Historias extraordinarias, Roald Dahl

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Roald Dahl ha sido, por ahora, el último en abandonar mi sempiterna lista de autores pendientes. Para sacarlo de su ostracismo he elegido Historias extraordinarias, una recopilación de siete relatos, más largos, unos, menos, otros, que acaban llenando las 225 páginas de este libro  publicado por Anagrama.

Aunque las historias varían en longitud y temática, comparten algunos aspectos, haciendo que lo extraordinario de cada una de ellas, pese a encontrarse en todas, adopte diversas formas. Para empezar no se trata de relatos que busquen la sorpresa del lector, el típico giro inesperado al llegar al final o algún nuevo dato que nos haga cambiar por completo la visión de los hechos; lo singular de cada una de las historias no es sino la historia en sí. Son hechos poco habituales, curiosos, asombrosos o, directamente, increíbles, y no necesitamos esperar al desenlace para acabar de saborearlos en su totalidad; lo que tenemos que disfrutar está en la narración, en qué dice y en cómo lo hace.

Los niños, quizás por haber dedicado parte de su creación literaria al género infantil, tienen un papel importante en dos de los relatos: «El niño que hablaba con los animales» y «El cisne». En ambos comparten protagonismo con animales, aunque estos últimos lo hacen como sujeto pasivo de las acciones de las criaturas. La justicia, o la injusticia, se muestra a través del comportamiento de los niños, en contraposición con el de los adultos, que fácilmente pasan a recuperar el sentido común o la sensibilidad perdida con el paso de los años al ver la actuación de un chico que aún las conserva o, por el contrario, se nos muestran como la causa directa de la crueldad infantil al incentivar ellos mismos este tipo de comportamientos. En las dos historias recae la atención en la injusticia y la crueldad en contrapunto con el respeto por el otro, aun cuando ese otro tiene cuatro patas o plumas.

Otra cuestión que me ha llamado la atención ha sido la veracidad que reclama para algunas de sus historias. Pensaba que se trataba simplemente de un recurso a la hora de hacer hablar a sus personajes sobre esas experiencias tan extraordinarias, pero no, resulta que tres de ellas no sólo son verídicas sino que tienen, además, un fuerte componente autobiográfico.

El tesoro de Mildenhall

Los protagonistas de El tesoro de Mildenhall se encuentran entre los personajes de esta fotografía

El tesoro de Mildenhall existe realmente (podéis verlo aquí) y lo que se narra en este relato no es otra cosa que la manera en que fue descubierto por Gordon Butcher (en la foto aparece como George Butcher; desconozco si se trata de un error). En las tres historias verídicas incluidas en la compilación aparece un Roald Dahl que allí estaba para contárnoslas. En el caso de «El tesoro de Mildenhall», como escritor a la caza de historias que vendía después a las revistas, en el de «Racha de suerte», como escritor que acaba de descubrir, gracias a una casualidad de la vida, que lo es, y en el de «Pan comido», como soldado de la Segunda Guerra Mundial. Las tres historias, en realidad, están relacionadas entre sí, puesto que su experiencia como piloto durante la guerra («Pan comido») atrajo a C.S. Forester, también a la caza de historias, y no fue otro que éste quien le dijo que era un escritor fantástico, cuando él ni lo sospechaba siquiera, y le presentó a su editor («Racha de suerte»). Convertido ya en alguien que se ganaba la vida escribiendo fue a parar a casa del Sr. Butcher para que le contara su historia («El tesoro de Mildenhall»).

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Historias extraordinarias no es una de las obras de literatura infantil por las que, no sólo, pero sí en gran parte, es conocido Roald Dahl. Sin embargo, dado el elevado componente autobiográfico de algunos de los relatos, su dedicación a este género aparece en una de las narraciones: «Racha de suerte», donde se nos explica cómo un hombre que se tenía por torpe en la escritura se convirtió en escritor. No menciona Matilda ni James y el melocotón gigante, pero sí Charlie y la fábrica de chocolate y, especialmente, Los gremlins, en la que Disney comenzó a trabajar para ser llevada al cine, proyecto que finalmente no vio la luz hasta que Warner Bros estrenara en 1984 una película con el mismo título inspirada en los personajes creados por Dahl, por poco que estos tuvieran que ver con los originales hombrecillos que vivían en los aviones de la Royal Air Force que pilotaba su creador, cuyo funcionamiento se dedicaban a boicotear en pleno vuelo.

Podríamos hablar de la relación de Roald Dahl con el cine pero, puesto que no se trata de una ni de dos de sus obras las que se han visto adaptadas a este medio, el tema daría para otro post por sí mismo. De momento me limitaré a recomendaros esta breve compilación de relatos, que considero una buena opción para introducirse en la vertiente menos infantil de este escritor que lo fue por pura chiripa.

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