Sheila Levine está muerta y vive en Nueva York, Gail Parent

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A veces la vida te lleva a libros que nunca habrías pensado que leerías; éste ha sido el caso de Sheila Levine está muerta y vive en Nueva York, nueva edición que Libros del Asteroide ha hecho de la única novela de Gail Parent, publicada en 1971. Reconozco que todas mis alarmas saltaron al leer artículos y reseñas que comparaban este título con Bridget Jones y Sexo en Nueva York y que podía ser considerado como un precursor de la chick-lit, término acuñado en los 90 para definir la literatura escrita por y para mujeres de un perfil determinado (joven, blanca y urbana que se afana por sobrevivir a la vida en la ciudad en su busca éxito y, por supuesto, pareja). Cuando vi que, además, lo calificaban de divertido, me eché a temblar.

Sheila Levine es, efectivamente, el personaje tipo que os describía: blanca, joven, residente en Nueva York y, en este caso, además, judía. El motor de la novela es también la búsqueda de un futuro de éxito profesional, sí, pero, sobre todo, lo que la protagonista busca es un marido, un buen chico judío que sea el padre de sus hijos. Una no es nadie si no tiene un buen marido o, por lo menos, un marido a secas que la libre de ser una paria de la sociedad occidental moderna; en la comunidad judía esta situación adquiere, además, tintes especialmente dramáticos. «No tires el agua sucia hasta que tengas otra limpia» es la máxima de la madre de Sheila que sirve de justificante para conservar un medio novio que no le gusta pero que puede ser un plan B ante la probable falta de un pretendiente mejor.

En una ciudad que no pone las cosas nada fáciles para todas esas chicas que pugnan por conseguir un trabajo que les permita, además de pagar el alquiler, realizarse como personas, Sheila se siente un poco engañada por las expectativas creadas por la sociedad, que muestra únicamente los casos de éxito, como si éste fuera algo que estuviera asegurado para todos, y que obvia los fracasos de aquellos que no lo lograron; al salir de la universidad da por sentado que tendrá un fantástico trabajo creativo en el que, sobre todo, no tendrá que escribir a máquina, pero, ¡oh, sorpresa!, parece que el mundo que tiene ante sus ojos no se corresponde con aquél en el que había planeado vivir su vida.

El machismo imperante en la sociedad de la época (tampoco es que ahora vivamos en un paraíso feminista, pero algo se ha evolucionado desde los años 70) aparece durante toda la trama como algo no sólo común sino asumido como bastante normal que las mujeres de la época tienen incorporado a su concepción del mundo y les hace aceptar, sin apenas darse cuenta, roles y situaciones que hoy nos parecen fuera de lugar. El hecho de que la existencia de Sheila gire en torno a la búsqueda de un marido no ofrece una visión de la sociedad muy progresista por su parte, como tampoco sucede con la de su madre al sugerir repetidamente que la enseñanza es la mejor opción laboral para una mujer, por motivos relacionados con los roles de género, obviando cualquier posible aspiración a una carrera profesional alejada del clásico papel de la mujer.

Siguiendo con el cliché de personaje tipo Bridget Jones, la protagonista se rinde a la importancia de los cánones de belleza femenina (otras desgracias de la pobre Sheila son la redondez de sus formas -tiene cierta tendencia al michelín- y su nariz judía), a los que responsabiliza, en parte, de su falta de éxito amoroso. Como en todo grupo de chicas, no puede faltar un amigo gay (al que se puede pedir matrimonio incluso, aunque él no tenga ningún interés en una) y que siempre queda bien en cualquier fiesta o evento (no así la chica lesbiana, a la que Sheila se refiere con cierta repugnancia).

En su desesperada búsqueda de un futuro padre para sus hijos, la protagonista acude a cuanto bar o sarao tiene oportunidad de asistir, incluyendo en los lugares con potencial presencia de jóvenes casaderos actos políticos y manifestaciones por las más variopintas causas, a los que va con la única esperanza de cazar a un pretendiente.

Llegados los 30, soltera y sin perspectivas de boda a la vista (para más inri, su hermana pequeña sí que se ha casado -humillación máxima-), Sheila decide poner fin a una existencia falta de sentido y planea cuidadosamente cada una de las consecuencias de su muerte, cuyos motivos pretende dar a conocer a todo el mundo a través de la nota de suicidio más larga de la historia, que no es otra cosa que la novela en sí.

Resumiendo: la visión de la sociedad americana de entonces, pese a las limitaciones de una narración que muestra el mundo en su mismo marco temporal, el presente de la época, no deja de ser una crítica a las dificultades de la mujer en aquel momento y lugar, además de un reflejo de la comunidad judía y el papel que ésta desempeña en ella. ¿Os gustará este libro si os gustó El diario de Bridget Jones o Sexo en nueva York? Sí, mucho; las comparaciones con estos dos referentes no fueron desacertadas. ¿Ha sido tan terrible el humor que prometían algunas de las reseñas que leí antes de la novela? La verdad, no. No son pocas las veces que, tras oír de un libro que es para mondarse de risa, no sólo no lo encuentro tan divertido sino que me parece más bien lleno de clichés sin ninguna gracia; por suerte, no ha sido el caso, clichés hay, sí, pero me ha sacado más de una sonrisa, más por cómo lo cuenta como por lo contado en sí. La verdad es que el estilo narrativo de Gail Parent me gusta y, pese a no ser ninguna fan del género (nada, de hecho), he disfrutado de una lectura sarcástica, fluida y natural.

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