Reseña de El motel del voyeur, de Gay Talese

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No te voy a mentir al decir que lo que me llamó la atención de este libro fue su título: El motel del voyeur. Ni conocía a Gay Talese, su autor, ni había oído hablar de él ni tenía ni idea de su argumento; el título me atrajo, simplemente, así que lo cogí, leí la sinopsis de la contraportada y pensé que quizás pudiera ser interesante. Hasta aquí los prolegómenos de esta reseña.

Empezaré diciendo que es un escrito basado en un hecho real —como las pelis de siesta de la tarde— en el que se narran las experiencias de un voyeur que compra un motel con la intención de observar a sus clientes y escribir una especie de estudio sociológico sobre la vida sexual de los americanos. Pues muy bien. Aceptamos barco como justificación seudocientífica de la investigación, pero en el libro no dejan de mencionarse las alegrías que el sociólogo vocacional se daba a la salud de sus huéspedes mientras los estudiaba, así que algo de hobby también habría en el asunto. En fin: corrían los primeros 80 y Gay Talese estaba a punto de publicar La mujer de tu prójimo, donde trataba las costumbres sexuales de los estadounidenses, y el voyeur en cuestión, un tal Gerald Foos, pensando que quizás pudiera estar interesado en su estudio, decidió escribirle un buen día para compartir con él lo que él mismo llama el Diario del Voyeur, el registro de su actividad de observación, fragmentos del cual aparecen transcritos en el libro (y que son, en mi opinión, la parte más interesante de este, no por su calidad literaria, sino por ser la más auténtica del texto).

Gay Talese, perteneciente a la corriente del Nuevo periodismo, caracterizada por narrar en primera persona los hechos, reales, en un texto a medio camino entre el literario y el periodístico, accedió finalmente a encontrarse con él y lo visitó en el propio motel, llegando incluso a participar en una de las sesiones de observación desde la buhardilla a través de las falsas rejillas de ventilación que Foos había instalado en el techo de las habitaciones del piso de abajo.

A través de estas rejillas el voyeur había presenciado no solo encuentros sexuales de todo tipo entre personas muy diferentes, de los que había llevado un registro en el que especificaba las características de edad, género y raza de cada una de ellas, además del tipo de sexo practicado, sino también escenas menos agradables, como malos tratos, violaciones e, incluso, un asesinato, en las que no había intervenido por miedo a ser descubierto.

 

Personalmente, y sin entrar en cuestiones éticas o morales, no he encontrado ninguna razón especial por la que recomendar este libro, más allá de lo curioso, lo infrecuente —espero— y lo siniestro del comportamiento del dueño del motel. Si sientes curiosidad, adelante, tampoco se trata de un despropósito de obra y mi opinión se debe más a una cuestión de gusto personal que a la calidad del texto; si, ya de entrada, no te llama especialmente la atención, no creo que el estilo de la narración, bastante neutro, vaya a hacerte disfrutar de manera especial de su lectura. Espero haberte sido de ayuda y que, si finalmente decides leerlo, te animes a contarme qué te ha parecido.

 

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