Tatuaje, Manuel Vázquez Montalbán

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Hasta hace pocos días, Tatuaje, de Manuel Vázquez Montalbán, esperaba paciente, muy pacientemente, en esa montaña de libros que vive en una estantería del estudio a la espera de ser desempolvada leída, muchos de los habitantes de la cual han llegado a desarrollar ya conciencia de su propia existencia —algunos, transcurridos allí los años suficientes como para alcanzar la mayoría de edad, comienzan, incluso, a insinuar su voluntad de abandonar el nido en busca de alguien que les haga un poquito de caso—. En un arrebato de superprotección maternal, incapaz de dejar volar a mi criatura, he cedido a sus amenazas de emancipación y he leído cada una de sus amarillas paginitas —lo compré en un mercado de segunda mano después de que su anterior padre/ madre decidiera abandonarlo, así, sin más—.

51lu59xcsrl-_sx235_bo1204203200_En realidad, el motivo por el que me he decidido por este título y no por cualquiera de los otros que siguen allí amontonados ha sido el saber que BCNegra homenajearía en su edición de este año a Manuel Vázquez Montalbán, hecho que me ha hecho recordar que tenía un libro suyo pendiente de lectura. Al lío: Tatuaje es una de las novelas protagonizadas por Pepe Carvalho, detective privado y antiguo agente de la CIA, de origen gallego y afincado en Barcelona, con buen estómago y criterio culinario, características, estas últimas, que comparte con su creador, también dado al buen comer y autor de varias obras gastronómicas, como La cocina catalana o Recetas inmorales.

Sin embargo, hay más aspectos en común entre el personaje y el escritor, como su falta de sintonía con el régimen franquista —si es que se puede llamar así a pasar tres años en la cárcel—, ya que tanto uno como otro acabaron encerrados, por antiguo militante comunista, Pepe, y, por asistir a una huelga en apoyo a los mineros asturianos, Montalbán. Algo que caracteriza las novelas de la serie es el reflejo del contexto histórico y social del momento, y en Tatuaje, escrita en 1974, por mucho que Franco estuviera en las últimas, a Pepe aún se le aceleran los pasos —y el corazón— al pasar frente a la Jefatura Superior de Policía.

Pese a que el campo base de Pepe Carvalho es Barcelona, ciudad en la que transcurren buena parte de los hechos, en muchos de los títulos de la serie, Montalbán saca a Carvalho a pasear y a ver mundo: en este caso, Pepe acaba viajando a Holanda tras los pasos de un cadáver aparecido en el mar con la cara comida por los peces y del cual se le encarga averiguar la identidad. El chico no es que sea ningún angelito, pero su visita al país, en el que Carvalho trabajó para la CIA, no nos descubre solo la oscura relación de este con el mundo de las drogas, sino que nos acerca también a la situación de los emigrantes españoles en la zona y a al interés que tienen las autoridades lugareñas por saber de ellos —y de los griegos, los portugueses y otros trabajadores de nacionalidades punteras del sur de Europa que lo han abandonado todo en su país de origen para disfrutar de una vida de comodidades infinitas en el extranjero— y actuar en consecuencia si algo no les acaba de convenir.

El autor plasma el ambiente de los alrededores de las Ramblas y sus habitantes cuando el Raval todavía era el Barrio Chino, mucho antes de que las Olimpiadas cambiaran la ciudad de arriba a abajo, y acompaña la narración con detalladas descripciones de las localizaciones sin desaprovechar ni una ocasión para hablar de las bondades —o la falta de ellas— de cuanto plato le va bien mencionar, y, si hay algo que Pepe no hace, es saltarse una comida —o, en su defecto, pensar en ella, si es que realmente le es imposible comer— ni, tampoco, dejar de repasar cuanto cuerpo femenino se le pone a tiro, y reconozco que en ese sentido el personaje se me ha hecho un poco desagradable en algunos momentos, entiendo que forma parte de ese aire un poco canalla que lo caracteriza, pero, en mi opinión, en ocasiones reduce excesivamente a la mujer en cuestión a un cuerpo digo o no de ser deseado.

Era un autor que tenía pendiente y del que no puedo decir que me haya desagradado. Puede, incluso, que repita en el futuro, pero no ha sido una lectura que me haya atrapado especialmente. Ha conseguido, eso sí, sorprenderme al final con un giro que no esperaba, pese a olerme un desenlace no demasiado alejado de este. En resumen: está bien —posiblemente, desde el aspecto técnico, la valoración más pobre y sosa que se pueda hacer de un libro o de cualquier otra cosa— y cumple a la perfección con lo que se supone que debe ser una obra de su género, pero no será uno de mis libros de cabecera. Una cuestión de gusto personal, nada más. Me alegro, eso sí, de haberlo leído. Mucho.

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