Reseña: Mundo Antiguo, de Jerry Toner

¿Qué te puedo decir que no hayas deducido tú mismo, que eres una persona avispada? ¿Que te gusta el Mundo Antiguo? Léelo. ¿Que no te gusta? Pues no lo leas, porque no lo vas a disfrutar. Así de claro; y como a mí no es algo que me guste, sino que me chifla —junto con malandrín, la próxima palabra en caer en el terrible y desagradecido olvido de los hablantes–, pues lo he leído. Y aquí estoy para contarte qué me ha parecido:

En mi defensa/ autoinculpación diré que, puesto que soy una forofa del tema, todo lo que diga de aquí en adelante debe interpretarse conforme a esto. Ahí lo dejo. En fin, allá voy: estamos ante un libro muy accesible que nos explica cómo, contrariamente a lo que solemos considerar como Mundo Antiguo —señores como el de la portada, esculpidos en mármol, con hojita de parra o sin ella—, la cosa va mucho más allá de Grecia y Roma —culturas que nos son más familiares, quizás por una cuestión de proximidad geográfica y cultural—; la propia obra nos transporta ya más allá de todo esto. Habla de griegos y de romanos, cierto: entre otras cuestiones, de su salud dental o psicológica, del trato que se daba a los esclavos, de cómo surgió, creció y se fue al garete uno de los mayores imperios de la historia; habla, también, de la unión de los pueblos griegos para hacer frente a amenazas comunes; del imperio Persa y del peligro que suponía para esta alianza; de las diferencias entre el imperio Chino (seguramente de este no hayas oído hablar tanto) y el Romano, de qué tenían en común —qué les interesaba a uno del otro, vamos— y de por qué sufrieron destinos tan diferentes. Nos cuenta, también, por qué la historia que siempre nos han explicado estaba vista desde el prisma de los buenos —nosotros, claro—. Eso lo dejo también en manos de tu capacidad de deducción, que habíamos quedado en que eras de mente aguda.

Pero, caro amico, este libro también habla de nosotros, sociedad occidental que en su momento se jactaba de extender sus dominios en forma de colonias, más allá de mares y océanos, sin ser capaz de aprender de la experiencia de aquel Mundo Clásico que tanto admiraban y que había tenido un fin más bien regularcillo. Y, respecto a esta cuestión, la de los clásicos como referente absoluto en cuestiones culturales, me llama la atención la total ausencia en el libro de Heinrich Schliemann, aquí con su señora, Sofía Engastrómenos, con las joyas que ellos supusieron pertenecientes a la mismísima Helena de Troya (aunque, para su disgusto, resultara ser que no). Y tú dirás: ¿Y quién este hombre y por qué me está contando esto? Este hombre es lo que hoy en día podría considerarse, en su sentido más positivo, un friki (perdóneseme la familiaridad —que no falta de respeto, salvo por algunos detalles algo faltos de ética que podemos dejar para otro día—): una eminencia en lo suyo, por pura pasión, que, en su caso, no era otra cosa que los poemas homéricos —todos tenemos nuestras cosas—. Pese a lo que puedas deducir de mis palabras, Heinrich ni era de buena familia ni tenía buena formación. Ni siquiera era inglés (puesto que ya han recibido antes). Era un hombre alemán, hecho a sí mismo, que dedicó su vida, una vez labrada su fortuna, a su gran pasión. Para hacerlo mejor aprendió griego, se empapó de Ilíada —en su forma original— y se casó con una griega igual de apasionada que él. Su primer propósito: encontrar Troya. Así, de la nada. Se sirvió de las descripciones de la zona y se puso a excavar. El resto sería un spoiler, así que, perspicaz lector: si quieres saber más, ahí está Internet (y este libro, que se lee solo y aprenderás muchas cosas. Te lo digo yo).

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