sin más, en un vagón del metro de Barcelona en plena hora punta.

Tras una sacudida extraña, Ramón había chocado violentamente con el señor rechoncho y bajito cuya calva había ido contemplando forzosamente durante todo el trayecto, ya que el brazo del chico que llevaba pegado a su derecha le hacía forzar una extraña posición de su cabeza, inclinándola inevitablemente hacia delante y sin otra vista que cuatro pelos grasientos atravesando aquella cabeza prácticamente desértica de oreja a oreja.

Sin embargo, al volver a encenderse las luces después del breve parpadeo que acompañó el repentino frenazo del tren, no había ni rastro del señor ni de su calva y, en su lugar, Ramón se encontró, cara a cara, con una joven japonesa que le miró primero con incredulidad y, dos segundos después, con verdadero pánico. Sigue leyendo