De fanzines y otras cosas que no lo son (o sí)

5.0.3

Últimamente he sentido curiosidad por el mundo de los fanzines. La primera imagen que te venga a la mente será, seguramente, la de una revistilla —del tamaño de medio folio, muchas de las veces— compuesta de fotocopias dobladas y sin más encuadernación que un par de grapas uniéndolas desde un lomo apenas existente (o directamente ausente, para ser más exactos). La idea platónica del fanzine, o casi. Por lo menos, de lo que en un principio era considerado como tal.

El objetivo primero de este tipo de publicaciones, creadas por y para aficionados a un tema (fan + magazine) sin ningún intermediario entre creadores y público, el paradigma del do it yourself aplicado al mundo de la publicación a lo largo de todo su proceso, era simplemente comunicar, concediendo más importancia al mensaje que a la estética —tenía un componente estético muchas de las veces, cierto, pero este solía estar más ligado a la complementación o al refuerzo del mensaje que a la creación de algo bonito o feo por sí mismo—. La cuestión de la comunicación, a día de hoy, tiene fácil solución en un mundo en el que cualquiera que quiera hacer llegar un mensaje a la humanidad entera abre un blog y suelta el rollo para quien quiera escuchar —aquí estamos tú y yo, haciendo justamente eso—, pero en una época en la que tal cosa solo era posible a través del medio físico —en los años de la aparición del fanzine aquello de Internet era pura ciencia ficción—, no siempre se tenían los recursos necesarios para lanzar una impresión, por pequeña que fuera, de ahí que el fanzine naciera como algo cutre casi por necesidad hasta el punto de convertirse en uno de sus rasgos distintivos, y ahí es donde voy a centrar mi discurso de hoy.

Pese a que muchos de ellos se vendían, el objetivo de esa venta no era otro que financiar la propia publicación; el fanzine no está concebido como un producto, sino como un medio en sí mismo: su finalidad no es el negocio sino la expresión de unas ideas, inquietudes, sentimientos o cualquier cosa que el fanzinero en cuestión necesite comunicar; es un fenómeno fuera de los canales comerciales habituales, en los que no suele tener cabida el tipo de contenidos que este expresa, de ahí que acostumbre a ser el vehículo de transmisión de ideas propias de movimientos fuera del mainstream, que ya encuentra una oferta editorial que satisfaga sus intereses en el mercado editorial.

Ejemplares de Me voy a dar media hora, La calle salvaje y Que los monstruos nos cojan durmiendo, editados por Bombas para desayunar

Pero, en realidad, ¿qué separa a un fanzine de cualquier otra publicación autoeditada sin intermediarios de por medio?, ¿lo bonito o feo que nos parezca? Francamente, no me parece que tenga que ser este el criterio para dibujar la línea que lo distinga del resto de formatos; un fanzine no tiene por qué hacer que desees arrancarte los ojos al verlo. La estética característica de sus inicios, cuando no es buscada o producto de su supeditación a la transmisión del mensaje, resulta de la falta de medios, y ahora, que es más fácil autoeditar algo con una calidad equiparable a la de cualquier publicación profesional, esta consecuencia a menudo desaparece. ¿Es el tipo de contenido publicado lo que diferencia a un fanzine de una revista? Teniendo en cuenta que la finalidad del fanzine es publicar lo que a uno le dé la gana en el formato que sus posibilidades le permitan, tampoco me parece que deba ser esto lo que nos haga decantarnos por un nombre u otro. Personalmente me inclino por la profesionalización de los autores, que no de los medios, a la hora de hacer la distinción: si estos van a sacar un beneficio económico más allá de la financiación de la criatura, si van a poder dedicarse profesionalmente a ello —aunque sea parcialmente—, este hecho va a ser, en mi opinión, el que haga de un fanzine una revista. Se puede vivir de una revista que haga daño a la vista y tener un vecino que edite un fanzine precioso por amor al arte; ¿habrá perdido la esencia original del fanzine? Puede, pero, ¿es ese motivo suficiente para convertirlo en otra cosa?, ¿son los llamados fanzines digitales realmente fanzines?, ¿qué los diferencia de las revistas digitales amateurs o del formato de revista virtual que pueda dar yo a una recopilación de posts de este blog?, ¿nos estamos volviendo locos etiquetando como si no hubiera un mañana cosas que, en el fondo, no son realmente tan diferentes? A mí, la verdad, llegados a este punto, es algo que se me escapa, quizás porque en realidad no dejen de ser, en esencia, casi lo mismo, y que me perdone el que no esté de acuerdo con ello. En cualquier caso, te recomiendo pasar por el blog de Mon Magán, que cuenta con una sección muy interesante dedicada exclusivamente a los fanzines, o por el de Bombas para desayunar, una microeditorial de fanzines de Oviedo —¿editorial?, ¿de fanzines?—, por los que me he paseado para escribir este post y que me han parecido dignos de mención. Hay muchos otros sitios dedicados al tema, no hace falta decirlo, y seguro que muchos de ellos merecerán la pena, así que, si conoces alguno que quieras compartir, no te cortes y cuéntame, que me encantará saber de ellos (el gusanillo ya me ha entrado, y quizás lo haya hecho para quedarse).

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