Tan buenos chicos, Patrick Modiano

Maquetación 1

Me estreno en la lectura de Patrick Modiano con Tan buenos chicos, una novela breve (190 páginas; letra grande, márgenes generosos) que me ha dejado con ganas de adentrarme más en la obra de este autor con algún otro título.

El  narrador es un antiguo alumno del internado de Valvert, en los alrededores de París, a mediados del siglo pasado, y los personajes que pueblan esta novela son los mismos con los que compartió colegio y, también, los encuentros mantenidos muchos años después, de manera casual o no, que relata y que nos sirven tanto para situarnos en la historia como para ver hasta qué punto ninguno de ellos ha cumplido sus expectativas en la vida.

A diferencia del clásico papel traumatizante del internado, en el que los alumnos sufren malos tratos por parte de profesores y otros miembros del personal, Valvert es una etapa que se recuerda con nostalgia, quizás por ser lo mejor de una época en la que muchos de los internos no gozaban de toda la atención que habrían querido recibir por parte de sus padres, quizás por ser aquel momento en la existencia de todos nosotros, la adolescencia, con toda la vida por delante, en el que todo es posible y en el que estamos seguros de ser capaces de comernos el mundo. La cosa, claro, no siempre es así, y ahí está Edmond Claude, el conductor de la narración, para encontrarse con antiguos profesores y compañeros y contarnos sus miserias en momentos menos alegres a los de aquel tiempo pasado que compartieron y que, en todos los casos, efectivamente, fue mejor.

Ya es, de por sí, bastante triste una situación desafortunada, pero en la mayoría de los casos esa tristeza se ve agravada por varios factores. Las comparaciones, como todos sabemos, son odiosas, y muchos de los personajes fueron jóvenes prometedores, bien por su talento, bien por su carácter, de los que bien podía esperarse un futuro más halagüeño. El reencuentro de estos antiguos compañeros no sólo muestra la penosa situación de estos en el momento presente, sino, también, la decepción de una promesa incumplida, la de un futuro exitoso, en el que no sólo no se ha mejorado respecto a la escuela sino que ésta es recordada con nostalgia, tanto por tratarse de un momento mejor como por añorar aquella visión soñadora de la vida que la vida misma se ha encargado de borrar; el verdadero drama es la pérdida de la ilusión.

¿Por qué algunas personas siguen, hasta que son viejas, presas de una época, de un solo año de sus vidas, y se van convirtiendo poco a poco en la caricatura decrépita de lo que fueron en su cénit?

Una vez llega la desilusión pueden hacerse dos cosas: vivir resignadamente la realidad que nos toca, recordando con nostalgia aquellos tiempos en los que podíamos permitirnos soñar o, por el contrario, no aceptar que ya no somos lo que fuimos (o que nunca llegamos a ser lo que quisimos) y tratar de engañarnos a nosotros mismos (y nunca lograrlo con los demás), convirtiéndonos en una caricatura patética de nuestra propia persona, incapaces de asumir el fracaso resultante de las oportunidades perdidas. De todo hay entre las historias de este libro.

Lo destacable de Modiano es, a mi parecer, la manera de expresar este sentimiento de pérdida tan común en la especie humana a la hora de comprobar que ha pasado buena parte de nuestra vida y que ésta, a menudo, ni se parece siquiera a aquélla que imaginábamos que sería (y que raramente es mejor, claro). No narra una historia sino episodios aislados de diferentes personajes, valiéndose de descripciones de momentos insignificantes en la vida de cualquiera de ellos en los que la importancia no reside en lo que se hace, sino en la impresión que esa instantánea nos causa y que no es sino el reflejo de nuestros propios sentimientos en ella. La historia que Modiano nos cuenta con la ayuda de todos los personajes es en realidad la de todos nosotros, hecho por el cual no os la voy a recomendar si necesitáis leer algo que os suba los ánimos, pero sí en cualquier otro caso. Repetiré.

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