Peripecias estelares: disponible en Issuu

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Como ya sabéis, la semana pasada publiqué el último episodio de Peripecias estelares. Tal y como ya hice también con La chica del lunar, he recopilado todos los capítulos en un solo archivo en Issuu, donde podréis leerlos cómodamente como si de un libro se tratara. También podréis descargarlo, imprimirlo y compartirlo con quien vosotros queráis, si lo lo consideráis oportuno. Pinchando aquí iréis a parar directamente allí (paradójico, ¿verdad?).

Aprovecho para comentaros que estaré ausente de este blog durante unos días. Espero volver a estar con vosotros a partir del 9 de junio. Hasta entonces sólo os dire: ¡Hasta el infinito y más allá! ¡Fiuuuuuuuu!

 

30. El fin de la antigua especie humana

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Mientras los recién liberados de Rkuaj se van familiarizando con el nuevo planeta Tierra, los demás vamos haciendo viajes recopilando más y más humanos, vertedero tras vertedero. El chiringuito de Chen y sus alrededores son un hervidero de personas recién llegadas. La cara de alegre desconcierto del principio se torna en cuestión de minutos en una expresión beatífica, resultado claro de ver ante sí un mundo precioso, no sólo en lo estético sino también en lo espiritual; en este universo hay un buen chi increíble. Afortunadamente, y pese a la tendencia destructora de la especie humana, parece que su adaptación al nuevo medio no está consistiendo esta vez en arrasar toda forma de vida a su paso sino que, cosa digna de ver en una especie como la suya, se están integrando entre la población local, adoptando sus mismas pautas de comportamiento, su respeto a su entorno y su actitud ante la vida.

El grupo de recién llegados se empieza a disgregar al ritmo que las nuevas relaciones entre estos y los lugareños empiezan a surgir. Los nuevos vecinos los acogen y los llevan de aquí para allá, como si se hubieran conocido de toda la vida. Pasado un rato poco queda de aquella mutación kamikaze de la evolución que conformaba el género humano. Sus integrantes se adaptan a su nuevo medio a través de una increíble metamorfosis que borra de ellos cualquier actitud propia del ser humano del universo A y en cosa de un par de horas nadie sería capaz de distinguirlos de cualquier otro habitante que llevara en la Tierra bis más de tres generaciones. Ahora sólo es cuestión de tiempo que empiecen a formarse las primeras parejas mixtas, y yo procuraré estar bien cerquita de Afrodita cuando esto suceda.

29. El principio del fin

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Hace un calor espantoso para un ser peludo como yo. Pasa fugazmente por mi mente la idea de lanzarme a la piscina pero la descarto al instante; las consecuencias de sumergir mi cuerpo serrano en agua son del todo incalculables, es algo que no ha pasado nunca. El cóctel salvador se presenta ante mí como una apetecible alternativa al baño para soportar el bochorno lunar. Lucho contra mis impulsos pero, con el sofoco resultante de las altas temperaturas, mi organismo no está en su mejor momento y mis malvados impulsos le pegan una paliza humillante; me lanzo hacia la barra y me trago el bebistrajo, con coctelera y todo.

Un dramático silencio se hace a mi alrededor y se va extendiendo poco a poco al resto de la zona, como una onda expansiva de miradas mudas que expresan un amplio abanico de emociones de la sorpresa al reproche, pasando por la cólera, la ira, la indignación y cualquier otro sinónimo de éstas. La clara calma que precede a la tempestad. Por toda respuesta, eructo.

Afrodita se abalanza sobre mí profiriendo todo tipo de improperios e insultos que estaría feo reproducir por escrito. Me agarra de la trompa con una fuerza del todo insospechada en un ser humano, más aún tratándose de un espécimen de sexo femenino; los primates son una caja de sorpresas, cuando piensas que ya lo sabes todo sobre ellos te salen con una de éstas y te descolocan completamente. Un alarido de una intensidad igualmente imprevisible en un individuo de mi especie se eleva más allá de los gritos de mi agresora, haciendo que estos parezcan poco más que un murmullo y extendiendo de nuevo un silencio atronador hasta mucho más allá de donde abarca la vista. En un segundo reflejo de mi aparato digestivo la coctelera deshace su camino hasta el estómago y comienza a remontar mi esófago hasta salir disparada por mi trompa a una velocidad de vértigo. Afortunadamente, mi vómito va a parar a la piscina y la cosa no tiene más consecuencias que algún otro niño expulsado del agua por las olas del pequeño maremoto provocado por el impacto de la cápsula.

Giuseppe se apresura a bajar hasta el fondo de la piscina vacía y recoger el dichoso cóctel que tantos problemas nos ha costado conseguir desde que abandonamos la Tierra en busca de una salvación para la especie humana. Cosa que a mí, en el fondo, ni me va ni me viene. Herbie me pega una colleja y Loretta me lanza una mirada de reprobación, aunque sin conseguir eliminar de ella por completo esa candidez tan característica suya. Subimos a la nave en silencio y, sin mediar palabra más que para despedirnos de nuestro heroico barman, despegamos rumbo a la Tierra a una velocidad ligeramente inferior de la alcanzada por la coctelera en su vuelta de las profundidades de mi ser.

En un decir Jesús llegamos a la puerta interestelar o como quiera que se llame el agujero por el que pasamos de una dimensión a otra y nos plantamos en el desmejorado planeta azul de este triste universo. Es de noche en Rkuaj y los trátor duermen ajenos a nuestra presencia. Sin más obstáculo que un par de centinelas adormilados que eliminamos sin grandes problemas conseguimos colarnos en la estación de metro de Urquinaona, donde los maltrechos supervivientes humanos descansan como buenamente pueden tras la agotadora jornada de trabajo a órdenes de su tratoriana especie opresora. Uno de ellos despierta y estalla en gritos de júbilo desatado al ver a los enviados en pos de la fórmula volver ante ellos. Los demás se le unen ipso facto, nos rodean y nos abrazan. Las arcadas se vuelven a apoderar de mi cuerpo. Afortunadamente no me queda nada en el estómago y logro evitar a los presentes un espectáculo bochornoso.

No hay tiempo que perder: añadimos a nuestra coctelera tanto Aeronolín como somos capaces de conseguir, agitamos y ya tenemos ante nosotros el brebaje que ha de salvar a la humanidad. Una larga cola se forma para dar un sorbito a la pócima; tiene que quedar para el resto de sus congéneres repartidos por las otras plantas de gestión de residuos del planeta, así que todo lo que pase de mojarse los labios es un desperdicio de potingue. Tampoco parece ser necesario más que eso, puesto que todos ellos parecen tener un aspecto mucho más saludable tras hacerlo, tras pasar una breve fase de color verdoso, eso sí.

Aprovechamos la tranquilidad de la noche para hacer viajes a la Tierra bis, cargando nuestra nave hasta los topes de libertos. Me quedo con las ganas de ver la cara de los trátor al despertarse y ver que, salvo un par de guardias muertos en acto de servicio, nadie más que ellos hay en la ciudad. Hemos liberado Rkuaj, ahora sólo hay que ver si seremos capaces de hacer lo mismo con el resto de colonias humanas repartidas por la red de vertederos del planeta.

Vota cómo quieres que continúe la historia y lee aquí el último capítulo de Peripecias estelares el próximo 23 de mayo.

28. La importancia de las partes. Y… voilà!

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El dependiente le mira, no sin cierta suspicacia, y, tras un momento en el que parece evaluar cuál podría ser la respuesta más adecuada, responde:

—¿No prefiere usted un helado?

Chen sonríe de oreja a oreja y, como ya hiciera Herbert en el chiringuito de la Tierra bis, se lanza al recital desbocado de frases absurdas en una compenetración tal con el dependiente que es digna de un equipo de natación sincronizada.

—¿Un helado? No, ¡qué horror!
—No se exalte, por favor.
—Le he pedido naranjada.
—¿Naranjada de verdad?
—Naranjada, con la que se brinda.
—¿Con la que se brinda? Entonces, lo que usted quiere es, sin duda…
—¡Una Mirinda! —curiosamente, pese a la excitación de ambos, esta última frase es exclamada en un susurro por los dos al mismo tiempo. Se repiten los abrazos y aspavientos del chiringuito terrestre.

—¡Chen! —grita nuestro nuevo amigo—Llevo tanto tiempo esperando este momento…

Al parecer, medio universo paralelo lleva soportando una existencia tediosa desde tiempos inmemoriales con la única esperanza de poder contribuir, en algún instante de sus vidas, a esta especie de confabulación interestelar en pro de la salvación de lo que quede de la semiextinta especie humana. A saber por qué. Mucho me temo que si conocieran mínimamente la realidad del ser humano del universo vecino no se habrían tomado tantas molestias.

—¡Toma! —y, mientras dice esto, alarga el brazo y le ofrece un papel arrugado que acaba de sacar del bolsillo de su floreada camisa. Nos agolpamos todos a su alrededor, ansiosos por conocer la composición de la dichosa fórmula que nos ha hecho jugarnos el pellejo, atravesando universos y dimensiones.

Cuatro partes de zumo de naranja
Cinco partes de agua
Una parte de nitrógeno líquido
Añadir azúcar al gusto

—¿Y ya está? ¿eso es todo? —pregunta Afrodita, tan atónita como el resto de nosotros, al leer la nota.
—Ya está, ¿qué más quieres? —responde nuestro último contacto, un tanto ofendido. Afrodita, cuya inteligencia suprema, aunque humana, no suele pasar por alto estos pequeños matices sentimentales, suaviza el tono de su discurso.
—Solo quería decir que me sorprende que no se trate de una fórmula más complicada —se disculpa—, pero muchas gracias por tu colaboración con la causa.

Como no podía ser de otro modo, el último fichaje de nuestro equipo sucumbe, igual que todos nosotros, a los encantos de nuestra capitana, y, tras escuchar sus palabras, una bobalicona sonrisa comienza a colgar de sus orejas. Que se ponga a la cola.

—¿Azúcar moreno o blanquilla? —hacía ya rato que Giuseppe no abría la boca. Por lo menos su intervención ha servido, por esta vez, para borrar esa sonrisa ridícula de la cara del último aspirante al corazón de Afrodita.
—Moreno, por supuesto —dice este.

Lo que no sé yo es de dónde vamos a sacar todos esos ingredientes; en la Tierra, desde mucho antes de la catastrófica fuga de metano54 a escala global, las naranjas escaseaban, no hablemos ya del azúcar y, menos aún, del moreno. Como si leyera mi mente, el dependiente se mete tras la barra y saca de la nevera una malla de naranjas y un kilo de azúcar. Moreno, claro. El agua y el nitrógeno líquido brotan de todos los grifos del universo, así que no hace falta guardarlos celosamente con centinela y contraseña. Mezcla los componentes con sumo cuidado en la batidora del chiringuito, respetando escrupulosamente las proporciones, y, con la gracia de un barman experimentado, agita el resultado del proceso en una coctelera al ritmo de la música de emerge de los altavoces.

Voilà! —dice tras terminar, dejando el cóctel salvador sobre la barra.

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27. El radar delator y nuestro día de suerte

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No llevamos ni cinco minutos de trayecto y arrastramos una cola de vehículos a nuestras espaldas que llega mucho más allá de donde alcanza la vista. La ruta TL-389 tiene un tráfico espantoso a estas horas, según dice Chen. Cierto. Y el motivo no es otro que la velocidad absurdamente lenta de nuestra tartana sideral. A los pitidos y gritos de todo tipo comienzan a unírseles los primeros objetos lanzados desde la recua de naves de todo tipo que llevamos detrás. Por suerte, antes de que empeore la cosa, unas luces intermitentes llegan a nuestra posición acompañadas de un sonido infernal de sirenas. El ocupante del monoplaza salvador nos indica que nos hagamos a un lado y paremos.

—Pero bueno —espeta a Chen nada más entrar en nuestra nave—, ¿está usted loco o qué?

Qué fue del clásico «buenos días» es un misterio.

—Pero, agente —responde nuestro piloto con la misma pachorra con la que conducía hace un momento—, ¿qué pasa?

El agente en cuestión saca un librito del bolsillo de su camisa y comienza a leer:

—Artículo 24 del código de circulación: se considerará velocidad anormalmente reducida toda aquella que sea inferior a la mitad de la permitida en el tipo de vía por el que se circule. Según el radar no llegaban ustedes a un cuarto de la velocidad máxima: estaban pidiendo a gritos un accidente o, peor aún, y parece que he llegado justo a tiempo de evitarlo: un linchamiento en ruta. ¿Un día como hoy? ¿A estas horas? Pueden considerarse afortunados; dos minutos más y no lo cuentan.

Un silencio difícilmente descriptible invade la nave.

—No se preocupe, agente —dice por fin Rogelio—. Aligeraremos el paso.

—No, Rogelio, no…

Chen parece ir a decir algo más pero el poli le interrumpe.

—Perdón, ¿ha dicho usted Rogelio?

—Sí…

—Pero, hombre, ¿cómo no lo ha dicho usted antes? —empieza a tocar botones en un cacharro que saca de otro bolsillo de su uniforme—. Aquí agente PT4448, solicito urgentemente vehículo remolcador turbo-plus en coordenadas H87 K98.

Apenas acaba de pronunciar la frase cuando «algo» llegado de alguna parte se detiene junto a nosotros acompañado de un chirrido ensordecedor. De él surgen dos individuos de especie desconocida que comienzan a  colocar ganchos y anclajes por doquier en nuestra maltrecho carricoche espacial. Tal y como el tal PT4448 ha ordenado, la grúa de emergencia se ha plantado aquí en un pis pas. Los operarios vuelven a los mandos de su nave y, sin previo aviso, salimos disparados tras ella. En menos de dos minutos nos plantamos en nuestro destino, sueltan todos los garfios que nos han unido a ellos durante el trayecto y nos abandonan con la misma rapidez y falta de comunicación anteriores.

La Luna en este universo está bastante más animada que la conocíamos en el nuestro. Parece tratarse de un complejo vacacional a juzgar por la abundancia de atracciones, piscinas y familias con niños, ataviados todos ellos con chancletas y bermudas. El espíritu es similar al de la Tierra: seres de todo tipo viviendo en harmonía, entre risas y alegría desatada general. Chen, al contrario del resto de nosotros, parece saber adónde va y se abre paso entre la multitud derrochando gracia y simpatía hasta plantarse en un quiosco de helados y refrescos que inunda la zona de hamacas y piscina en la que se encuentra con una música pegadiza y, para qué negarlo, un tanto irritante. Sin más preámbulo que un jovial «hola» le suelta al dependiente:

—¿Tiene usted naranjada?

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26. Chen y la importancia de la sal

Peripecias-estelares26

—¡Perdona! —repite Herbert al ver que el camarero no le ha oído.

—Perdona, no te había oído —dice al llegar a nuestra mesa.

—Oye, ¿no tendrás patatas fritas, por un casual?

El bulala sonríe con una cierta malicia, como si aquella fuera una pregunta trampa.

—¿Patatas fritas, dices?

—Patatas fritas, sí señor —Herbie parece participar del espíritu de nuestro camarero, adoptando una curiosa expresión de alegría y expectación. Se enzarzan entonces en una retahíla de frases sin sentido aparente para los demás:

—Patatas fritas bulalero, las mejores del mundo entero —comienza el bulala.

—Patatas fritas, patatas fritas con sal.

—Con sal sólo están buenas pero para un sabor genial necesitan algo más; necesitan…

—¡Una fórmula especial!

Estallan en una carcajada conjunta, escandalosa como pocas había oído nunca y se abrazan como si fueran dos amigos que no se han visto en mucho tiempo.

—¡Rogelio! —exclama nuestro nuevo amigo—¡Pensé que nunca llegaría este momento!

—Yo también —responde Herbert—, aunque yo me llamo Herbert; Rogelio es él —y señala al verdadero.

—Yo soy Chen, encantado. Y tú eres el que los ha traído hasta aquí —dice, dirigiéndose al Rogelio de verdad—… ¡Tenía tantas ganas de conocerte!

—En realidad quienes nos han traído hasta ti han sido ellos —responde, refiriéndose a Herbie y Loretta— pero los que comenzaron todo esto fueron ellos. Esta vez señala a Giuseppe y Afrodita.

—Y él —Giuseppe me toma de la trompa y me acerca hacia sí, incluyéndome en el grupo y haciéndome sentir emocionado. Este universo paralelo me ha convertido en un blando.

Chen permanece con los brazos en jarras contemplando la curiosa pandilla formada por todos los que, en un momento u otro, entramos a formar parte de esta expedición en busca de la dichosa fórmula.

—Madre mía —dice por fin meneando la cabeza, como si no fuera capaz de creer lo genial de esta extraña combinación de sujetos. Acto seguido se dirige al mostrador y cierra el chiringuito. Pone un cartel anunciando que volverá en algún momento (que no acaba de concretar) y pidiendo que, en su ausencia, se sirvan los clientes mismos. Tras esto se disculpa por las molestias y vuelve a nosotros.

—¡Nos vamos! —exclama.

—¿A dónde? —pregunta Afrodita.

—A la Luna —responde mirando el reloj.

—Anda, mira —dice Giuseppe mirando a nuestra capitana—. Ahí aún no hemos estado.

—La una y media —murmura Chen—… llegaremos allí para comer. ¡Todos a bordo!

El «a bordo» de esta vez rompe la progresiva mejora de cada nuevo vehículo que hemos ido utilizando en nuestro periplo por nuestro mundo y los colindantes; es un cacharro que, a priori, no ofrece muchas garantías de llegar a destino sanos y salvos.

—¡Subid, hombre, no me seáis gallinas! —ríe—Habéis llegado hasta aquí desde otro universo, ¿qué puede pasaros en un trayecto de veinte minutos?

¿Veinte minutos? ¿cómo funciona ese trasto? ¿a pedales?

Vota cómo quieres que continúe la historia y lee aquí la continuación el 25 de abril

25. Velocidad y extraños destinos

Peripecias-estelares25

Nos acomodamos en nuestros confortables sillones con la esperanza de que, esta vez sí, lleguemos a un sitio en el que poder avanzar un poquito siquiera en nuestra búsqueda y comenzar a seguir una pista clara que nos lleve a la dichosa fórmula.

—Abrochad vuestros cinturones, colegas —dice Herbert desde el puente de mando—, ¡que nos vamos!

—Yo me mareo —oigo decir a Giuseppe desde su asiento.

Herbie, sin embargo, o no lo oye o no hace ni puñetero caso porque tras cinco segundos de despegue vertical de la nave salimos de allí a una velocidad que un servidor no sospechaba siquiera posible sin desintegración de la materia; increíble. Vemos pasar uno tras otro a derecha e izquierda de nuestro vehículo supersónico todos y cada uno de los planetas del Sistema Solar. En diez minutos nos plantamos en la Tierra.

—Esta nave es antimareos —dice Herbert al pasar junto a Giuseppe, que sigue pegado a su sillón con cara de verdadero espanto.

Efectivamente, nuestro retaco no ha tenido tiempo de sentirse indispuesto; su cuerpo estaba demasiado ocupado segregando adrenalina durante los eternos diez minutos en los que estuvo seguro de ir a morir de forma inminente.

Bajamos de la nave y, nada más poner un pie en esta Tierra paralela, nos damos cuenta de que lo único que tiene en común con la otra es el nombre. Este planeta es el paraíso terrenal, un vergel en el que flores, plantas, hortalizas y árboles frutales brotan por doquier. Humanos y seres de todos los tipos y procedencias pululan por allí charlando y riendo, tomando los frutos directamente del árbol y echándoselos al buche entre risa y risa, sin frotarlos antes con la camiseta siquiera. Una locura absoluta. Los niños corren despreocupadamente si que, en apariencia, nadie los vigile ni se preocupe de ellos. Animales de todas las especies van de aquí para allá sin más, con la misma actitud del resto de habitantes del lugar. De repente, uno de los niños se aleja del grupo en dirección a unos matorrales de los que surge un tigre del tamaño de un elefante. Grandioso. La tragedia está servida y nadie parece darse cuenta de ello, allí no se mueve más que el pelo de todos los presentes y las hojas de los árboles, acunadas por la suave brisa que llega del mar, un trecho más allá. En un arrebato de locura, contagiado quizás por la tendencia suicida de este planeta, corro a salvar al mocoso aun a sabiendas de que voy a perder la vida en ello. La búsqueda, para mí, termina en un universo paralelo en el que nadie me echará de menos porque nadie sabe quién soy. Adiós. Adiós mundo cruel. Llego a los matorrales con mi ojito cerrado, tal y como he recorrido todo el trecho hasta ellos, y, después de chocar con una superficie peluda, presumiblemente la bestia, reboto y caigo de espaldas al suelo, donde me mantengo inmóvil. Quizás no haya salvado al niño y se lo haya zampado de un bocado, sin masticar siquiera, ya que no he oído siquiera un grito de la víctima, pero el susto al bicho no se lo quita nadie, aunque sea yo mismo el próximo en caer. De repente, un lengüetazo me saca de mi estado de shock, dejo de hacerme el muerto y abro el ojo: el tigre sigue lamiéndome como un perrito y los niños que antes corrían desbocados se apelotonan a mi alrededor. Al verme despierto estallan en una risa escandalosa que se va contagiando de unos a otros hasta ensordecerme. El tigre da media vuelta y se empieza a comerse la hierba que crece alrededor de los matorrales. No doy crédito.

—Pero, Fru, cariño — oigo decir a Loretta—, ¿qué haces?

Los niños salen corriendo y, con la misma rapidez con que se plantaron a mi alrededor, se desperdigan por la zona. Vuelvo con mi grupo con la trompa gacha, visiblemente humillado. No sé por qué pero lo que acabo de hacer parece haber sido una estupidez.

—Te has asustado, ¿eh?

Loretta se dirige a mí en tono maternal y me sacude el pelo de la coronilla.

—Aquí nadie hace daño a nadie. Todos viven en paz, respetándose unos a otros. Es bonito, ¿no te parece?

Me parece, sí. Me parece demasiado bonito para ser cierto, y me guardo mis sospechas de algo siniestro ocultándose bajo tanta felicidad, para poder decir cuando llegue el momento que ya lo sabía. Aunque nadie me escuche y sea sólo para mí. Ya lo sabía.

Mis compañeros se dirigen a un chiringuito rodeado de mesas de picnic que hay bajo un enorme árbol que da sombra a la mitad de ellas.

—¿Queréis tomar algo? —pregunta el bulala que parece regentarlo, desde el otro lado de la barra—¿Un helado, una horchata, una limonada?

Todos se apuntan al refrigerio y tomamos una de las mesas al sol. El dueño del bar se acerca a mí con una bolsita de celofán llena de tuercas de todo tipo.

—Toma —me dice, vaciando su contenido ante mí con una gran sonrisa. Las devoro antes de que lleguen a tocar el suelo y su sonrisa se acentúa—. Pero qué brutico eres. ¿Están buenas, eh?

Mis compañeros ríen al presenciar los hechos. Una sensación familiar invade mi cuerpo. Me recuerda a la vivida en la estación, durante la barbacoa vegetariana de Antoine, con los niños revoloteando a nuestro alrededor; me siento feliz. El resto de nuestra comitiva parece poseído por este mismo sentimiento; sonríen todos con tal énfasis que da hasta miedo. ¿Qué nos está pasando?

—Perdona —acaba por decir Herbert, dirigiéndose al camarero.

Vota cómo quieres que continúe la historia y lee aquí la continuación el próximo viernes 11 de abril.