La chica del lunar – último capítulo

la chica del lunar - ultimo capitulo

—¿Y eso qué más da? —es la última respuesta de mi abuela antes de dar un pasito girando sobre sí misma para darse la vuelta y volver a sentarse frente a Manolín, que sigue a lo suyo, moja que moja el chucho en el café con leche.

—¿Que qué más da? —¡habráse visto!—¿Cómo que qué más da?

Mi abuela alza la vista de su merienda para mirarme con toda la calma del mundo.

—Pues eso, que qué más da. ¿Para qué quiero saber yo lo que había dentro de las muñequitas? —abre mucho los ojos y sacude la cabeza mientras sostiene su próximo bocado en la mano derecha—para nada —y se dedica ella también a mojar su merienda en la taza. Sólo hay una explicación a tanto silencio.

—Que no lo sabes, vamos —me juego lo que sea a que no tiene ni idea.

—Pues no. No lo sé. Ya te he dicho que no me hace ninguna falta mas que para meterme en otro lío —vuelve a hacer una pausa para mirarme de la misma manera que antes—. Lo que podía sacar de ellas ya lo tengo. Lo que tuvieran dentro no es asunto mío.

Olé mi abuela. Le ha faltado tiempo para robar una maleta ya robada llena a saber de qué pero, oye, de chafardera no la podrá tachar nadie, que si las muñecas no son suyas -para lo que quiere- tampoco es ella nadie para andar hurgando en su interior. ¿Cómo habrá conseguido venderlas por el buen pellizco que, a juzgar por cómo miraba el paquete, parece heber sacado? Por un momento estoy tentada de preguntarle cómo lo ha hecho pero mi experiencia me dice que me va a salir con eso de que ella ha pasado una guerra y una posguerra que fue aún peor que la anterior y que, si después de aquello aún tuvo fuerzas para venirse a la ciudad a deslomarse para sacar a su familia adelante, no iba a ser el asunto de las muñequitas, como ella las llama, lo más difícil que hubiera hecho en la vida. Como sé que, además, tiene razón, ahorro saliva y me limito a negar con resignación mientras doy media vuelta y vuelvo a la calle, donde Fernando y el Chungo se recuperan de la somanta de palos recibida del bastón de Anselmo.

Pasan los días sin más novedad sobre las dichosas matrioskas y la semana transcurre en la más absoluta calma. Donde digo calma podría decir sopor sin miedo a exagerar ni siquiera un poquito porque la verdad es que el nuevo negocio de Fernando no es que marche viento en popa; los abogados se ganan bien la vida representando a ricachones y chorizos, que son los que tienen el dinero en este mundo y que a menudo son, además, las mismas personas. Lo del despacho de abogados para pobres está muy bien para luchar contra el mal y la injusticia social, que también son más o menos la misma cosa, pero no sé si le dará de comer a él, no digamos ya a mí en calidad de asistente. ¿Asistente para qué? Miedo me da la potencial brevedad de mi contrato indefinido.

Para mi sorpresa me encuentro el viernes con mi abuela al abrir la puerta del despacho-casa de Fernando después de oír el timbre. No espera ni a que le pregunte qué hace ella allí y pasa al salón-recepción-sala de espera.

—Toma —son sus primeras palabras después de atravesar la puerta y las pronuncia tendiéndome un juego de llaves. Me la quedo mirando extrañada y de medio lado, que con mi abuela nunca se sabe.

—¿Son las llaves de casa? ¿Te vas a casa de la tía?

—No —y ya. Con eso debe de pensar que he tenido suficiente. Debería recordarle que yo no he pasado ninguna guerra y que las circunstancias de la vida no me han obligado a espabilar tanto como a ella. Debe de haber caído ella misma en la cuenta de todo esto porque no tarda más de cinco segundos en continuar—Toma —repite.

Cojo las llaves. Levanto la ceja derecha; estas llaves me suenan. Y mucho.

—¿Son…? —volvemos a la comunicación típica de la familia. Mi abuela entiende perfectamente mi pregunta, por supuesto.

—Sí.

—Pero…

—Pero nada. Te dije que ya saqué lo que quería del asunto. Eso es para ti.

Fernando aparece en el comedor secándose las manos en un paño de cocina; ya casi está la comida.

—Y éste te puede ayudar —dice señalándolo con la barbilla. Fernando no entiende de qué va la cosa y me mira a la espera de una aclaración.

—¿Quieres trabajar para mí? —le pregunto sonriendo y mostrándole el juego de llaves, igual que hiciera él cuando me ofreció trabajo—Necesitaré un cocinero. Yo no sé hacer un huevo frito y el Lito, además, tiene un almacén generoso en el que bien cabrán una mesa y unas sillas para atender a tus clientes, cuando los haya.

Fernando sonríe sinceramente.

—¿En el Lito? ¿Tú y yo? ¿Como en los viejos tiempos?—espera mi confirmación, que le llega en forma de feliz asentimiento—Encantado, jefa.

Mi abuela se sonríe y vuelve sobre sus pasos para irse por donde ha venido. Antes de que se cierre la puerta Fernando aún tiene tiempo de decir una última cosa:

—¡Pero usted me tiene que enseñar a hacer sus torrijas!

De sobra sé que ella no tiene ninguna intención de darle a nadie la receta secreta de sus torrijas, igual que no me dirá nunca cómo ha conseguido que Gloria le traspase el negocio y se limitará a mencionar la guerra, la posguerra y todo lo que vino después, pero igual de segura estoy de que encontrará cada día un momento para pasarse por el nuevo Lito y quejarse de la cosa más tonta mientras se toma un café con su nieta. Y con Manolín, claro.

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8 comentarios en “La chica del lunar – último capítulo

  1. Happy end! Me gusta!

    Quién iba a decir que el contenido de las muñecas era… las llaves del Lito!!! 😄 😄 XD… O por lo menos eso es lo que ha sacado la chica del lunar…

    La echaré de menos; a ella, al chungo, a Manolín, a Fernando… y, por supuesto,…. a la abuela!!!

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    • Me alegro de que te guste (gotilla de sudor bajándome por la sien… jajaj). Final feliz, sí señora.
      Después de tantas horas con ella (y de tantas tardes/noches de jueves agobiada por lo que aún no había hecho y tenía que tener listo para el viernes) yo, aunque no te lo creas, también la voy a echar de menos. Es que se hacen querer los jodíos… snif

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    • Ahora os dejo con monazo de votación… jajaja,
      Gracias a vosotros por acompañarme/-nos a lo largo de las aventurillas! En cuanto me decida por alguna de las ideas que me ronda la menta os pongo al corriente!

      Besos grandes!

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    • Yo sí sé dónde la he metido, que estuve en su pellejo (más o menos).
      La verdad es que no tengo ni idea de lo que había en las dichosas muñequitas, así que me he salido por la tangente y que cada cual imagine lo que quiera, jaja.
      Muchas gracias por la receta! Si algún día me animo ya te contaré qué tal (o te invito a probarlas, si te atreves… jaja).

      Un petonet!

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