Mi vecino de arriba, Herman Koch

mi_vecino_de_arriba_herman_kochHace ya tiempo que me cayó como regalo Estimado señor M., segunda novela de Herman Koch que adorna la estantería de mi casa. En este caso, eso es lo único que hace, ya que a media lectura —allá por la página 200 y pico— decidí aparcarla. ¿Qué le vamos a hacer? Esas cosas pasan; un libro no acaba de engancharte, por lo que sea, y decides abandonarlo aun cuando te guste el estilo del autor, como en este caso. Quizás no era su momento. Ya lo atacaré de nuevo en el futuro, algún día —no sería la primera vez que devoro un libro en un segundo intento de lectura después de haber sido apartado a medio leer—.

Me había decidido por este título porque me había gustado La cena, una anterior novela de Herman Koch que ya os reseñé en su día. En este caso, Estimado señor M. venía con un regalito para aquellos que lo compraran en la Fnac: un librito con Mi vecino de arriba, un relato inédito del autor. Se lee en un momento. El texto en sí es la carta que un hombre cualquiera escribe para pedir que investiguen a su vecino de arriba porque, en su opinión, esconde algo potencialmente peligroso para la sociedad.

Yo soy de la opinión que demasiada jovialidad debe despertar desconfianza.

El protagonista es un señor un tanto peculiar al que todo parece molestar en este mundo, así que, al referirme antes a él como «un hombre cualquiera» estaba pensando en una de esas personas que nunca están contentas con nada ni con nadie y que siempre encuentran un motivo para quejarse. En realidad, el pobre señor M. tiene pinta de ser una persona de lo más normal, majo, incluso, por más que él lo vea como un ser despreciable que disfruta molestándolo. Por las cosas que nos cuenta, enseguida vemos claro que el problema no está realmente en el vecino, sino en el narrador, que ve en los que le rodean defectos que muchas veces ni siquiera existen, que se empeña en creer que los demás hacen las cosas para fastidiarle, pero que es incapaz de reconocer en sí mismo una actitud negativa y hostil hacia ellos. En realidad no llegamos a saber si el tal señor M. tiene realmente algo que esconder —aunque, dado el razonamiento del protagonista para pensarlo, me atrevo a decir que no hay que hacerle demasiado caso—, pero tampoco importa demasiado porque no es eso lo que el autor nos quiere contar, sino que prefiere señalar, creo yo, esa tendencia a la intransigencia con los demás, esa afición por el juicio al prójimo y esa aversión por la autocrítica tan extendidas entre el ser humano. El yo ante el ellos en el que, claro está, los malos siempre son los demás —y la culpa de la desgracia propia también—.

Es un relato no falto de humor, resultado, principalmente, del ridículo resultante de ver en otros comportamientos y actitudes que, llevados al extremo, quizás podamos reconocer en nosotros mismos, por lo menos algunas veces —¿quién no se ha quejado nunca de cosas que le molestaban y que, después de todo, quizás no fueran para tanto?—. Creo que no se puede conseguir este relato fuera de esta edición de Salamandra especial para Fnac pero, si cae en vuestras manos, no lo dejéis pasar.

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