Tragedia casi griega

eco

Crisis. ¡Oh, tragedia! No. No os asustéis; esa crisis no. Bueno, también, pero no es de la crisis de todos de la que os quería hablar hoy sino de la mía propia. Crisis creativa (¡Oh, no, por Dios, eso no!). Hala, ya lo he dicho.

Pues sí. Que no sé qué escribir, vamos. Cierto es que no voy sobrada de tiempo pero resulta que tanto La chica del lunar como las Peripecias estelares, que en un principio fueron concebidas como una manera de no perder el hábito de escribir al tiempo que creaba contenido para este blog, se han convertido en toda mi creación literaria en los últimos tiempos. Preocupante.

la-foto-7A lo tonto ha pasado ya un año desde que terminé Las pesquisas de un cadáver amnésico (que sigo mareando de una editorial a otra) y sigo sin ningún otro proyecto mínimamente definido a la vista. ¿Cómo puede un escritor decir que lo es si no escribe -no confundir con publicar-?.

Así que voy a aprovechar uno de esos consejos para vivir la vida con sabiduría que hiperpoblan Facebook y me voy a servir de las dificultades de mi existencia para superar estas mismas, ergo de mi infertilidad literaria de los últimos tiempos he sacado material para escribir este post y, de paso, haceros partícipes de mi afición por coleccionar tazas de café vacías (sucias, claro) en mi mesa de trabajo en armoniosa convivencia con otros habitantes habituales de cualquier escritorio del universo.

Probablemente habríais podido dormir igual de bien sin ser conocedores de todo lo que os acabo de contar pero, dado que no tengo ninguna reseña disponible ahora mismo, con este rollo rompo la maldición de las semanas con un solo post y, de paso, me desahogo un poquito. ¡Hala! Hasta el viernes.

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La chica del lunar en issuu

La chica del lunar

Buenas. Antes de nada querría pediros disculpas por el retraso en la publicación de reseñas; hace ya mucho de la última. Me comprometo a colgar la próxima la semana que viene: Petros Márkaris. Ya le tenía ganas a este hombre y su Con el agua al cuello, pero no adelantemos acontecimientos. Hoy sólo quería deciros que he colgado La chica del lunar en issuu (gran descubrimiento). Para los que no lo conocéis, es una plataforma para la lectura en pantalla de documentos (libros, revistas, etc.) en formato libro, con sus páginas y todo, cosa que hace la lectura muy agradable. Si os animáis podéis echar un vistazo a las aventuras de la chica más cómodamente que si las leyerais en el blog.

Pinchad en la imagen de arriba o en el siguiente enlace:

http://issuu.com/sirvi/docs/la_chica_del_lunar

Vosotros decidís

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Acabo de darme cuenta de que hace ni más ni menos que dos semanas que no doy señales de vida en este blog. Desde aquí os tranquilizo: sigo viva y en plenas facultades mentales (por lo menos no menos plenas que la última vez que me digné a escribir para vosotros, que ya es algo).

Dicho esto, y habiendo liberado a más de uno del insomnio provocado por mi ausencia, creo que os debo una explicación: ¿qué ha pasado con la famosa segunda historia por entregas que me comprometí a empezar cuando “maté” a la chica del lunar? Muy sencillo: nada. Todavía. Y es que me he topado con un pequeño inconveniente, una duda existencial que no me deja avanzar en la planificación de la historia: ¿qué tipo de entorno quiero para los personajes? Más aún, ¿qué personajes quiero para la historia, sea cual sea el entorno en el que se desarrolle?

Abreviando, que empiezo a enrollarme demasiado: mi primera idea fue continuar la saga Asilvestrados, quizás con algunos cambios y, en cualquier caso, intentando mejorarla, claro está, pero de repente pensé que tanto los personajes como el contexto quizás fueran demasiado parecidos al de la chica del lunar (familia de barrio, una abuela que recuerda demasiado a la otra presencia con moño de las aventuras de la chica… más de lo mismo, vamos). Fue entonces cuando vino a mi mente la idea de crear algo totalmente nuevo, algo que no tuviera nada que ver con la antigua historia, y se me ocurrió ambientar las nuevas aventuras por entregas en un ambiente distinto: en un futuro lejano en el que la trama se desarrollara en el espacio exterior, entre humanos y no humanos (quizás más humanos que los propios terrícolas, quién sabe). Una saga galáctica, vamos. ¿Qué os parece? ¿Un cambio demasiado radical?

Como sois, al fin y al cabo, vosotros los que vais a determinar el futuro de los personajes, sean cuales sean, aquí os dejo como deberes la primera decisión para dar forma a su destino: ¿culebrón de barrio o saga galáctica interestelar? Manifestaos en la encuesta, ya sabéis que vuestro deseos son órdenes para mi teclado.

La chica del lunar – último capítulo

la chica del lunar - ultimo capitulo

—¿Y eso qué más da? —es la última respuesta de mi abuela antes de dar un pasito girando sobre sí misma para darse la vuelta y volver a sentarse frente a Manolín, que sigue a lo suyo, moja que moja el chucho en el café con leche.

—¿Que qué más da? —¡habráse visto!—¿Cómo que qué más da?

Mi abuela alza la vista de su merienda para mirarme con toda la calma del mundo.

—Pues eso, que qué más da. ¿Para qué quiero saber yo lo que había dentro de las muñequitas? —abre mucho los ojos y sacude la cabeza mientras sostiene su próximo bocado en la mano derecha—para nada —y se dedica ella también a mojar su merienda en la taza. Sólo hay una explicación a tanto silencio.

—Que no lo sabes, vamos —me juego lo que sea a que no tiene ni idea.

—Pues no. No lo sé. Ya te he dicho que no me hace ninguna falta mas que para meterme en otro lío —vuelve a hacer una pausa para mirarme de la misma manera que antes—. Lo que podía sacar de ellas ya lo tengo. Lo que tuvieran dentro no es asunto mío.

Olé mi abuela. Le ha faltado tiempo para robar una maleta ya robada llena a saber de qué pero, oye, de chafardera no la podrá tachar nadie, que si las muñecas no son suyas -para lo que quiere- tampoco es ella nadie para andar hurgando en su interior. ¿Cómo habrá conseguido venderlas por el buen pellizco que, a juzgar por cómo miraba el paquete, parece heber sacado? Por un momento estoy tentada de preguntarle cómo lo ha hecho pero mi experiencia me dice que me va a salir con eso de que ella ha pasado una guerra y una posguerra que fue aún peor que la anterior y que, si después de aquello aún tuvo fuerzas para venirse a la ciudad a deslomarse para sacar a su familia adelante, no iba a ser el asunto de las muñequitas, como ella las llama, lo más difícil que hubiera hecho en la vida. Como sé que, además, tiene razón, ahorro saliva y me limito a negar con resignación mientras doy media vuelta y vuelvo a la calle, donde Fernando y el Chungo se recuperan de la somanta de palos recibida del bastón de Anselmo.

Pasan los días sin más novedad sobre las dichosas matrioskas y la semana transcurre en la más absoluta calma. Donde digo calma podría decir sopor sin miedo a exagerar ni siquiera un poquito porque la verdad es que el nuevo negocio de Fernando no es que marche viento en popa; los abogados se ganan bien la vida representando a ricachones y chorizos, que son los que tienen el dinero en este mundo y que a menudo son, además, las mismas personas. Lo del despacho de abogados para pobres está muy bien para luchar contra el mal y la injusticia social, que también son más o menos la misma cosa, pero no sé si le dará de comer a él, no digamos ya a mí en calidad de asistente. ¿Asistente para qué? Miedo me da la potencial brevedad de mi contrato indefinido.

Para mi sorpresa me encuentro el viernes con mi abuela al abrir la puerta del despacho-casa de Fernando después de oír el timbre. No espera ni a que le pregunte qué hace ella allí y pasa al salón-recepción-sala de espera.

—Toma —son sus primeras palabras después de atravesar la puerta y las pronuncia tendiéndome un juego de llaves. Me la quedo mirando extrañada y de medio lado, que con mi abuela nunca se sabe.

—¿Son las llaves de casa? ¿Te vas a casa de la tía?

—No —y ya. Con eso debe de pensar que he tenido suficiente. Debería recordarle que yo no he pasado ninguna guerra y que las circunstancias de la vida no me han obligado a espabilar tanto como a ella. Debe de haber caído ella misma en la cuenta de todo esto porque no tarda más de cinco segundos en continuar—Toma —repite.

Cojo las llaves. Levanto la ceja derecha; estas llaves me suenan. Y mucho.

—¿Son…? —volvemos a la comunicación típica de la familia. Mi abuela entiende perfectamente mi pregunta, por supuesto.

—Sí.

—Pero…

—Pero nada. Te dije que ya saqué lo que quería del asunto. Eso es para ti.

Fernando aparece en el comedor secándose las manos en un paño de cocina; ya casi está la comida.

—Y éste te puede ayudar —dice señalándolo con la barbilla. Fernando no entiende de qué va la cosa y me mira a la espera de una aclaración.

—¿Quieres trabajar para mí? —le pregunto sonriendo y mostrándole el juego de llaves, igual que hiciera él cuando me ofreció trabajo—Necesitaré un cocinero. Yo no sé hacer un huevo frito y el Lito, además, tiene un almacén generoso en el que bien cabrán una mesa y unas sillas para atender a tus clientes, cuando los haya.

Fernando sonríe sinceramente.

—¿En el Lito? ¿Tú y yo? ¿Como en los viejos tiempos?—espera mi confirmación, que le llega en forma de feliz asentimiento—Encantado, jefa.

Mi abuela se sonríe y vuelve sobre sus pasos para irse por donde ha venido. Antes de que se cierre la puerta Fernando aún tiene tiempo de decir una última cosa:

—¡Pero usted me tiene que enseñar a hacer sus torrijas!

De sobra sé que ella no tiene ninguna intención de darle a nadie la receta secreta de sus torrijas, igual que no me dirá nunca cómo ha conseguido que Gloria le traspase el negocio y se limitará a mencionar la guerra, la posguerra y todo lo que vino después, pero igual de segura estoy de que encontrará cada día un momento para pasarse por el nuevo Lito y quejarse de la cosa más tonta mientras se toma un café con su nieta. Y con Manolín, claro.

La chica del lunar – capítulo 44

la chica cap 44

—¿Tú qué crees? —pregunta mi abuela.

La verdad, ni puñetera idea. Mi vida, que ha sido siempre más bien aburrida tirando a sosa, parece haberse vuelto loca últimamente para obsequiarme con situaciones absurdas o surrealistas a porrillo. Yo, que pasaba mis días yendo y viniendo del trabajo a casa sin más novedad que una queja diaria nueva sobre mi jefa, he pasado en el último mes por el susto de haber casi matado por sobredosis de cafeína en el café de la mañana a un cliente que acabó convirtiéndose en mi nuevo jefe. He presenciado la transformación personal de éste después de colaborar -también involuntariamente- en la ruptura de su matrimonio y su posterior salida del armario. Sin comerlo ni beberlo he sido cómplice en el robo un de un vehículo en plena calle a manos del Chungo, un curioso personaje que debía un favor a Fernando y que ha acabado fregando el baño de mi abuela después de pedirle asilo político en su huída de la mafia china, a la que había birlado una maleta repleta de sospechosas matrioskas de no menos sospechoso relleno con la que, mira tú por dónde, ha desaparecido mi abuela. Y pese a haber dado con la madre de mi madre y su maleta, las que no aparecen por ningún lado son las dichosas muñecas rusas. Miedo me da cómo pueda acabar todo esto.

—Pues… no sé.

Repaso mentalmente los últimos acontecimientos y, de repente, caigo. El niño chino que atravesó corriendo la plazoleta para tirar un paquete en la papelera de la esquina de ésta. Manolín, recogiendo con la velocidad del rayo el mismo paquete y corriendo calle abajo para entregárselo a mi abuela durante una merienda a base de chuchos y croissants de mantequilla.

—¿Qué hay en el paquete? —pregunto de repente, señalando al interior de la panadería, en la que Manolín sigue dando cuenta de la merendola, masticando parsimoniosamente su bollo mojado en café con leche mientras una gota de éste le resbala por la barbilla.

—¿Tú qué crees? —vuelve a decir ella. La verdad, esta actitud suya empieza a molestarme.

—¿Entonces…? —señalo esta vez hacia el otro lado, dirección en la cual se encuentra el bazar Próspero, de donde salió la dichosa maleta. Mi abuela asiente, condescendiente—Pero… ¿no…?

Creo que ya había comentado la tendencia de mi familia -de la cual, por suerte o por desgracia, formo parte- a comunicarse mediante frases incompletas que, para maravilla de extraños, son suficientes para entendernos perfectamente en nuestro día a día. Mi abuela niega con la cabeza, respondiendo así a mi pregunta, que no era otra que si no tenía miedo de que el amigo del Sr. Próspero, propietario primero de las matrioskas, tomara represalias contra ella después de saber a quién había pagado un rescate por ellas. No hay de qué preocuparse. La respuesta de mi abuela lo ha dejado claro, puesto que el mensaje último de ese simple movimiento de cabeza no era otro que «tu abuela no es tonta y ha tomado todas las medidas necesarias para asegurarse de que el dueño de la maleta no sepa quién le ha revendido sus propias muñecas. ¿O te crees que soy tonta?».

Pues no. No creo ni he creído nunca, ni por un instante, que mi abuela fuera tonta. Ni en un pelo, vamos.

—Y, ¿entonces…? —mi pregunta está también muy clara para ella.

Vota en la encuesta cómo quieres que continúe la historia y lee aquí el próximo viernes 3 de mayo, EL ÚLTIMO EPISODIO de La chica del lunar.

La chica del lunar, últimos telediarios

la chica del lunar - últimos telediarios2

A veces las cosas empiezan de la manera más tonta, como la chica del lunar, que comenzó como consecuencia de mi sequía creativa, ¿lo recordáis? Necesitaba obligarme a escribir algo para vosotros porque no era capaz de «producir» de manera disciplinada a falta de un compromiso con alguien que me tirara de las orejas. Y así, a lo tonto, llevo casi un año (el próximo 11 de mayo nuestra chica cumplirá un añito) con sus pequeñas aventuras diarias. Casi nada. Y para celebrarlo he decidido matarla. Figuradamente, claro, que después de tanto tiempo una le ha cogido cariño -y me gusta pensar que vosotros también-.

Este post es sólo un aviso para que cuando llegue el día no os pille por sorpresa. Nada más. Pienso que es el momento de acabar con ella porque un año me parece una buena edad para morir literariamente y cerrar una historia que, de seguir complicándose, acabaría por derivar por los siglos de los siglos. Me ha encantado llevar a la chica de aquí para allá, más sabiendo que la llevábamos juntos de la mano, vosotros y yo que, aunque no lo creáis, no sabía la mayoría de las veces por dónde nos iba a salir la muchacha hasta apenas unas horas antes que vosotros (no han sido ni cuatro ni cinco las noches de jueves al borde del llanto de desesperación por no saber qué hacer con la vida de la pobre chica para cumplir vuestra voluntad que, también os lo digo, más de una vez me ha sorprendido tanto que he tenido que inventar un desenlace completamente distinto al que di por hecho que escogeríais -gracias también por esas noches de insomnio, dicho desde el más profundo sarcasmo-).

No os preocupéis -si es que hay alguien preocupado por esto- porque la chica se va pero otro u otra vendrá. Aún no tengo ni idea de quién será ni por qué caminos nos llevará pero, sufrimiento y noches en vela aparte, la chica me ha servido, y mucho, así que, viendo que el invento ha funcionado, tanto en lo referente a resultados como a participación, ¿por qué no lanzarse con un nuevo personaje? Espero que me acompañéis también en las aventuras venideras. No os perdáis, eso sí, el desenlace de las desventuras de Laura en los próximos capítulos; estaría bueno perderse el final de una peli después de un año, ¿no?

La chica del lunar – capítulo 43

la chica del lunar -cap 43

Fernando y el Chungo han resultado ser dos compinches de lo más obediente y han salido pitando hacia adelante, sin pararse a mirar siquiera si venía un coche. Les ha salvado de la muerte segura el estar en pleno verano y ser, encima, sábado, puesto que a esta hora cualquier día entre semana durante el curso escolar esta calle es un no parar de coches yendo y viniendo para cargar o descargar niños en el colegio de la esquina. Cualquier coche familiar, monovolumen o, peor aún, cuatro por cuatro -que también los hay en este barrio, a saber por qué- de esos que alteran con su caótico ir y venir la tranquilidad de la calle los habría hecho fosfatina. Fosfatina. ¿Qué narices será eso?

La cuestión es que están sanos y salvos del otro lado de la calle, cosa de la que yo aún no puedo presumir. A ojos de todo el mundo no somos más que tres chorizos que acaban de birlarle la maleta a una venerable ancianita. ¿De verdad? ¿En este barrio en el que no puedes tirarte un pedo sin que se entere todo el vecindario? ¿En el mismo barrio en el que mi familia y yo hemos vivido desde el inicio de los tiempos? Aquí todo el mundo sabe quién es quién, por supuesto saben quién es mi abuela y, por supuesto también, la relación que me une con ella. Y, conociéndonos a las dos, ya no me extraña tanto la falta de reacción de la parroquia de la panadería. A mi abuela no le roba nadie. A menos que ella se deje, claro está.

Un forastero, como gusta mi señora abuela llamar a los visitantes ocasionales del vecindario, que no está en antecedentes y, por tanto, sí que se ha quedado con la versión de la pandilla de chorizos que asaltan sin piedad a una pobre pensionista, sale hasta la puerta de la panadería y grita en dirección de los fugitivos: «¡Eh! ¡Al ladrón!».

No sé a cuál de los dos se refiere pero a Anselmo, que está sentado a la fresca de las cuatro y media de la tarde de un caluroso día de agosto fumando a escondidas -según cree-  en un banco junto al que en este mismo instante pasan la maleta y sus conductores, le falta tiempo para alargar el garrote con un leve y veloz movimiento de la mano del que sólo es capaz quien lleva toda una vida liándose los cigarrillos. Si encima lo hace a escondidas, estamos ante un virtuoso digital. Lo más. Consecuencia inmediata: de narices al suelo. Los dos.

—¡Malandrines!

¿En serio les ha llamado eso? Debe de haberle parecido poca cosa incluso a él porque, ni corto ni perezoso, agarra el bastón de madera con el que yo siempre lo he conocido y se lía a golpes con ellos. Esta vez sí: fosfatina. El agresor va mirando hacia nuestra posición como pidiendo permiso para parar, cosa que no acabo de comprender. De pronto, la víctima del robo, mi único antepasado vivo con moño, le hace un gesto con la mano.

—Déjalos, Anselmo —dice elevando el tono para hacerse oír, que el pobre Anselmo es durillo de oído. Y, como si hubiera apretado un botón, Anselmo se para, agarra la maleta, amenaza por última vez con el bastón en alto a Fernando y al Chungo y viene hacia aquí—. Muchas gracias, Anselmo —le dice al recibir de éste la maleta de la discordia—. Estoy bien.

A mí no me dirige la palabra y, con una única mirada cargada de intención, abre ceremoniosamente la cremallera de la maleta y me muestra su contenido, que no es otra cosa que un vacío absoluto. ¡No hay nada!

—Pero…

Esto es todo lo que alcanzo a decir, para su regocijo, todo sea dicho, que la señora está que no cabe en ella de gozo al ver cómo he caído de lleno en su trampa.

—¿Qué esperabas? ¿Que te pusiera en bandeja de plata una maleta llena y me la dejara robar? Qué poquito conoces a tu abuela, que es vieja pero no tonta.

—Pero —yo sí que parezco tonta, que no soy capaz de salir de la dichosa conjunción—… ¿dónde están?

Vota cómo quieres que continúe la historia y lee aquí la continuación el próximo viernes 26 de abril