El verano sin hombres, Siri Hustvedt

Unknown

Me recomendaron leer a Siri Hustvedt después de decir que me había gustado La música del azar, de Paul Auster, así que en mi siguiente asalto a la librería me dirigí a la H y escogí El verano sin hombres, que, a priori, me pareció interesante.

Antes de continuar diré que lo que estas dos novelas puedan tener en común es poco; ni el estilo ni los temas tratados son siquiera parecidos. Es cierto que en ambas se abordan las diferencias entre la realidad y la percepción que los personajes tienen de ella y cómo estos afrontan ese nuevo mundo que se pone ante sus ojos después de descubrir, tras su propia evolución personal como consecuencia de los acontecimientos, aquello que siempre estuvo allí, sin embargo, el enfoque de Hustvedt es mucho más intimista (ayuda también el hecho de ser narrada la historia en primera persona) y se centra más en la evolución de la visión de la protagonista que en los hechos que se suceden a su alrededor. Acción trepidante, como quizás hayáis deducido ya, no hay; la trama transcurre durante el verano que Mia, el personaje principal, pasa en el pueblo en el que vivió su infancia, después de una crisis matrimonial en la que Boris, su marido, le dice que necesita una pausa en su relación. La pausa no es otra que una mujer más joven cuya relevancia en la historia no pasa de ser el desencadenante de los hechos y, al mismo tiempo, la consecuencia de una realidad que se nos irá mostrando a lo largo de las páginas. Todo lo vivido en ese verano con su madre, sus amigas de la residencia en la que vive, las chicas a las que da clases de poesía y su vecina de la casa de al lado, llevará a Mia a reflexionar sobre el ser humano, la sociedad en la que se desenvuelve (y el machismo que impera en ella) y las diferencias entre hombres y mujeres y a revisar tanto la situación en la que se encuentra como a sí misma con una visión renovada a lo largo de la novela.

Iré al grano para poder detenerme luego en aspectos concretos, ¿qué pasa durante ese verano? La cosa empieza bastante mal y Mia, poetisa de 55 años, no acaba de encajar del todo bien esa pausa que su marido tanto necesita (la Pausa es también el nombre que se da en el libro a la nueva pareja de Boris -neurocientífico entrado en la sesentena-), de hecho acaba internada en un psiquiátrico después de un trastorno psicótico, transitorio, eso sí, pero trastorno al fin y al cabo, tras el que decide pasar el verano en Bonden, su pueblo de la niñez, en el que todavía vive su madre octogenaria en una residencia. Su tiempo transcurre entre las visitas a ésta y a los Cisnes -sus amigas-, las clases de poesía que da a un grupo de chicas, su relación con la vecina de la casa de al lado, con una situación matrimonial compleja, y los mensajes intercambiados con Boris y con su hija. La relación con mujeres de diferentes edades le permite tener una visión más amplia del género femenino y los estados por los que éste pasa a lo largo de las diferentes etapas de la vida, de los errores que se cometen en una etapa y de algunos de los cuales se arrepienten en las siguientes, así como de las diferencias entre hombres y mujeres y los mundos diferentes en los que habitan, dada la inmensidad que separa la realidad de cada uno de los sexos.

Tanto la propia experiencia vital de Mia como la de los Cisnes dibujan un mundo en el que la mujer no sólo no ve reconocido su papel sino que comprueba cómo su trabajo es sistemáticamente menospreciado (aun cuando sea igual o superior al de un hombre) por una sociedad machista en la que se asume como natural el sacrificio y la renuncia de la mujer a una misma y su derecho a la felicidad en pro del bienestar familiar, anulándose como persona y renunciando a sus propias aspiraciones en un contexto en el que se respira un derecho natural del hombre sobre la mujer, en un mundo en el que el reconocimiento de los méritos de ésta están sometidos a la buena voluntad del hombre a la hora de otorgárselo. La fugacidad de la vida, tan presente en sus conversaciones con los Cisnes, como contrapunto a las oportunidades perdidas y a los sueños a los que se renuncia para dar a la sociedad lo que se espera de una misma, ponen de relevancia la importancia de aprovechar el escaso tiempo del que disponemos y disfrutar al máximo la vida y el sexo.

El sexo tiene un papel muy importante en la novela, que busca reflejar el que tiene también en la vida, importancia que suele ser obviada al someterse a las reglas del matrimonio, que limita las libertades de cada uno de sus miembros, ignorando sus tendencias y necesidades. Estas limitaciones, añadidas al enorme poder del deseo sexual, generan a veces la necesidad de escapar a una situación que pueda no resultar cómoda para muchos, ¿por qué, entonces, no disfrutar de ese deseo?

¿Puedo en verdad culpar a Boris por su Pausa, por su necesidad de aprovechar la vida al máximo mientras pudiese, mientras tuviera todavía tiempo, tiempo para alguien que se estaba convirtiendo en un carroza? ¿No merecemos todos retozar y follar y seguir adelante?

Mia no sólo es consciente del poder del deseo sexual sino que lo comprende; en el momento en que uno se plantea un ¿por qué no? el asunto, despojado de la carga negativa que social y culturalmente lo acompaña, se vuelve más sencillo. Lo complicado es encajarlo con las renuncias a la propia felicidad para lograr la de la familia (marido «sexoexplorador» incluido, que decide no renunciar a la suya cuando le llega el momento de elegir).

A lo largo de la novela su autora nos hace llegar todo esto de la voz de Mia y de la suya propia, ya que ambas se dirigen directamente al lector en varias ocasiones a lo largo de un texto plagado de referencias culturales, tanto literarias como filosóficas y científicas, hasta llegar a un final acorde con todo el proceso vivido tanto por Mia como por Boris, del que, aunque desde lejos, también vemos una transformación. En ambos casos el proceso tiene como resultado una persona diferente a la que lo inició y, pese a enfrentarse al principio y al final del libro a la misma situación (la pausa), cada uno de ellos contará al final del verano con una nueva visión no sólo sobre ésta sino sobre el otro. Me ha gustado; no me importaría leer más de Siri Hustvedt más adelante.

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4 comentarios en “El verano sin hombres, Siri Hustvedt

  1. Los 55!!! Un buen momento para hacer balance y aún con tiempo para corregir cosas si es necesario, esperando no encontrar pausas claro 😉
    Sin duda lo leeré Silvia, gracias por la recomendación.
    Un petó

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    • Me alegra que me digas que a los 55 todavía hay tiempo para correcciones; me pillas en plena crisis de los 40 (desde que cumplí los 39, de los que ya me queda sólo un mesecito), así que, después de tu comentario intentaré relajarme un pelín.
      Un petó!

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  2. jaja eso espero ya que los tengo a la vuelta!!! pero vaya que tampoco es que tenga intención de remodelar mucho mi vida, solo un poco de tipex 😉
    Sobre los 40 a tope y sin miedo, ya verás que pueden ser estupendos!!!

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