Carpe diem, Saul Bellow

Carpe Diem Saul Bellow

Con Carpe diem me estreno en la oba de Saul Bellow. Es una novela corta (194 páginas, incluyendo el prólogo de Cynthia Ozick) escrita en 1956, que cuenta, en un solo día, la desastrosa existencia de Tommy Wilhelm, un hombre fracasado en todos los aspectos de su vida.

Apenas pasados los cuarenta, Tommy acumula fracasos laborales, matrimoniales, amorosos (aparte de su primer matrimonio) y personales. Abandonó la universidad para irse a probar suerte como actor después de que un cazatalentos le propusiera hacer una prueba tras ver una foto suya. Tommy ni siquiera se había planteado nunca ser actor, pero esta simple propuesta hizo que se fuera a Hollywood y no volviera hasta siete años después, sin haber conseguido más que papeles de figurante, alargando aquel periodo más de lo necesario, puesto que, realmente, había perdido la ilusión mucho tiempo atrás. En lo sentimental, su mujer se niega a concederle el divorcio y, como consecuencia, la nueva pareja de Tommy decide abandonarlo, cansada de esperar. Su fracaso profesional llega después de que, por orgullo, acabe abandonando la empresa en la que se le había prometido el ascenso a un puesto que finalmente fue ocupado por otro.

Su vida se compone de una larga cadena de consecuencias de decisiones equivocadas que acaba tomando siempre después de haberlas descartado con anterioridad, ignorando al sentido común y confiando, sin tener motivos para ello, en que las cosas acaben saliendo bien. Como consecuencia de todo ello acaba en una situación desesperada en la que decide jugarse sus últimos setecientos dólares invirtiendo en manteca de cerdo, aconsejado por el Doctor Tamkin, un charlatán no muy de fiar que le impele a dejarse llevar y disfrutar el momento.

Tommy es un hombre inmaduro y sensible que busca bondad y compasión, especialmente de su mujer, de la que no consigue el divorcio y que está sangrándolo económicamente, y de su padre, un médico de éxito que ignora conscientemente el drama de su hijo y se niega a prestarle ayuda. No encarna ninguna de las cualidades del triunfador, que en el mundo occidental alcanza el éxito mediante agresividad y competitividad, dejando fuera a aquellos que no las tienen, condenados a fracasar en una sociedad dominada por el cinismo, la falsedad, la hipocresía y la competencia feroz con el objetivo único de acumular dinero y guardar unas apariencias. No existe una alternativa al sistema, quien no se adapta a él está condenado a vivir físicamente dentro del mismo, pero socialmente marcado por el fracaso. Triunfadores y perdedores son, sin embargo, víctimas de la nueva esclavitud que es la falsa sensación de libertad del capitalismo.

Al intentar adaptarse a las normas sociales, el hombre se traiciona a sí mismo, perdiendo su propia esencia y dejándose dominar por ese nuevo ser, falso, que renuncia a ser quien realmente es y a disfrutar de la vida para dejarse llevar por la fascinación por el dinero. El hombre es prisionero de sí mismo y se obliga a trabajar bajo la tiranía de ese nuevo impostor por algo que realmente no merece la pena, olvidando su propia genialidad, diluida en los quehaceres de la vida cotidiana, que no le permiten ver más allá. La ciudad, como símbolo de la sociedad, coarta la libertad del individuo, desnaturaliza al ser humano y lo pone a merced de sus intereses. La tragedia, más allá de la situación económica, está en la incapacidad de escapar a una vida a la que no se encuentra sentido.

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