Guía del autoestopista galáctico, Douglas Adams

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Hacía tiempo que rondaba mi mente la idea de leer Guía del autoestopista galáctico, de Douglas Adams, y en una de mis últimas incursiones en una librería me hice con un ejemplar. La novela comienza con la destrucción de la casa de Arthur Dent, quien pensaba tener un día tranquilo y que, como es comprensible, se molesta al encontrar un bulldozer en su jardín a punto de derribarla para construir una vía de circunvalación que, caprichosamente, tiene que pasar por allí. La cosa, en realidad, aunque él todavía no lo sepa, no tiene la más mínima importancia, puesto que la Tierra se ve en la misma situación y va a ser destruida ese mismo día para construir una nueva autopista hiperespacial, así que la demolición de su casa va a ser el menor de sus problemas. Afortunadamente, uno de sus mejores amigos, Ford Prefect, resulta no ser otra cosa que un extraterrestre de cerca de Betelgeuse que llegó a nuestro planeta para actualizar la Guía del autoestopista galáctico y que lleva quince años atrapado en él haciéndose pasar por un actor en paro, gracias a lo cual consigue salvarse. Hasta aquí todo normal, ¿no? o, por lo menos, lo que podemos considerar como normal en un libro en el que todo es posible.

No voy a desvelar gran cosa de la trama porque perdería gracia si alguno de vosotros se animara a leer el libro, así que perdonadme si en algún momento soy demasiado críptica. Tal y como os decía, la historia es una rocambolesca serie de acontecimientos que pueden llevar a cualquier desenlace por dos razones: una, que, al tratarse de una obra de ciencia ficción fantástica, el autor tiene la licencia de inventar lo que le parezca y, dos, que se da la circunstancia de que Douglas Adams tiene, además de una imaginación desbordada, una acusada tendencia al absurdo:

Arthur tanteó nerviosamente el colchón antes de sentarse; en realidad tenía muy pocos motivos para estar nervioso, porque todos los colchones que se crían en los pantanos de Squornshellous Zeta se matan y secan perfectamente antes de entrar en servicio. Muy pocos han vuelto a la vida.

Este pasaje en concreto me robó el corazón, pero son muchas las frases de este tipo que, dichas justo después de un fragmento más o menos serio, rompen el discurso, potenciando su efecto cómico. Durante toda la novela se mantiene un tono marcadamente humorístico que, para mi gusto, y bien sabéis que el humor es una de mis debilidades, acaba siendo excesivo; el autor no da tregua y a veces he tenido la sensación de estar presenciando un crecimiento exponencial de gags por página que parecía no tener fin ni, en mi opinión, demasiado sentido, pero, en fin, eso ya dependerá de los gustos de cada uno.

Pese a ese humor desbocado que recorre cada una de las líneas de esta novela, el autor nos hace llegar unos mensajes sobre el ser humano y su estilo de vida con los que estoy muy de acuerdo y que, casualmente o no, coinciden en gran parte con los de Ray Bradbury en Crónicas marcianas. Tanto uno como otro culpan al dinero de gran parte de la infelicidad del ser humano, puesto que éste parece haber olvidado que tiene toda una vida de la que disfrutar y a la que a menudo acaba prestando muy poca atención en comparación con el tiempo y energías que dedica a ganar dinero, alrededor del cual gira casi todo en este mundo.

Los vogones, raza poco refinada, cruel y bastante tonta, todo sea dicho, encargada de la demolición planetaria y, por tanto, de destruir la Tierra, encarnan no pocos defectos del ser humano, hecho que no considero casual puesto que la crítica a la estupidez humana no se da únicamente a través de su paralelismo con esta especie.

En el planeta Tierra el hombre siempre supuso que era más inteligente que los delfines porque había producido muchas cosas -la rueda, Nueva York, las guerras, etcétera-, mientras que los delfines lo único que habían hecho consistía en juguetear en el agua y divertirse. Pero a la inversa, los delfines siempre creyeron que eran mucho más inteligentes que el hombre, precisamente por las mismas razones.

El ser humano, como los vogones, además de creerse más listo que el resto de criaturas del planeta, se pasa la vida haciendo cosas que no le gustan sin pararse siquiera a pensar por qué ni, mucho menos, plantearse la posibilidad de que exista la opción de no hacerlas o de dedicarse a otras diferentes. Simplemente lo hace, porque siempre se ha hecho y, por lo tanto, las cosas deben ser así. Y punto. Para acabar de retratarlos (a los vogones, aunque creo que la cosa también va por nosotros), se describe la manera como ellos maltratan su propio planeta y a todos los seres que tienen la desgracia de compartirlo con ellos, con no poco sufrimiento gratuito de estos y divertimento cruel de los otros.

Las fuerzas naturales del planeta Vogosfera […] produjeron escurridizos cangrejos, centelleantes como gemas, que los vogones comían aplastándoles los caparazones con mazos de hierro; altos árboles anhelosos, de esbeltez y colores increíbles, que los vogones talaban y encendían para asar la carne de los cangrejos; elegantes criaturas semejantes a gacelas, de pieles sedosas y ojos virginales, que los vogones capturaban para sentarse sobre ellas. No servían como mdio de transporte, porque su columna vertebral se rompía al instante, pero los vogones se sentaban sobre ellas de todos modos

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Actores durante la emisión de la radionovela original

Resumiendo, es un libro que no está mal como entretenimiento y del que yo me quedaría únicamente con la visión del ser humano de Adams como fondo y con algunos puntos absurdos, surrealistas o, simplemente, cómicos, que te sacan una sonrisa de vez en cuando, pero no me ha parecido que la trama llevara a ninguna parte, quizás por tratarse de la adaptación novelística de una radionovela, que fue el formato en el que la historia vio la luz por primera vez, quizás por haber cuatro títulos más detrás de éste que acaben cerrando el círculo (la saga de la Guía del autoestopista galáctico se compone de una trilogía en cinco partes -cosas del autor- El restaurante del fin del mundo, La vida, el universo y todo lo demás, Hasta luego, y gracias por el pescado e Informe sobre la Tierra: fundamentalmente inofensiva).

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También podéis ver su adaptación al cine, dirigida por Garth Jennings en 2005, después de la muerte de Douglas Adams, que pasó media vida vendiendo la producción cinematográfica de su obra, y ampliar información en el epílogo del libro, donde encontraréis entrevistas y más material sobre ella.

7 comentarios

  1. Pinta bien. ¡Me lo apunto!

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    1. Espero que lo disfrutes🙂

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  2. ¡Qué nostalgia! Tendría que leerlo otra vez.

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    1. Siempre es bueno releer lo que nos ha gustado, así que aprovecha el verano para hacerlo 😉

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  3. […] radionovela. Seguimos, también, con el humor, esta vez, en mi opinión, tal y como os contaba en su reseña, excesivo y, en cualquier caso, muy distinto del de Mendoza, quizás por no contar con […]

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  4. Ahora estoy deseando releerlo. ¡Lectura recomendadísima!🙂

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    1. ¡Pues a por él!
      Gracias por pasarte por aquí y comentar. ¡Hasta la próxima!

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