La reina de las nieves, Michael Cunningham

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No había leído todavía a Michael Cunningham, así que me he estrenado en su lectura con La reina de las nieves, que publica Lumen en su colección de narrativa. Me pareció interesante su sinopsis, no sólo por la mención de un hecho un tanto extraño que vive uno de los personajes (estaremos de acuerdo en que una luz con pinta de sobrenatural que te sorprende en pleno paseo nocturno lo es, más aún si piensas que se está dirigiendo exclusivamente a ti, portadora de algún tipo de mensaje que no puedes descifrar, pero que, necesariamente, quiere decir algo), sino, también, por el aire de melancolía cotidiana que desprendía el resto de la descripción del libro.

Os describo un poco el panorama: Nueva York, primeros años del siglo XXI, George W. Bush a punto de ser reelegido (¡Oh! ¡desmemoriada estupidez del ser humano! -y no lo digo yo, lo repite Cunningham incansablemente a lo largo y ancho de la novela-). Barrett (el de la luz) es un chico gay en la segunda mitad de la treintena, graduado en Yale, un triunfador en potencia en su juventud que va perdiendo esa condición a medida que pasan los años y las relaciones, la última de las cuales acaba de terminar con el último SMS que recibió de su hasta entonces pareja; Tyler, hermano de Barrett, es un músico cuarentón (¿debería decir cuarentañero? la vida se vuelve muy injusta cuando rebasas los treinta)  frustrado y enfrascado en la composición de una canción para su futura mujer enferma de cáncer, a cuyo cuidado se dedica en cuerpo y alma y con la que tiene previsto casarse antes de su muerte; de la situación de Beth, la futura «novia cadáver» (perdonadme la gracieta; vengo de un concierto de Danny Elfman y estoy un poco inmersa todavía en sus efectos secundarios), ya os podéis hacer una idea. Comparten vivencias con ellos Liz y Andrew, una pareja (cincuentona moderna ella, veinteañero guaperas él) en la cual cada uno se encuentra en un momento distinto de la vida.

¿Qué les une, aparte de su relación personal? Básicamente, excepto en el caso de Andrew, demasiado joven como para ser consciente de ello, el desencanto por la vida. La certeza, debido a la experiencia personal al llegar a una determinada edad, de que ésta no es lo que nos prometieron, o, por lo menos, no lo que nos hicieron desear en una sociedad en la que el éxito y la felicidad son obligatorios, imprescindibles para no sentirse un fracasado y ser arrastrado hacia la frustración y la infelicidad. Menos Andrew, el jovenzuelo del que os hablaba, que aún no ha tenido tiempo para caer del guindo, todos los demás han sufrido en sus propias carnes los efectos del exceso de expectación, de unas expectativas de éxito (en todos los aspectos de la vida) que difícilmente se verán satisfechas, por lo menos en la mayoría de los casos, y a las cuales sólo queda aferrarse, alargando una esperanza que comienza a intuirse injustificada, o resignarse y sobrevivir de la mejor manera posible a la decepción de llevar una vida sin más propósito que el de vivirla, incapaces de disfrutarla por ella misma. El ser humano se encuentra perdido ante la falta de un objetivo, aunque sea inalcanzable.

Por más conciencia que tomen los miembros de la sociedad occidental de lo erróneo y lo absurdo de ese planteamiento de la vida, siguen perpetuando el mismo modelo, generación tras generación, condenando a los jóvenes de cada una de ellas al desencanto al llegar a esa edad en la que se suponía que deberían haber alcanzado el éxito que perseguían con la seguridad de ir a comerse el mundo. Llegado ese punto sólo queda resignarse o vivir aferrados a esa esperanza de cambio que los hará convertirse, aunque tarde, en el triunfador que siempre soñaron ser.

Si queréis escuchar lo que dije de este libro en el programa Cuarto Cuarta (Ràdio Ciutat Vella, 100.5 FM), seguid este enlace.

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