Reseña: Intimidad, de Hanif Kureishi

Recuerdo haber leído a Hanif Kureishi en la universidad: Mi hermosa lavandería; puede que hayas visto también la peli (Stephen Frears, 1985). Era el primer guion para largometraje de Kureishi, y en él volcaba su visión de la sociedad londinense desde el punto de vista de los nuevos ingleses, los que llegaron a Gran Bretaña desde las lejanas colonias del antiguo Imperio británico. Él, por ser hijo de pakistaní e inglesa, conocía de primera mano las circunstancias de una y otra parte, y trasladó a la película la nueva realidad de dos mundos, el de los recién llegados a una sociedad que no los considera sus iguales y el de la sociedad que los recibe y ve cómo el pueblo conquistado comienza a escapar de su papel de colonizado e intenta hacerse un hueco en ella. Kureishi rompe con este guion tres ideas preconcebidas y asumidas como parte de la normalidad: la primera es que los recién llegados de las colonias van a vivir siempre subordinados al hombre blanco; en esta historia, el inglés de pedigrí —Daniel Day-Lewis— es el empleado de Omar —Gordon Warnecke—, regente de la lavandería. Por si fuera esto poco romper los esquemas del pensamiento tradicional, los dos acaban manteniendo una relación sentimental, y con esto llega el derribo de las otras dos barreras que comentaba: la homosexualidad y las relaciones interraciales.

Pero, si en Mi hermosa lavandería se analizaba la sociedad inglesa de los ochenta y destacaba la evolución de su normatividad en cuestiones de clase, raza y sexualidad, Intimidad cuestiona otro pilar de cualquier sociedad: la familia, en este caso, frente al individuo.

Jay es un guionista que, a sus cuarenta y pocos años, con una esposa, un trabajo que le gusta y dos hijos a los que adora, espera algo más de la vida. La novela transcurre durante una sola noche: la última que pasará con su familia. Por la mañana cogerá una maleta y se irá para siempre. Pero, ¿está realmente seguro de hacer lo correcto? No demasiado, a juzgar por los pensamientos que le asaltan durante esas últimas horas y que constituyen la novela en sí.

El problema, como muchas veces, parece estar en el cuestionarse las cosas: Jay, al dudar de la idea tradicional de familia como la única forma válida de vida posible, se encuentra perdido entre sus propios deseos y lo que, en un principio, es considerado como correcto. Libertad versus obligaciones. Él o su familia. Irse o quedarse.

El sueño, o la pesadilla, de la familia feliz nos obsesiona a todos.

Ni todas las familias son iguales ni todo el mundo necesita lo mismo en la vida, de ahí que lo que sea causa de felicidad absoluta para unos pueda convertir en un verdadero infierno la vida de otros. Esto se ejemplifica a través de tres grupos de personajes: el de su amigo Asif y los suyos, encantados todos ellos de no necesitar nada más que una familia para tener una vida plena y feliz, el de Victor, el amigo que lo acogerá temporalmente en su casa, que ya decidió dar el paso de abandonar a su familia, y sus propios padres, que no se atrevieron a hacerlo y vivieron frustrados durante toda la infancia de sus hijos, incapaces de liberarse de sus ataduras.

Llegada la madurez, Jay se siente desencantado: la vida no es aquello que uno creía durante su juventud y, sin darse apenas cuenta, uno acaba convirtiéndose en una de esas personas que los jóvenes detestan. En el momento en que es consciente de ello, aparece la necesidad de liberarse de todo aquello que le impide realizarse, hacer realidad sus deseos y, en definitiva, ser feliz. Lamentablemente, esta necesidad por sentir la vida pasa por  el incumplimiento de las obligaciones adquiridas con la llegada de la edad adulta —pareja, hijos, hipoteca—, y tal cosa constituye a ojos de la sociedad la mayor muestra de egoísmo imaginable.

El protagonista se debate durante toda la novela entre la libertad y lo que se supone que debería hacer, de manera un tanto monótona y repetitiva, para mi gusto. Aun así, la sencillez del texto, junto con su brevedad, no hacen de este libro una lectura excesivamente pesada (léase esto como una virtud o como un defecto, dado el poco entusiasmo que pongo al comentarlo; a tu criterio lo dejo). Resumiendo: no está de más leerlo, especialmente si te encuentras en una crisis vital como la de Jay y quieres dejar de sentirte como el único ser perdido en la vida, pero no se trata de una lectura indispensable.

 

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