La cena, Herman Koch

9788498384260

Reconozco que, al acabar de leer este libro, una de las cosas que me vino a la mente fue «¿qué reseña voy a hacer de él?». Me había gustado, de eso no había duda, pero no sabía qué pensar de la historia en sí y, sobre todo, de su protagonista, el narrador de los hechos.

Paul es un padre de familia que aparece ante nosotros como una persona agradable y, aparentemente, razonable, como un tío majo, vamos. Debo admitir que me dejé arrastrar por la simpatía que despertó en mí y que me hizo bajar la guardia ante su manera de plantear la historia; se vendió muy bien. Y piqué.

No me gustaría condicionaros respecto a Paul y, de hecho, os pediría que no hicierais demasiado caso a mis palabras, puesto que no querría ser la responsable de fastidiaros el descubrimiento del personaje y, además, la opinión que yo misma me he formado sobre él y sus actos está basada en mis propias ideas, que no tienen porqué ser necesariamente las vuestras.

Dos parejas se han citado a cenar en un moderno y exclusivo restaurante de Ámsterdam. Mientras saborean el aperitivo y charlan con aparente despreocupación sobre la última película de moda y sus planes para las vacaciones, son conscientes de que, tarde o temprano, deberán abordar el incierto y acuciante asunto que los ha llevado a reunirse: el futuro de Michel y Rick, sus hijos de quince años, que según algunos indicios podrían estar envueltos en un caso de violencia grave. Así pues, tras los postres, cuando la cena llegue a sus últimos compases, la tensión entre los comensales habrá alcanzado su punto culminante y la cadena de secretos y revelaciones confluirán en un final dramático en el que nadie podrá esgrimir su inocencia. Tras cosechar un éxito inmediato y arrollador en Holanda —copó las listas de bestsellers, y ya ha vendido más de 340 mil ejemplares—, La cena ganó el Premio del Público y fue declarado Libro del Año 2009

La cuestión es que Paul y Claire, su mujer, tienen un problema: su hijo. O mejor, su hijo y su sobrino, que han hecho algo demasiado gordo como para poder cerrar los ojos y hacer como que no ha pasado nada, aunque en un caso como ése, y teniendo en cuenta la magnitud de las consecuencias que se pueden derivar de la decisión más tonta, ésa no es una opción que deje de pasarles por la mente en algún momento. El problema en sí lo tienen en común con Serge y Babette, hermano y cuñada de Paul respectivamente, y padres de la segunda criatura. Por si el tener el tipo de descendencia que puede hacer algo tan grave como lo que han hecho (no os diré de qué se trata pero sí que tristemente se dio un caso prácticamente idéntico en Barcelona hace unos años), la cosa se complica cuando uno de los padres no es otro que Serge Lohman, el candidato con más posibilidades de ganar las próximas elecciones generales y convertirse en el nuevo primer ministro holandés. Ahí es nada.

La decisión, por tanto, no es sencilla; pueden decir la verdad, poner a sus hijos en manos de la justicia y esperar que con su deuda pagada puedan, con los años, aprender a vivir con lo que han hecho, o pueden intentar tapar lo sucedido y cruzar los dedos para que todo acabe siendo olvidado, sepultado bajo la avalancha de noticias que desborda los periódicos y los noticiarios, relativizando la importancia de cada una de ellas y dándoles una vida tan larga como la de los titulares que ocupan, importancia que, ya de entrada, llega bastante descafeinada a los ojos de un público insensibilizado ante las auténticas tragedias humanas a fuerza de tragárselas noche tras noche con las noticias de la cena. Sólo es otra tragedia, nada más.

Puesto que ambas familias están implicadas en el asunto, deben tomar una decisión de manera conjunta. Para hacerlo se reúnen en un elegante restaurante, en el que, capítulo a capítulo (aperitivo, entrantes, segundos, etc.), iremos conociendo los antecedentes personales y familiares de los personajes hasta formarnos una idea de cada uno de ellos. Una idea que no parará de cambiar hasta el final, a medida que el pasado de cada cual nos permita comprender su actitud ante los hechos. ¿Hasta qué punto deben los padres proteger a sus hijos? Se trata de un dilema moral de dimensiones descomunales para cualquier padre o madre, supongo; se trata de su propio hijo, al que ha cuidado y educado desde que nació. ¿No será entonces, también, un poco responsable de lo que esa criatura sea capaz de hacer? Y, al mismo tiempo, ¿qué clase de sociedad permite que semejantes comportamientos tengan lugar y acaben siendo simplemente una más de las noticias incapaces de despertar la conciencia de los espectadores? Los hechos no han tenido lugar en algún punto en lo más profundo de África ni en algún país inestable de Oriente Medio; ha sido cosa de dos buenos chicos holandeses. Y del hermano adoptivo de uno de ellos, cierto, que sí que llegó un buen día de África para ser uno más en la familia Lohman, aunque eso pueda llegar a cambiar dadas las circunstancias adecuadas. ¿Tendrá un padre el mismo dilema moral a la hora de posicionarse ante los actos de un hijo adoptivo?

Todo en esta vida es relativo, y no lo es menos la relevancia de un hecho violento, que deriva directamente de la importancia del autor y de su víctima. Hay ciudadanos de primera y de segunda (y de tercera) y no pueden ser metidos todos en el mismo saco a la hora de valorar su culpabilidad o su inocencia cuando la cosa se pone fea. Bien lo sabe, aunque inconscientemente, esa misma audiencia empachada de noticias que traga y traga tragedias sin perder el sueño. Los individuos no son sino el reflejo de la sociedad de la que forman parte y que tolera su existencia. Y eso es algo que da mucho miedo.

Si queréis escuchar lo que dije sobre este libro en el programa Cuarto Cuarta (Ràdio Ciutat Vella), seguid este enlace.

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