La chica del lunar – capítulo 38

la chica del lunar 39

De nuevo me acompaña Fernando a preparar el segundo café de la tarde, el tercero si contamos el inmediatamente posterior al postre. Me persigue como un perrito faldero con la esperanza de que le caiga algo suculento en la cocina.

—¿Quieres una torrija? —pregunto, un poco agobiada por su insistente presencia.

Se lleva la mano al estómago con una mueca de empacho. Parece que no era eso lo que buscaba en su persecución cual sombra de mi persona. Suspiro mientras contemplo el trajín del Chungo fregoteando el suelo del baño.

—¿Qué? —dice Fernando después de mi segunda exhalación, esta vez en forma de resoplido.

—Nada —miento como una bellaca, por supuesto, como casi todo el mundo al responder a esta pregunta. No es necesaria su insistencia, y él lo sabe, para que acabe contándole lo que me preocupa, así que espera en silencio a que me decida a desembuchar—. Que sin comerlo ni beberlo me voy a meter en un lío, ya lo verás.

El café empieza a hervir y nos hace a todos partícipes de ello a gorgoteo vivo, justo cuando Fernando empieza a responder a mi temerosa frase. Aunque entre el café y su empeño por no ser escuchado por nadie más no entiendo ni una sola palabra de lo que me dice.

—¡Niña! —grita mi abuela desde el balcón— ¿No oyes que está subiendo el café?

A este paso, si no me mata la mafia china en represalia por el asilo a uno de sus enemigos me matará el estrés de vivir con esta mujer. Ya voy, ya. Retiro la cafetera del fuego con una más que justificada sensación de dejà vu. Esto ya lo he vivido. Tres veces en menos de dos horas; como para no tenerla.

Fernando sigue susurrando y yo sigo sin entenderle. Ante la perspectiva, más que razonable, de pescar algún dato no dicho para sus oídos, mi abuela se acerca a la cocina como quien no quiere la cosa y se entretiene ante el plato de torrijas, como eligiendo un ejemplar de exposición, ni muy tostado ni muy blando, ni soso ni excesivamente azucarado. Finalmente opto por mirarla sin disimulo con la esperanza de que se dé por enterada y abandone la cocina y su actitud de espía. O de vecina cotilla. Pero no hay suerte y, pese a captar el mensaje, puesto que ni a los espías ni a las vecinas cotillas les suelen pasar desapercibidos estos detalles, me sostiene la mirada mientras muerde una torrija en actitud desafiante.

—¿Qué? —dice por fin, con la boca llena.

—¡Que nos vamos a meter en un follón, abuela! —ya está, ya han conseguido que me altere— que las muñecas no están vacías ¿o acaso crees que las ha cogido para decorar su casa?

Fernando gesticula aparatosamente en un intento de hacerme callar o, por lo menos, bajar el volumen. Se asoma al salón para ver si su amigo sigue con las tareas de limpieza, pero la fregona permanece extrañamente inmóvil, como si hubieran congelado la imagen del Chungo armado de mocho y lejía y permaneciera así, en foto fija, mientras una voz en off relatara la importancia del momento: «el Chungo permanece quieto, petrificado, prácticamente inerte, agazapado entre la maleza, agudizando sus sentidos para captar cualquier información que le permita conocer las intenciones de su enemigo. Mientras tanto, Laura, futura jefa de la manada, discute con la actual líder sobre la aceptación o no del intruso que se ha adentrado en su territorio y que puede acabar suponiendo una amenaza para el grupo». Estoy segura de haber escuchado esa misma narración en una tarde de siesta de documental de naturaleza. El cerebro almacena información a lo loco y luego intenta hacértela pasar por útil sacándola a la luz cuando menos te lo esperas. Lo gracioso es que el momento escogido para sacarla del rincón más recóndito de mi subconsciente le viene que ni pintado porque describe la escena perfectamente.

—¿Y tú te crees que soy tonta? —esta vez ha tenido la decencia de tragar primero y hablar después— ¿o piensas que con lo fea que es esa muñeca se va quedar para siempre ahí, encima de la tele?

Vota cómo quieres que continúe la historia y lee aquí la continuación el próximo viernes 15 de marzo.

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