Reseña: El toro de Minos, de Leonard Cottrell

El toro de Minos, de Leonard Cottrell, aúna dos de mis grandes intereses: Grecia y la arqueología. Cuando digo Grecia me refiero, en este caso, a los territorios y culturas que acabaron formando parte de la Grecia de nuestro tiempo.

Al hablar de arqueología griega, cualquiera pensaría, casi automáticamente, en la Grecia clásica, la que ocupa el periodo de los siglos V y VI a. C. Tanto el título como la portada de este libro te harán sospechar, sin embargo, que no es esa época la que trata El toro de Minos.

En este libro, Cottrell habla, principalmente, sobre cómo se llevaron a cabo las excavaciones arqueológicas que condujeron a los grandes descubrimientos de las civilizaciones minoica y micénica, muy anteriores a la época clásica. Y lo hace dividiendo el libro en dos partes: una dedicada a los descubrimientos de Heinrich Schliemann y otra a los de Arthur Evans.

Heinrich Schliemann y su mujer, Sofía Engastrómenos, con las que pensaban que eran las joyas de Helena de Troya

Empezaré con Heinrich Schliemann. Este señor, alemán de nacimiento y hecho a sí mismo, tenía desde pequeño una pasión: los poemas homéricos. Y una idea clara en la cabeza: la Troya de Homero existía y, por lo tanto, debía estar en alguna parte. Y ya que nadie parecía saber dónde, la única pista que tenía para encontrarla se hallaba en la propia Ilíada.

Una vez labrada su fortuna dedicó su tiempo a la búsqueda de la ciudad en la que se libró la guerra de Troya. Aprendió griego, estudió al detalle la Ilíada —en su forma original— y se casó con Sofía Engastrómenos, una griega tan apasionada como él en el estudio de los textos homéricos.  Y fue basándose en las descripciones de esos textos como localizaron Troya en la colina de Hisarlik, en la actual Turquía.

Lamentablemente, pese a su intuición y su tenacidad, Schliemann no tenía formación específica en arqueología más allá de su aprendizaje autodidacta, y aquello le llevó a proceder de manera poco ortodoxa durante sus excavaciones. Por si esto fuera poco, despreciaba todo hallazgo que no considerara interesante por no pertenecer a la Troya de la Ilíada —y el yacimiento de Hisarlik no contiene una sola Troya, sino nueve ciudades superpuestas y una última capa ocupada únicamente por una pequeña sede episcopal—. No solo estropeó los estratos que consideró sin valor, sino que, para colmo, se basó en unos cálculos erróneos y uno de ellos resultó ser la Troya que buscaba.

Pero Schliemann no se limitó a excavar en Troya; también lo hizo en Micenas y Tirinto, siguiendo un procedimiento similar al anterior. Su manera de actuar tampoco era especialmente transparente y solía ocultar descubrimientos valiosos a los miembros de la excavación, como las joyas que lleva su mujer en la foto de arriba y que él supuso pertenecientes a la mismísima Helena de Troya —y que resultaron no serlo—. Resumiendo: debemos a Schliemann gran parte de los descubrimientos relacionados con Troya y con la cultura micénica, pero un proceder menos efusivo y más racional habría sido de agradecer para lograr mejores resultados.

Arthur Evans con algunosde los objetos hallados en Cnosos

La otra parte del libro se centra en el descubrimiento y la excavación de Cnosos por parte de Arthur Evans. Schliemann había intentado comprar, sin éxito, los terrenos en los que, según las investigaciones del arqueólogo Minos Kalokairinos, parecía que podían encontrarse los restos del palacio de Cnosos. Tiempo más tarde, una vez que Creta se liberó del Imperio otomano, Evans pudo hacerse con ellos. A diferencia de Schliemann, Evans sí que era un arqueólogo titulado formado en varias universidades, aunque su intervención sobre lo que él dedujo que era el palacio del rey Minos tampoco ha estado exenta de polémica.

Acompañado de treinta obreros, Evans comenzó en 1900 las excavaciones en Cnosos, donde las intrincadas construcciones que afloraban a medida que avanzaban los trabajos le llevaron a deducir que se encontraban ante el laberinto que el rey Minos construyó para encerrar al minotauro.

Enseguida hubo que comenzar las tareas de conservación, ya que la exposición de los restos a la intemperie hizo que estos comenzaran a deteriorarse. En un principio tuvieron como objetivo la protección del yacimiento, pero pronto surgió la idea de la reconstrucción del palacio. Y con la manera de hacerlo llegó la polémica, puesto que en muchos casos esta se llevó a cabo basándose en la estética de zonas concretas, una base demasiado limitada como para reproducir con fidelidad áreas más extensas. Además, se utilizaron materiales como el hierro o el hormigón, no presentes en la construcción original, para asegurar su resistencia.

Tanto Schliemann como Evans actuaron de una forma muy distinta a como lo habríamos hecho hoy, pero no descabellada para la época. En cualquier caso, sin sus trabajos tendríamos un conocimiento mucho más limitado de las civilizaciones del Mediterráneo oriental, y Troya y los minoicos no serían más que leyendas lejanas para nosotros.

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