El secreto de la modelo extraviada, Eduardo Mendoza

9788432225581

Cuando supe de la publicación de El secreto de la modelo extraviada, de Eduardo Mendoza, corrí a apuntarlo en mi lista a los Reyes Magos, que tuvieron la bondad de traerme éste y otros libros, alguno de los cuales ya os he reseñado. Comenzaré diciendo que soy bastante fan de Mendoza, vaya eso por delante, pero, por desgracia, ni ésta ni su anterior novela han acabado de convencerme (en mi opinión, quedan bastante lejos de algunas de las anteriores).

Empecemos por el principio: El secreto de la modelo extraviada es la última entrega, hasta hoy, de las aventuras del detective loco, el famoso personaje sin nombre que protagoniza -quizás fuera más acertado decir sufre– las cinco entregas publicadas de la saga (y no deja de tener mérito articular toda una serie de novelas alrededor de un personaje al que no sabemos cómo llamar, aun teniendo en cuenta que el hecho de ser narradas sus aventuras en primera persona y el de suplantar a no pocos personajes facilita bastante las cosas). La primera aparición de este peculiar individuo (los que habéis leído alguna de sus anteriores aventuras sabéis que lo es; los que no, lo veréis nada más comenzar la lectura de cualquiera de ellas) fue en El misterio de la cripta embrujada, en 1975 (el hombre está ya granadito, pues), y a ella siguieron El laberinto de las aceitunas (1982), La aventura del tocador de señoras (2001) y El enredo de la bolsa y la vida (2012). En mi opinión, las mejores de ellas son la segunda y la tercera (la primera la leí en el instituto y me queda demasiado lejos como para recordar exactamente qué me pareció, más allá de poder deciros que me gustó).

Uno de los rasgos característicos de esta serie es su uso del lenguaje, del todo inesperado en un personaje marginal como es el protagonista. Los cultismos y el lenguaje arcaico con los que se expresan tanto él como el resto de los individuos con los que interactúa, casi más propios de Cervantes que de cualquier persona de nuestro tiempo, sorprenden al lector por estar totalmente fuera de lugar en un entorno como el suyo (a menudo los bajos fondos y sus habitantes), y ello contribuye magistralmente al surrealismo que caracteriza la trama, en la que caben todas las situaciones imaginables, protagonizadas por los más esperpénticos personajes. Una vez dentro ya sabemos que todo vale (es más, lo esperamos) y no podemos sino abandonarnos a aquello que el autor tenga preparado para nosotros.

La trama en sí narra la resolución de un caso de asesinato que tuvo lugar más de veinte años atrás, en el que el protagonista se vio involucrado (involuntaria e injustamente, como cada vez que el comisario Flores lo saca del hospital psiquiátrico en el que vive para meterlo en un fregao en beneficio propio) y que se había cerrado de una manera un tanto precipitada y, para el protagonista, poco satisfactoria. El libro se divide en dos partes: la primera, en el momento en que tuvieron lugar los hechos, y, una segunda, en el presente, durante el intento de esclarecimiento del asunto por parte de nuestro detective.

Sin abandonar este estilo, se describe la realidad de la ciudad y de sus habitantes en esos dos momentos: la Barcelona preolímpica, cutre, auténtica y poco glamourosa de la que cabía esperar grandes cosas, y la actual, devorada por el turismo y una fiebre de lo chic y lo moderno que acaba diluyendo su verdadera esencia en un montón de tonterías tras las que, rascando un poco, se encuentran pocas de aquellas cosas que la ciudad tanto prometía. No obstante, la crítica de Mendoza no se queda en la ciudad de Barcelona, sino que traspasa sus límites y sigue señalando aspectos de la sociedad a escala global, entendiéndose por ella la sociedad capitalista, con especial mención del primer mundo y su consumismo desenfrenado, responsable de la mayoría de los problemas de sus habitantes y de los del tercero, a través de la total sumisión del ser humano al beneficio de unos pocos a través de políticas de escaso, o nulo, interés social.

Esta vez, sin embargo, tengo la sensación de haber leído una historia como mera excusa para poder relatar una serie de esas situaciones a las que nos tiene acostumbrados el autor, que en ocasiones tienen poco o ningún peso en la trama y que, antes que conducir al lector, lo despistan y dificultan la visión global de los hechos que sí lo tienen. Como me pasó durante la lectura de El enredo de la bolsa y la vida, he tenido la sensación de ir a la deriva en un texto que no sabía muy bien adónde me quería llevar y en el que, al final, sin nada que apuntara a ello (mas que la proximidad de la última página) y por pura casualidad, ha acabado resolviéndose el misterio.

Si habéis leído hasta aquí, probablemente penséis que se trata de un libro horrible; no es así. Si queréis estrenaros con el autor os recomendaría que lo hicierais con alguno de los tres primeros títulos de la saga, pero tampoco desaconsejo la lectura de éste, que sigue teniendo muchas cosas del mejor Mendoza (sólo por el modo en que escribe ya vale la pena dedicarle un tiempo). En fin, quizás se trate, después de todo, de una cuestión de expectativas, de que Mendoza, si bien no siempre, a menudo, lo borda. Y eso es algo que muchos ya quisieran poder decir de sí mismos.

Si queréis escuchar lo que dije sobre esta novela en el programa Cuarto Cuarta (Ràdio Ciutat Vella), seguid este enlace.

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