Mercaderes del espacio, Frederik Pohl y C.M. Kornbluth

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En cuanto supe de Mercaderes de espacio, de Frederik Pohl y C.M. Kornbluth, decidí leerlo. No me ha sido fácil, al contrario, me ha costado mucho encontrar este libro que, finalmente, he conseguido de segunda mano, ya que no hay librería en el universo que lo tenga en su estantería. Pese a haber otra edición de Minotauro bastante reciente —o eso me ha parecido al ver su portada (la que veis arriba es la antigua)—, no ha habido manera de comprarlo a través de los canales habituales. Sigue leyendo

Un mundo feliz, Aldous Huxley

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Un mundo feliz, de Aldous Huxley. Por fin fuera de mi lista de eternas lecturas pendientes. Como os comentaba en algun post anterior, estoy últimamente muy distópica, así que he decidido no postergar más su lectura y lanzarme al disfrute desatado del pesimismo más absoluto sobre el futuro del ser humano; en eso, tanto Huxley como yo estamos más o menos en el mismo punto, con la diferencia que a estas alturas de la película somos más conscientes de lo acertado de sus sospechas. Sigue leyendo

1984, George Orwell

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1984, la novela distópica de George Orwell que, junto con Un mundo feliz, de Aldous Huxley, y Fahrenheit 451, de Ray Bradbury, constituye uno de los máximos exponentes de este género, es la obra que os voy a reseñar hoy.

Hacía mucho tiempo que tenía pendiente la lectura de este libro. Era uno de los que recuerdo ver en casa desde que era pequeña y un buen día me decidí a leerlo por iniciativa propia con no más de diez años; evidentemente no tardé mucho en dejarlo, demasiado para una niña. Desde algún momento posterior, que no podría situar en el tiempo, ha ocupado un lugar en mi lista de lecturas pendientes. Hasta hoy.

Londres, 1984: Winston Smith decide rebelarse ante un gobierno totalitario que controla cada uno de los movimientos de sus ciudadanos y castiga incluso a aquellos que delinquen con el pensamiento. Consciente de las terribles consecuencias que puede acarrear la disidencia, Winston se une a la ambigua Hermandad por mediación del líder O’’Brien. Paulatinamente, sin embargo, nuestro protagonista va comprendiendo que ni la Hermandad ni O’’Brien son lo que aparentan, y que la rebelión, al cabo, quizá sea un objetivo inalcanzable. Por su magnífico análisis del poder y de las relaciones y dependencias que crea en los individuos, 1984 es una de las novelas más inquietantes y atractivas de este siglo.

Orwell describe en esta novela un mundo, dividido en tres grandes bloques en guerra constante entre ellos, habitado por una sociedad deshumanizada en la que las personas viven sometidas a un régimen totalitario que controla por completo no sólo sus vidas sino, también, su pensamiento. El Gran Hermano (existente o no, ésa es una de las grandes incógnitas en la historia), líder absoluto del Partido, les vigila en todo momento a la caza de cualquier indicio de una posible rebelión contra el poder. No hay cabida para la intimidad en el mundo en que viven (sobreviven sería un término más acertado) los habitantes de 1984.

No me voy a extender mucho en el resumen de la obra porque seguro que es de todos conocido. Si bien la descripción que he hecho más arriba no es la de una sociedad muy humana, lo más terrorífico, a mi juicio, no es, pese a lo terrible del asunto, el sometimiento de la población mediante un sistema opresor y dictatorial. Lo más desolador es el aislamiento al que cada individuo es sometido a través del control extremo de una humanidad en la que la comunicación es prácticamente imposible y en la que, para colmo, y puesto que todos están obligados a manifestarse públicamente como fieles al Partido, nadie puede saber en ningún momento si la persona que tiene delante es un amigo o un enemigo que no dudaría en delatarlo ante las autoridades en caso de sospechar en él ideas contrarias a las del régimen. Las nuevas generaciones son aleccionadas en la ideología del Ingsoc (socialismo inglés, tendencia política del Partido) y es común que los hijos denuncien a sus padres por considerar que no deben el suficiente respeto al sistema o a su máximo exponente, el Gran Hermano.

El único amor permitido es el amor al Gran Hermano. Cualquier otro sentimiento afectuoso es condenado por el régimen, puesto que supone un peligro para éste. Los únicos que escapan (relativamente) a este asfixiante control son los proles, la clase más baja de la sociedad (y también la más numerosa), que no son considerados peligrosos por no contar, según el gobierno, con la inteligencia suficiente para pensar de manera crítica y rebelarse contra la autoridad. Estos, sin embargo, constituyen según Winston Smith (el protagonista) la única esperanza de la humanidad, puesto que son el ochenta y cinco por ciento de la población.

Pero los proles, si pudieran darse cuenta de su propia fuerza, no necesitarían conspirar. Les bastaría con encabritarse como un caballo que se sacude las moscas. Si quisieran podrían destrozar el Partido mañana por la mañana. Desde luego, antes o después se les ocurrirá. Y, sin embargo…

… Y, sin embargo, de momento no parece que vayan a hacerlo, ya que el Partido los mantiene lo bastante entretenidos como para que no dediquen su tiempo a rebelarse contra él. Esto último me recuerda a un pasaje de Charles Bukowski en su novela Mujeres, de la cual ya os hablé en un post anterior, donde transmitía el mismo mensaje:

La segunda pelea también fue buena. La muchedumbre rugía y se desgañitaba y trasegaba cerveza. Habían escapado temporalmente de fábricas, almacenes, mataderos, garajes de limpieza de coches… volverían a la cautividad al siguiente día, pero ahora estaban fuera, enardecidos por la libertad. No estaban pensando en la esclavitud de la pobreza, ni en la esclavitud de la beneficencia y los sellos de comida. El resto de nosotros viviría tranquilo hasta que los pobres aprendiesen a construir bombas atómicas en sus sótanos.

Lamentablemente, no es algo que venga de nuevo a los habitantes de nuestro tiempo, y parece que George Orwell lo vio ya muy claro a finales de la década de 1940 y quiso advertirnos de ello justo antes de morir, poco después de la publicación de la novela. 1984 es, además de una terriblemente acertada predicción política y social, una crítica a los regímenes totalitarios (especialmente el stalinista, en cuyo líder se inspira la figura del Gran Hermano), en los que la reescritura del pasado, tarea de Winston Smith en su puesto de trabajo en el Ministerio de la Verdad, era algo común, como lo era también en la Guerra Civil Española, bien conocida por Orwell, en la que la tergiversación de los hechos llevaba muchas veces a relatar situaciones que nada tenían que ver con estos, según él mismo dijo. Pura ficción que acababa convirtiéndose, a la práctica, en verdad, y que dejaría de ser una mentira, a todos los efectos, en cuanto la última persona que conociera la auténtica realidad, desapareciera de este mundo.

Quizás no sea un libro repleto de una acción trepidante (especialmente la primera parte, antes de conocer a Julia, durante la cual la descripción de la sociedad de la época constituye el grueso de la narración) pero recomiendo sin duda su lectura, no sólo por tratarse de un clásico del siglo XX, sino también porque nunca está de más que nos recuerden que tenemos que tener los ojos bien abiertos, especialmente cuando hay una parte de la población (no muy numerosa, como los miembros del Partido Interior descritos en la novela, y tan poderosa como estos últimos -curiosa coincidencia-) muy interesada en que los mantengamos bien cerrados.

Fahrenheit 451, Ray Bradbury

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Fahrenheit 451, de Ray Bradbury, es uno de esos libros que hay que leer en algún momento de la vida. No es, ni mucho menos, una historia tranquilizadora. La sensación que te queda en el cuerpo es muy similar a la provocada por Orwell o Huxley, o esa ciencia ficción que, conforme pasan los años, va perdiendo el componente ficticio para asemejarse cada vez más a una realidad para nada agradable.

Fahrenheit 451 (la temperatura a la que el papel empieza a arder) narra la historia de un bombero en una sociedad en la que su trabajo no consiste ya en apagar incendios sino en provocarlos. Armados con mangueras de queroseno acuden raudos y veloces a la llamada de cualquiera que denuncie a un conciudadano que posea libros. A la hoguera con ellos. Con los libros, quiero decir, aunque tampoco se tengan muchos miramientos con sus propietarios, disidentes políticos y sociales que ponen en peligro la estabilidad del gobierno y la sociedad. ¿Cómo no van a suponer una amenaza? Los libros hacen pensar y una mente pensante es, por definición, peligrosa. Molesta cuando menos. En un sistema basado en el adormecimiento de la población los libros son un peligro público. La gente debe ser feliz, no por su propio bienestar, claro está, sino por el de los de arriba, que no verán cuestionadas sus actuaciones mientras consigan que el conformismo (y la ignorancia, por supuesto) mantengan a su pueblo como un mero espectador que se limita a producir y consumir.

Demasiado nos suena ya esta historia. Lo que os decía, ciencia no ficción que hace estremecer. Nos acercamos peligrosamente a la realidad contada por Bradbury y sólo en nuestra mano está el final de nuestra historia, aún no escrita definitivamente pero que sí sigue, desde hace mucho, un guión escrito por autores que nada nos convienen. Aquí os dejo un fragmento de Fuego Brillante, el epílogo que el mismo Ray Bradbury escribió en 1993:

Sólo resta mencionar una predicción que mi Bombero Jefe, Beatty, hizo en 1953, en medio de mi libro. Se refería a la posibilidad de quemar libros sin cerillas ni fuego. Porque no hace falta quemar libros si el mundo empieza a llenarse de gente que no lee, que no aprende, que no sabe. Si el baloncesto y el fútbol inundan el mundo a través de la MTV, no se necesitan Beattys que prendan fuego al queroseno o persigan al lector. Si la enseñanza primaria se disuelve y desaparece a través de las grietas y la ventilación de la clase, ¿quién, después de un tiempo, lo sabrá, o a quién le importará? […] el Bombero Jefe en la mitad de la novela lo explica todo, y predice los anuncios televisivos de un minuto, con tres imágenes por segundo, un bombardeo sin tregua.

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