La chica del lunar – capítulo 7

Ya se me han hinchado las narices. Sin decir palabra señalo a la secretaria. No digo nada, simplemente me limito a dirigir mi dedo índice y el resto del brazo derecho hacia su cara. Cuando mi respuesta silenciosa consigue que dejen de chillar como verduleras llega mi momento. Miro fijamente a la otra loca, la mujer de Fernando.

—Lauri —pausa dramática. Disfruto de su cara mientras ata cabos y levanta las cejas, pidiendo confirmación a sus conclusiones—. Sí. La del osito.

Ahí las dejo. Me tomaría una tila para relajarme pero, como las infusiones me dan asco, me preparo un café y me lo bebo disfrutando del ingenio humano a la hora de insultar a sus semejantes. Mi jefa sigue documentando los hechos. De ésta o me echa o me sube el sueldo. Sigue leyendo

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La chica del lunar – capítulo 5

Mi primer impulso es arrancarle uno por uno todos los mechones de pelo que su resistencia me permita, sin embargo, del mismo modo que el abogado gilipollas ha mutado en un ser encantador, una servidora parece haber recibido un chute de paciencia infinita y mi reacción acaba no siendo otra que tratar de poner paz en el asunto, aun sin saber por qué tenía yo a una mujer histérica insultándome y tirándome del pelo. Mi intento fallido de conciliación con la señora se pule la dosis entera de paciencia, que, después de todo, ha resultado no ser infinita, y la agarro por los pelos a la altura de la sien, que es lo que me pilla más a mano y además sé, por experiencia vital, que ahí duele; crecer con hermanos mayores acaba siendo muy útil en la vida.

Mi contraataque no contribuye a mejorar la situación, como era de esperar, pero por lo menos me ayuda a liberar tensiones. Aprovecho la oportunidad y hago desfilar por mi mente el recuerdo de mi jefa, mi trabajo de mierda y el empacho de lentejas que mi cuerpo lleva dos días soportando. Mi ira se acrecienta con cada uno de estos pensamientos y en la descarga ciega de la misma me pasa por alto que la loca de mi agresora ha dejado de atacarme y está gritando a Fernando, inclinada sobre la cama. Sigue leyendo

Proyectos frescos

Antes de nada os quería dar las gracias por vuestra participación en La chica del lunar, que es uno de los proyectos que me ocupa y que sin vosotros no sería posible. Lo planteé como un ejercicio para mí, para obligarme a escribir, ¡y vaya si está funcionando! El hecho de no saber ni yo misma por dónde va a ir exactamente la cosa hasta tener el resultado final de la encuesta semanal -y en la de esta semana la cosa está, de momento, bastante igualada- le da un puntito divertido a la hora de pensar en la historia. Muchas gracias, de verdad, estoy consiguiendo mi propósito y me lo estoy pasando muy bien. Espero que vosotros también.

Dicho esto os pondré al día de alguna otra cosilla que tengo en el tintero. Las pesquisas de un cadáver amnésico, la novela que tengo ahí, a puntito de ponerle el FIN definitivo, está ya en ultimísima fase de revisión. Pronto os hablaré más de ella, que me apetece empezar a compartir algunas cosas, ahora que la historia es la que es y sólo pienso cambiar algunas cuestiones de forma, quizás, pero nada más.

El siguiente proyecto a la cola lo tengo en común con mi mejor amigo de la infancia. No os voy a desvelar gran cosa porque aún está en fase embrionaria la criatura y no tendría mucho sentido explicaros algo que quizás acabe ni pareciéndose al resultado final, que ya sabemos cómo van estas cosas… (de la idea original de las pesquisas queda más bien poco en el manuscrito final). Sí que os puedo decir que me apetece trabajar en un un libro a dos manos, en el que cada uno de nosotros tendrá posibilidad, además, de ir a su rollo en lo estilístico, puesto que se trata de dar dos enfoques distintos a una historia común, que es la que comparten los dos personajes principales. Todo ello sin renunciar al trabajo en equipo que supone coordinar el resto del trabajo. Como, además, mi compañero es un encanto, no veo qué más puedo pedir… ¡Qué ganas de ponerme a ello en serio!

Y por último, otro proyecto que también está aquí mismo, asomando la nariz, esta vez en colaboración con otra amiga (¡qué bonito esto de hacer cosas con los colegas!), ilustradora ella, con la que ya había trabajado en algunos “asuntillos propios” hace algunos años. Su nombre es Teresa Herrero, y se dedica, sobre todo, a la ilustración editorial infantil, aunque también pinta cuadros, hace exposiciones y esas cosas que hacen los pintores. Pasaos por su web si queréis haceros una idea de su estilo, estoy segura de que os gustará. Esta vez, sin embargo, estamos pensando seriamente en sacar los pies del tiesto del ámbito infantil y experimentar un poco con el libro ilustrado para adultos. En ello estamos, ya os contaré por dónde sale al final la cosa.

Y ya os he puesto al día de lo que me ocupa la mente la mayor parte del tiempo (la mayor parte del tiempo que consigo mantenerla ocupada, claro está). Otro día os cuento más.

La chica del lunar – capítulo 4

Va a tener razón mi madre cuando dice que, a pesar de mi mal genio, de buena parezco tonta. Personalmente prefiero la opinión de mi abuela, que dice que soy más buena que el pan y que ese geniecillo mío no engaña a nadie. Como veis, el mensaje es exactamente el mismo pero, en vez de ofender, hace que te lo tomes casi como un cumplido y te vayas hasta contenta. Es una maestra de la dialéctica.

Buena o tonta, la cuestión es que, cuando quiero darme cuenta, estoy escuchando ya las peticiones de la secretaria, a la que, en algún momento, supongo, he debido de decirle que pidiera por esa boquita. Que muchas gracias por darle esto a Fernando, que ya sabía ella que detrás de aquella cara tan seria había una buena persona. Esto es una nota, Fernando debe de ser el abogado gilipollas y ella es ya la tercera persona que me llama borde y, encima, pidiéndome un favor. Me voy de allí dándole la razón a mi madre. Tonta. La palabra es tonta.

A punto estoy de tirar a Predator a la papelera y llevarme sus cacas a casa. Por suerte, rectifico a tiempo y la cosa no tiene más consecuencias que la resultante taquicardia del pobre perro, que no deja de martillearme el antebrazo hasta un par de manzanas después. Sigue leyendo

La chica del lunar – capítulo 3

Mi jefa se percata de repente de la bolsita que pende de mi mano y, como si despertara de un trance, vuelve en sí misma y reorienta su atención a las cosas realmente importantes de la vida.

— ¿Ésta es la crema que me ha comprado tu tía?

Todo en este mundo es una cuestión de prioridades; que le den morcilla al señor abogado y sus veintidós euros mensuales, que ella se va a deshacer de todas sus arrugas, ojeras y manchas con un producto milagroso que le va a devolver la juventud perdida en algún siglo anterior. Lo que no sé es lo que piensa hacer con el exceso de pellejo resultante del proceso. Como el tarrito no venga con una aguja para hacerse con él un moño en el cogote le veo mala solución al asunto.

Por suerte, la dichosa crema eclipsa la presencia de Predator, ya, de por sí, escasa, y, después de cazar la bolsa al vuelo, cual halcón apresando un ratón de campo, mi jefa da media vuelta y se va. No alcanzo a oír frase ni gruñido de despedida y a punto estoy de castigar su mala educación abandonando las dos ridículas cagarrutillas del perro en la terraza pero mi elevado sentido del civismo y del decoro me obliga a recogerlas. Sigue leyendo

La chica del lunar – capítulo 2

Mi instinto justiciero me obliga a cargar la cafetera, “clac-clac”, dos veces, con café puro arábica. Es lo que pone en el envase pero yo no sé ni qué pinta tiene eso porque, desde que llegué aquí, esa lata se ha rellenado siempre con café barato. Y a juzgar por la edad aparente de ésta, no parece que se trate de una nueva costumbre.

Mientras lavo unas cucharas en el fregadero me recreo en la observación de cada sorbo que da a su café el abogado gilipollas, sin sospechar siquiera una venganza a su estupidez que, no por no ser fría, estaba siendo menos disfrutada.

Satisfecha con la simple idea de verlo llegar mañana, tras una larga noche de insomnio, tan ojeroso como ha aparecido hoy mi jefa, el mundo se me antoja un lugar mucho mejor y consigo terminar la jornada sin echarle los perros a ningún cliente. Sigue leyendo

La chica del lunar – capítulo 1

Aquí está de nuevo, como cada mañana a eso de las siete y media, si no se ha dormido, mirándome, legañosa, la chica del lunar. No es alta ni baja, gorda ni flaca, rubia ni morena, guapa ni fea. Lo único que la hace distinta de cualquier otra chica vulgar sin nada especial es un lunar a lo Marilyn Monroe. Pero al otro lado. Y más grande. Y junto a la aleta derecha de la nariz. Nada que ver con el suyo, vamos. Por lo menos no tiene pelos. Todavía. La chica del lunar y su peca calva se niegan a darme los buenos días desde el otro lado del espejo; no están de humor. Yo tampoco.

Mi lunar y yo tenemos que estar a las ocho y media, gracias a mi licenciatura en historia del arte, en el Café Lito, una granja de mala muerte en la que hago de todo menos tomar café durante las cuatro horas que paso trabajando allí cada mañana. Soy una chica con suerte y contactos; mi jefa es vecina de mi tía. Aparte de un sueldo miserable a final de mes, este hecho no me ha traído más que charlas por parte de mi familia. Porque lo que es un contrato, no me ha traído.

Charlas, como os decía, sí. Sobre la suerte que tengo de tener un trabajo -precario, mal pagado e ilegal, me pregunto cuál de las tres cosas me hace más feliz- y, sobre todo, sobre lo importante de no hacer quedar mal a mi tía, que acaba de cerrar la terraza sin consentimiento expreso de la escalera y está a un solo voto en la próxima reunión de vecinos de ser denunciada por la comunidad. De momento mi jefa está de su parte. De momento. Cuánta responsabilidad para una chica tan normal. Sigue leyendo