Capitalismo canalla, César Rendueles

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Por fin os traigo la reseña de Capitalismo Canalla, de César Rendueles. Y digo por fin no sólo por mi silencio de las últimas dos semanas (de por sí suficiente como para hacerlo), sino también porque es un libro que aparqué momentáneamente hace un año y que no he retomado hasta hace dos días (si, según Einstein, el tiempo es relativo, momentáneamente podría ser, en efecto, la palabra correcta en este caso). Lo importante, en fin, es que ya está leído. Para variar no se trata de una novela, que es a lo que os tengo acostumbrados, sino de un ensayo. Un ensayo de un tema que me interesa bastante, como habréis podido comprobar, ya que suele aparecer en muchas de mis reseñas y, por tanto, en los libros que leo: el capitalismo y sus efectos sobre la sociedad. Obviamente, si me atrae el reflejo de este tema en la literatura, imaginaréis que al leer el subtítulo de esta obra, Una historia personal del capitalismo a través de la literatura, los ojos me hicieron chiribitas. Pues sí.

Tal y como aclara el propio autor, su propósito es «reconstruir el rastro de procesos reales que han quedado disueltos en el medioambiente lisérgico del capitalismo contemporáneo», y lo hace a través de la interpretación personal de fragmentos de obras literarias que muestran la repercusión del capitalismo en la sociedad de su tiempo. Los títulos, como él mismo dice también, no han sido escogidos siguiendo criterios cualitativos (de hecho, en un momento del libro dice que pese a haberle impactado positivamente en su juventud, hoy, En el camino, de Jack Kerouac, le parece «una mierda sin paliativos») ni la intencionalidad política con la que fueron escritos, sino como ejemplificación argumentativa.

César Rendueles no nos muestra un texto aséptico sino una visión subjetiva del capitalismo —con la que coincido en mucho— a través de la interpretación de la obra de multitud de autores de diferentes momentos históricos y procedencias, desde Defoe hasta Gloria Fuertes, pasando por Roald Dahl, Dostoievski, Hesíodo, Yeats, Pasolini, Mary Shelley, Doris Lessing, San Juan de la Cruz, Marx y Engels, entre otros muchos. En ellos se puede apreciar la evolución de la percepción del bien y del mal desde el momento en que la especulación con productos de primera necesidad era considerada propia de hombres malvados hasta la aceptación actual de las reglas del capitalismo más salvaje.

Tal aceptación tiene su origen en la pérdida por parte del individuo del control directo sobre su sustento al verse despojados los campesinos de sus medios de vida tradicionales, sin que les quedara otro remedio que recurrir al trabajo por cuenta ajena en el que conseguir un salario que les permitiera sobrevivir, sometiéndose a un patrón del que dependían y ante el que, al no tener otro medio de vida, perdían su poder de negociación y, con él, su independencia.

Desde aquel momento el trabajador contribuye al sistema capitalista con la venta de su propia vida a través de la renuncia a ella que su trabajo supone. Llegada la Revolución Industrial la cosa, además de penosa, se vuelve más triste si cabe a través de un trabajo en el que una persona puede pasar su vida haciendo una única cosa, una tarea repetitiva, tediosa y, por sí sola, inútil o, por lo menos, aparentemente falta de todo sentido. Uno ya no se gana la vida cultivando un campo o creando cualquier cosa de principio a fin y, gracias a las bondades del trabajo en cadena, puede ver su existencia reducida a la realización de un solo gesto, a apretar un único tornillo, algo hasta entonces incomprensible y que conduce a una alienación difícil de soportar.

El mérito del capitalismo está en conseguir que el ser humano renuncie a trabajar sólo hasta garantizar su sustento y salir huyendo de su puesto de trabajo en cuanto se vea con el dinero suficiente para comer, que sería lo natural en las sociedades tradicionales, más aún dado lo terrorífico del asunto. En mantener al trabajador lo suficientemente pobre como para depender de su trabajo para subsistir y lo suficientemente rico para sucumbir a todo un abanico de necesidades irreales que el propio sistema crea para él. La gracia está en que acepte gustoso los males del capitalismo con tal de no renunciar a ese consumismo tan goloso a través del cual él mismo pretende que le valoren: él es todo aquello que se puede permitir. A gastar se ha dicho.

La supervivencia del capitalismo requiere de tantas renuncias por parte del individuo que a veces el único motivo que lo lleva a permanecer en el sistema es su propia inmersión en él. Rendueles ejemplifica esta idea con un par de obras (La isla de cemento, de J.G. Ballard y la Trilogía marciana de Kim Stanley Robinson) en las que los protagonistas se ven accidentalmente aislados del entorno capitalista en el que habían vivido hasta el momento. Y el resultado es, en ambos casos, una renuncia voluntaria a él tras experimentar una liberación, una alternativa posible que permanece oculta desde su interior.

Se ha llegado a tal nivel de perversión que se provocan guerras sólo para generar beneficios económicos para una minoría, sin importar las vidas de los millones de personas que puedan morir para ello. Aun sin ir tan lejos, permitimos que otros decidan sobre nuestra calidad de vida en función de sus propios intereses. Otro de los títulos citados es Mercaderes del espacio, de Frederik Pohl y C.M. Kornbluth, que descubrí en este libro y que os reseñé hace poco, una distopía capitalista en la que el mundo se ha convertido en un paraíso ultraliberal donde los estados han perdido todo el control sobre las decisiones políticas, que han quedado en manos de las grandes empresas. La ética brilla por su ausencia y la vida humana tiene el valor de los beneficios que se deriven de su continuidad o su final. Puede parecernos algo inadmisible, pero en realidad no nos queda tan lejos; hay un momento en Capitalismo canalla en el que se compara a los dirigentes mundiales con auténticos psicópatas que premian decisiones que impliquen la muerte de cientos de miles de niños si con ello se consigue un beneficio económico. Una vez el dinero se convierte en el objetivo último de todas nuestras acciones debemos estar dispuestos a renunciar a todo, dispuestos incluso a aceptar esta nueva filosofía y a hacer de ella nuestra propia aspiración. Todo por el dinero.

Si os atrae el tema os recomiendo mucho esta lectura, es amena e interesante y, además, pondrá ante vuestros ojos un montón de títulos que seguro que os apetecerá leer.

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