Femicrime

femicrime

Preparando el programa de Cuarto Cuarta de esta semana, en el que pensaba hablar sobre la presentación el próximo martes 10 de noviembre de Noves dames del crim, una compilación de relatos de género negro escritos por mujeres, me topé con un concepto hasta entonces desconocido para mí, y no por tratarse de algo que no hubiera visto en mi vida, sino porque no era sino la etiqueta con la que habían creado un subgénero literario nuevo que no consistía en otra cosa que uno antiguo, el negro, pero escrito y/o protagonizado por mujeres: el femicrime.

La misma definición del concepto es algo que no me ha quedado demasiado claro, puesto que no parece haber un criterio unánime a la hora de fijarla, por lo menos en internet: en unos sitios se refieren a la autoría, en otros, a la protagonista de la obra, y hay, incluso, quien no sólo acepta los dos sino que incorpora también las historias con alto componente feminista. La cuestión es: ¿era necesario?

La respuesta es, como muchas veces, «depende». Depende de si ese subconjunto de obras tiene alguna característica que lo distinga del resto de las pertenecientes al género negro, más allá del sexo de su autor o de su protagonista. Si G.K. Chesterton levantara la cabeza solucionaría rápidamente esta cuestión diciendo, como hizo en Cómo escribir relatos policiacos (1934), que una novela negra sólo podía ser escrita por un hombre, pero como, afortunadamente, no sólo se equivocó sino que hay muchas buenas autoras dedicadas a ella, podemos seguir debatiendo sobre el asunto. Paco Camarasa, propietario de la ya desaparecida librería Negra y Criminal, defendía que, tanto a la hora de investigar como a la de matar, las mujeres lo hacemos de manera diferente (igual que caminamos, hablamos o nos vestimos, por dar tres ejemplos de otras cosas que también hacemos de otra manera). Se refería tanto a la cantidad de sangre y vísceras desparramadas por los suelos como a los detalles a los que presta atención un investigador, sea para cargarse a alguien o para resolver un caso, parece que las mujeres tendemos más que los hombres a lo psicológico y menos a lo violento; que somos menos brutas, vamos.

Dejando a un lado el componente de cliché que pueda haber en las palabras de Paco Camarasa, no puedo dejar de estar de acuerdo con él: claro que somos diferentes. Desde que nacemos somos educados de maneras distintas para desempeñar roles diferentes en la sociedad, se nos dice que debemos ser y actuar de una manera u otra según nuestro sexo, incluso en la manera de expresarnos y de manifestar nuestros pensamientos y emociones se presupone una cierta diferencia, ¿cómo no vamos, entonces, a matar, escribir o investigar de manera distinta?

Los hombres y las mujeres hacemos, por lo general, las cosas de manera diferente, como lo hacen, puestos a ponernos puntillosos, las mujeres de Asia de las de Europa, entre las cuales tampoco coincidirán las noruegas con las italianas y, dentro de este último grupo, ni siquiera las del norte y las del sur, por no hablar de lo distintas que pueden ser las sicilianas ricas de las pobres y, de entre estas últimas, las de una familia y las de la que vive dos puertas más arriba. Etiquetas podemos poner las que queramos, sean necesarias o no; quizás lo que debiera preocuparnos realmente fuera la causa por la que lo hacemos.

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