Crónicas marcianas, Ray Bradbury

9788445076538

Crónicas marcianas, de Ray Bradbury, ha sido el último libro en ocupar su sitio definitivo en mi estantería. A lo largo de los 25 relatos que lo componen, su autor nos relata la llegada del hombre a Marte y su posterior colonización (aunque creo que invasión sería un término más acertado).

Para evitar confusiones: en adelante, cuando me refiera al «hombre» o al «ser humano», estaré hablando, en realidad, del hombre blanco, al que en este libro se presenta como lo que es, un destructor estúpido, egoísta, violento y avaricioso, una plaga que arrasa con todo para imponer su estilo de vida allá donde vaya, sin dejar lugar a aquello que pueda ser diferente, potencialmente peligroso y, en cualquier caso, siempre un estorbo de cara a sus planes uniformadores. Un ser incapaz de concebir siquiera un modo de vivir diferente al suyo, una cultura en la que el dinero no suponga la única fuente de felicidad posible, lejos de cualquier esencia humana, distanciado de la naturaleza, a la que desprecia más allá de los beneficios económicos que ésta pueda reportarle. El capitalismo, como sinónimo de la cultura occidental y, por tanto, del hombre blanco, es un depredador sin escrúpulos que acaba corrompiendo al resto de culturas terrestres.

—[…] Permitan que les haga una pregunta: ¿Cómo se sentirían si fuesen marcianos y viniera alguien y se pusiera a devastar el planeta? —Yo sé muy bien cómo me sentiría —respondió Cheroke—. Llevo en mis venas sangre cherokee. Mi abuelo me contó muchas cosas del Territorio de Oklahoma. Si hay algún marciano por los alrededores, yo estoy con él.

El concepto de la invasión (colonización en los libros de historia) aparece mencionado de manera explícita en alguno de los relatos; en Aunque siga brillando la luna, por ejemplo (cita superior), durante la conversación entre los miembros de una de las misiones a Marte, se alude a la sumisión forzada de los nativos americanos al hombre blanco y el sufrimiento que ella conllevó. A pesar de ello, sin embargo, sus descendientes pasan a formar parte de esa gran masa destructora que es la sociedad occidental, diluyéndose en ella sus rasgos de identidad y participando activamente en futuras acciones similares sobre culturas hasta el momento libres, pese al conocimiento de la historia. Por más que Cheroke reflexione sobre los efectos de la invasión sobre los habitantes de Marte, la idea general plasmada en el libro es que el ser humano es incapaz de aprender de sus errores, aun conociéndolos.

No estaría bien hacer ruido, en esa primera noche de Marte […]. Sería una suerte de blasfemia importada. Ya habría tiempo para eso; ya habría tiempo para que las hojas del New York Times volaran arrastrándose por los solitarios y grises fondos de los mares de Marte; ya habría tiempo para dejar pieles de plátano y papeles grasientos en las estriadas, delicadas ruinas de las ciudades y de este antiguo valle. Habría tiempo de sobra para eso. Y Spender se estremeció por dentro al pensarlo.

La incapacidad de aprender del pasado condena a la humanidad a repetir sus errores y a desperdiciar esa segunda oportunidad que supone, después de la destrucción de la Tierra, un planeta nuevo, virgen y libre de las consecuencias de la falta de respeto del ser humano por la naturaleza, convirtiéndolo en una plaga que se autodestruye al tiempo que asola todo a su alrededor. De nada sirve que algunos sean conscientes de este hecho cuando el individuo carece de poder ante una sociedad gobernada por intereses comerciales que obedecen únicamente al beneficio de unos pocos a los que poco o nada importa ninguna otra cosa que no sea acumular más y más riqueza, entendida ésta como la única fuente de felicidad.

—No arruinaremos este planeta —dijo el capitán—. Es demasiado grande y demasiado hermoso. —¿Cree usted que no? — Nosotros, los habitantes de la Tierra, tenemos un talento especial para arruinar las cosas grandes y hermosas. […] —Unos pocos hombres contra todos los intereses comerciales…

Los poderosos (los ricos, en una sociedad en la que el dinero lo puede todo) son, sin embargo, muy conscientes de la amenaza potencial que supone una humanidad capaz de pensar y desafiar al sistema establecido. Nada mejor para afrontarla, claro, que vetar el acceso a la cultura, y ¿qué método más eficaz para conseguirlo que la propia destrucción de ésta? Toda manifestación cultural queda reducida a un entretenimiento tendencioso en el que se diluye, sin que su público sea siquiera capaz de darse cuenta, el mensaje adoctrinador de la clase dirigente. Bradbury recuperará más adelante, en Fahrenheit 451, la idea del control social a través de la imposición de la ignorancia y la consecución del pensamiento único, idea central también de 1984, de George Orwell. Curiosamente, estas tres obras fueron escritas en un período de siete años: Crónicas marcianas (1946), 1984 (1947-1948) y Fahrenheit 451 (1953). En Usher II, uno de los relatos que componen esta compilación, se mencionan varios elementos que reaparecerán más tarde en Fahrenheit 451, como la «Gran Hoguera» o la «brigada de incendios».

Con su implícita supremacía del dinero sobre todas las cosas, el capitalismo lleva irremisiblemente a una pérdida de valores y a una completa distorsión de la realidad, en la que se confunden el valor y el precio y en la que, por tanto, se desprecia todo aquello que no pueda ser comprado o vendido. En su afán acaparador, el hombre se ve llevado hasta el absurdo por sus defectos sin dejar otra salida que la huida o la muerte a aquellos que no quieren someterse a la locura y al sistema social del ser humano (incorporada a éste buena parte del resto de culturas terrestres), en los que la falta de respeto por la naturaleza que los sustenta y su afición a matarse unos a otros en guerras sin fin conducen irremisiblemente a una autodestrucción anunciada que, no por lógica y fácilmente previsible, intenta ser evitada.

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3 comentarios

  1. […] estoy muy de acuerdo y que, casualmente o no, coinciden en gran parte con los de Ray Bradbury en Crónicas marcianas. Tanto uno como otro culpan al dinero de gran parte de la infelicidad del ser humano, puesto que […]

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  2. […] en Eran morenos y de ojos dorados es tan fantasmagórica como la de Crónicas marcianas (seguid este enlace para leer su reseña), con esa especie de presencia ausente que nos acompaña a lo largo de todas […]

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  3. […] Crónicas marcianas y Eran morenos y de ojos dorados, de Ray Bradbury […]

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