Escritoras

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Esta mañana me ha asaltado una inquietante duda con la que he tenido que convivir durante todo el día hasta poder consultar el histórico de entradas del blog y comprobar, con horror, que mis sospechas no sólo eran ciertas sino que la magnitud de la tragedia era superior a la esperada: la proporción de escritoras por escritor reseñadas en este espacio es casi de una a cinco (ocho escritoras por treinta y ocho escritores). Sigue leyendo

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Carlos Salem, novela negra y poesía

Carlos Salem

¡Atención! Post no dedicado a mi novela y su próximo lanzamiento; teniendo en cuenta la tendencia de este blog en las últimas semanas, esto es todo una noticia, así que aprovechad, quién sabe cuándo volveré a asomar la nariz al mundo exterior para contaros alguna cosita que no tenga que ver con este ensimismamiento autocomplaciente que se ha apoderado de mi persona. Dicho esto, voy al tema: aprovechando que el Liber, que comenzó ayer y terminará mañana, se celebra este año en Barcelona, pensé que sería una buena idea pasarme por allí para ver qué se cocía y explicaros aquello que me pareciera más interesante. Puesto que me ha sido imposible hacerme con un pase gratuito que me permitiera ahorrarme los 33 eurazos que costaba la entrada de visitante, decidí limitarme a la agenda de actos celebrados fuera del recinto y, por lo tanto, abiertos al público general. Eché un vistazo al programa y enseguida encontré una propuesta seductora: una mesa redonda sobre novela policiaca a cargo de Carlos Salem (arriba, probablemente en la peor foto que le hayan hecho en su vida) y Cristina Fallarás que tendría lugar ayer mismo a las 19h. en la Fnac de l’Illa Diagonal. Y allí que fui.

Carlos Salem es periodista y escritor y reparte su creatividad literaria entre la novela, el cuento y la poesía, además de escribir teatro (trabaja actualmente en obras de microteatro). Por si todo esto fuera poco, próximamente podremos encontrar algunos de sus trabajos adaptados también al cine y al cómic. Vamos, que hay pocos formatos que se hayan «librado» del universo interior de este hombre. La naturaleza del evento, sin embargo, se vio alterada por la ausencia de Cristina Fallarás, a quien no le fue posible asistir, y la mesa redonda se vio convertida en una improvisada lectura de poemas de Carlos Salem. Reconozco que la poesía no es un género que me apasione y en un principio el chasco fue considerable. Dicha decepción, sin embargo, fue perdiendo intensidad a medida que se iban sucediendo los poemas, que poco o nada tienen que ver con la clásica concepción del género poético (por la menos con la de una profana en la materia como yo). El autor, a quien aburre el cliché de la novela policiaca y que afirma que el lirismo acompaña siempre a sus novelas, por negras que sean, vierte de la misma manera parte de la esencia de la novela en la poesía (a mí, personalmente, me recordó al Bukowski de Mujeres, por ejemplo, mostrándolo a mis ojos como un poeta «canalla» por más que hablen de amor todos sus poemas). Resumiendo, que me quedé sin mi dosis de novela negra pero me llevé, a cambio, uno de esos pequeños regalos sorpresa de la vida que hacen que ésta sea un poco menos aburrida al sacarnos de la previsibilidad que suele acompañar a nuestros días.

1984, George Orwell

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1984, la novela distópica de George Orwell que, junto con Un mundo feliz, de Aldous Huxley, y Fahrenheit 451, de Ray Bradbury, constituye uno de los máximos exponentes de este género, es la obra que os voy a reseñar hoy.

Hacía mucho tiempo que tenía pendiente la lectura de este libro. Era uno de los que recuerdo ver en casa desde que era pequeña y un buen día me decidí a leerlo por iniciativa propia con no más de diez años; evidentemente no tardé mucho en dejarlo, demasiado para una niña. Desde algún momento posterior, que no podría situar en el tiempo, ha ocupado un lugar en mi lista de lecturas pendientes. Hasta hoy.

Londres, 1984: Winston Smith decide rebelarse ante un gobierno totalitario que controla cada uno de los movimientos de sus ciudadanos y castiga incluso a aquellos que delinquen con el pensamiento. Consciente de las terribles consecuencias que puede acarrear la disidencia, Winston se une a la ambigua Hermandad por mediación del líder O’’Brien. Paulatinamente, sin embargo, nuestro protagonista va comprendiendo que ni la Hermandad ni O’’Brien son lo que aparentan, y que la rebelión, al cabo, quizá sea un objetivo inalcanzable. Por su magnífico análisis del poder y de las relaciones y dependencias que crea en los individuos, 1984 es una de las novelas más inquietantes y atractivas de este siglo.

Orwell describe en esta novela un mundo, dividido en tres grandes bloques en guerra constante entre ellos, habitado por una sociedad deshumanizada en la que las personas viven sometidas a un régimen totalitario que controla por completo no sólo sus vidas sino, también, su pensamiento. El Gran Hermano (existente o no, ésa es una de las grandes incógnitas en la historia), líder absoluto del Partido, les vigila en todo momento a la caza de cualquier indicio de una posible rebelión contra el poder. No hay cabida para la intimidad en el mundo en que viven (sobreviven sería un término más acertado) los habitantes de 1984.

No me voy a extender mucho en el resumen de la obra porque seguro que es de todos conocido. Si bien la descripción que he hecho más arriba no es la de una sociedad muy humana, lo más terrorífico, a mi juicio, no es, pese a lo terrible del asunto, el sometimiento de la población mediante un sistema opresor y dictatorial. Lo más desolador es el aislamiento al que cada individuo es sometido a través del control extremo de una humanidad en la que la comunicación es prácticamente imposible y en la que, para colmo, y puesto que todos están obligados a manifestarse públicamente como fieles al Partido, nadie puede saber en ningún momento si la persona que tiene delante es un amigo o un enemigo que no dudaría en delatarlo ante las autoridades en caso de sospechar en él ideas contrarias a las del régimen. Las nuevas generaciones son aleccionadas en la ideología del Ingsoc (socialismo inglés, tendencia política del Partido) y es común que los hijos denuncien a sus padres por considerar que no deben el suficiente respeto al sistema o a su máximo exponente, el Gran Hermano.

El único amor permitido es el amor al Gran Hermano. Cualquier otro sentimiento afectuoso es condenado por el régimen, puesto que supone un peligro para éste. Los únicos que escapan (relativamente) a este asfixiante control son los proles, la clase más baja de la sociedad (y también la más numerosa), que no son considerados peligrosos por no contar, según el gobierno, con la inteligencia suficiente para pensar de manera crítica y rebelarse contra la autoridad. Estos, sin embargo, constituyen según Winston Smith (el protagonista) la única esperanza de la humanidad, puesto que son el ochenta y cinco por ciento de la población.

Pero los proles, si pudieran darse cuenta de su propia fuerza, no necesitarían conspirar. Les bastaría con encabritarse como un caballo que se sacude las moscas. Si quisieran podrían destrozar el Partido mañana por la mañana. Desde luego, antes o después se les ocurrirá. Y, sin embargo…

… Y, sin embargo, de momento no parece que vayan a hacerlo, ya que el Partido los mantiene lo bastante entretenidos como para que no dediquen su tiempo a rebelarse contra él. Esto último me recuerda a un pasaje de Charles Bukowski en su novela Mujeres, de la cual ya os hablé en un post anterior, donde transmitía el mismo mensaje:

La segunda pelea también fue buena. La muchedumbre rugía y se desgañitaba y trasegaba cerveza. Habían escapado temporalmente de fábricas, almacenes, mataderos, garajes de limpieza de coches… volverían a la cautividad al siguiente día, pero ahora estaban fuera, enardecidos por la libertad. No estaban pensando en la esclavitud de la pobreza, ni en la esclavitud de la beneficencia y los sellos de comida. El resto de nosotros viviría tranquilo hasta que los pobres aprendiesen a construir bombas atómicas en sus sótanos.

Lamentablemente, no es algo que venga de nuevo a los habitantes de nuestro tiempo, y parece que George Orwell lo vio ya muy claro a finales de la década de 1940 y quiso advertirnos de ello justo antes de morir, poco después de la publicación de la novela. 1984 es, además de una terriblemente acertada predicción política y social, una crítica a los regímenes totalitarios (especialmente el stalinista, en cuyo líder se inspira la figura del Gran Hermano), en los que la reescritura del pasado, tarea de Winston Smith en su puesto de trabajo en el Ministerio de la Verdad, era algo común, como lo era también en la Guerra Civil Española, bien conocida por Orwell, en la que la tergiversación de los hechos llevaba muchas veces a relatar situaciones que nada tenían que ver con estos, según él mismo dijo. Pura ficción que acababa convirtiéndose, a la práctica, en verdad, y que dejaría de ser una mentira, a todos los efectos, en cuanto la última persona que conociera la auténtica realidad, desapareciera de este mundo.

Quizás no sea un libro repleto de una acción trepidante (especialmente la primera parte, antes de conocer a Julia, durante la cual la descripción de la sociedad de la época constituye el grueso de la narración) pero recomiendo sin duda su lectura, no sólo por tratarse de un clásico del siglo XX, sino también porque nunca está de más que nos recuerden que tenemos que tener los ojos bien abiertos, especialmente cuando hay una parte de la población (no muy numerosa, como los miembros del Partido Interior descritos en la novela, y tan poderosa como estos últimos -curiosa coincidencia-) muy interesada en que los mantengamos bien cerrados.

Mujeres, Charles Bukowski

Bukowski

Por fin os puedo reseñar Mujeres, mi primera novela de Charles Bukowski. Digo por fin por dos motivos: uno, que tenía muchas ganas de leer algo suyo y, dos, que pese a esto me ha costado terminarla; se me ha hecho un poco larga. ¿Por qué? No porque sea un texto difícil de leer, la suya no es una prosa densa, antes al contrario, es breve, concisa, poco dada a descripciones largas y florituras. Lo que tiene que decir lo dice, y punto.

En Mujeres, una de las más aclamadas novelas de Bukowski, su alter ego Henry Chinaski, el «viejo indecente», un perdedor nato, se encuentra a los cincuenta años con una creciente reputación literaria, algún dinero en el banco y mujeres: montañas de mujeres. Se le ofrecen en los recitales de poesía, le escriben cartas procaces, le telefonean sin cesar. Y Chinaski las quiere todas, quiere desquitarse de su largos años de forzadas abstinencias. Y, a la vez, este gigantesco maratón sexual es un proceso de aprendizaje, de conocimiento, en el que Bukowski no escatima sarcásticas observaciones sobre sí mismo, y en el que en el machismo de textos anteriores queda seriamente erosionado. Todo ello unido a incontables borracheras: el alcohol en tanto que mecanismo que le permite seguir viviendo, a la par que le destruye. Bukowski parece sugerir que las alternativas -es decir, una carrera más respetable, literaria o la que fuere- son aún más deshumanizadas. «Mujeres parece una historia sobre sexo y borracheras, cuando en realidad es un poema sobre el amor y el dolor» «Su prosa es el resultado de un arte que opera por sustracción, no por acumulación… No hay nunca una palabra de más, eliminable o sustituible».

Tal y como dice la sinopsis de su contraportada, la novela en sí parece en muchos tramos una concatenación de borracheras y sexo desbocado -explícito, por si alguien se siente molesto con este tipo de descripciones-. No ha sido esta sucesión de encuentros sexuales lo que ha hecho que se me hiciera pesada, sino que, durante un buen trecho de la narración, tuve la sensación de que ésta no conducía a ninguna parte. Falso. Sí que tenía una finalidad, y era, precisamente, lograr esa misma sensación, de falta de rumbo, de vacío, necesaria para su desenlace.

Durante la lectura he encontrado algunos fragmentos interesantes que reflexionan sobre la figura del escritor, en algunos casos, y sobre la sociedad en general, en otros. Aquí os dejo una descripción, a mi juicio muy acertada, del papel de la diversión en la vida moderna. La importancia del circo en la civilización occidental del siglo XX (y del XXI, aunque Bukowski no lo conociera), situada, en este caso, en un combate de boxeo.

La segunda pelea también fue buena. La muchedumbre rugía y se desgañitaba y trasegaba cerveza. Habían escapado temporalmente de fábricas, almacenes, mataderos, garajes de limpieza de coches… volverían a la cautividad al siguiente día, pero ahora estaban fuera, enardecidos por la libertad. No estaban pensando en la esclavitud de la pobreza, ni en la esclavitud de la beneficencia y los sellos de comida. El resto de nosotros viviría tranquilo hasta que los pobres aprendiesen a construir bombas atómicas en sus sótanos.

Una vez terminado el libro, y visto el porqué de todo su contenido, no descarto lanzarme a por otro Bukowski en un futuro no muy lejano, aunque atacaré antes otros títulos y autores de mi lista de «pendientes».

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