El cuento de Auggie Wren, Paul Auster

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La Navidad, nos guste o no, invade estos días nuestras vidas, de la mañana a la noche, con lucecitas, villancicos y, sobre todo, anuncios. Muchos anuncios. Que nos recuerdan que hay que ser felices, compra frenética de regalos y reuniones familiares mediante. Pues bien, yo no voy a ser menos. Hoy os traigo un cuento de Navidad, diferente, cierto, pero de Navidad al fin y al cabo, aunque sólo sea para recordarnos que la Navidad en sí, con todo lo que tiene y lo imposible que parece ser intentar escapar de ella, también puede traer alguna cosa buena, como es el caso de este libro fantásticamente ilustrado por Isol.

Si os digo que la cosa viene de la pluma de Paul Auster (perdonadme el arcaísmo; dudo que el señor Auster haya decidido pringarse los dedos de tinta como si de un Dickens moderno se tratara, pero me ha gustado el toque romántico que la palabra ordenador no sólo no tenía sino que arrancaba de cuajo a la frase cualquier reminiscencia poética), la cosa cambia. Lo navideño de esta historia es, precisamente, la falta de inspiración de su autor a la hora de escribir un cuento de Navidad que le encargó el New York Times. ¿Qué podía escribir que no fuera la historia edulcorada hasta la diabetes mil veces contada? Desconociendo la presencia o ausencia de espíritu navideño de Paul (ya que llevo unas líneas hablando de él me tomaré la libertad de llamarlo con la confianza que este hecho me permite), me atrevo a presumir un cierto sentimiento de hastío por su parte cada vez que veía un abeto saturado de adornos u oía la campana del Santa Claus de algún centro comercial. Y, como venganza, escribió algo que no encajaba con lo que cualquiera esperaría encontrar en un cuento de Navidad; escribió El cuento de Auggie Wren (aunque la historia en sí, como bien dice durante el mismo, no surgiera de él).

El narrador, Paul Auster, compra sus cigarros holandeses en un determindao estanco de Brooklyn con cuyo propitario, de sobrenombre literario Auggie Wren, tiene una afición: sacar fotografías siempre del mismo ángulo de su calle a diversas horas, en diferentes estaciones, durante todo el año, y año tras año. Cuando a Paul le encargan un cuento de Navidad para el New York Times, será Auggie el que le saque del apuro con un extraño relato sobre el desarraigo, la pobreza y cierto tipo de suave venganza que poco parece casar con el espíritu navideño. Este relato se publicó en el New York Times la Navidad de 1990. Nada más leerlo, el director de cine, Wayne Wang decidió contactar con Auster para proponerle el guión de una película que englobara la historia. De esta experiencia nació Smoke, reconocida internacionalmente. Y ahora, Isol, reinterpreta tanto el texto como la película para ofrecernos un álbum ilustrado para grandes y pequeños.

Si habéis visto Smoke o Blue in the face, películas para las que él mismo escribió el guión, y que codirigió junto a Wayne Wang, y que están basadas en este cuento, os podréis hacer una idea del tipo de tienda que regentaba el protagonista de este libro, la persona que, según dice, le contó lo que él se limitó luego a plasmar en un papel. Una de las buenas cosas de este cuento es, precisamente, lo alejado que se encuentra de lo que se suele contar en las historias de Navidad a las que nos tiene acostumbrados la tradición literaria -o cinematográfica-. Pese a ello, sí que recurre a la buena voluntad que se supone que tiene que acompañar a todas nuestras acciones por estas fechas, y no sólo como una anécdota sino que el hecho en sí acaba siendo determinante en el desenlace de los acontecimientos. Sin ñoñerías, eso sí. Os explico: el tendero en sí, Auggie Wren, ha hecho de un peculiar proyecto fotográfico la obra de su vida: lleva fotografiando el mismo lugar cada día a la misma hora desde hace doce años. La historia que cuenta a Paul Auster no es otra que la de cómo consiguió su cámara de fotos. Pese a no tratarse de un libro que encierre un gran misterio que no deba conocerse hasta el final no os desvelaré ningún punto clave de la trama porque creo que es mucho mejor ir descubriéndolos a medida que se avanza en ella, cosa que, si decidís leerlo, no podréis hacer si ya os he contado yo lo que iba a pasar.

La buena voluntad de la que os hablaba no es otra que el poner remedio a la soledad de una persona en un día como Navidad, por puro accidente y por no tener tampoco el tal Auggie Wren nada mejor que hacer en un día como ése (ni nadie con quien compartirlo). Esa comida de Navidad improvisada compartida con una desconocida tendrá felices consecuencias para ambas partes, puesto que los dos pasarán un día tan señalado acompañados y, además, Auggie se llevará de ella su cámara de fotos, no muy honradamente, todo sea dicho, pero con la certeza, eso sí, de no estar perjudicando a nadie. La soledad es el elemento común que todas las historias navideñas parecen tener, y del cual ésta tampoco se libra, un hecho que quizás nos debería hacer reflexionar sobre nuestra sociedad y la manera de relacionarnos con los que nos rodean, en Navidad y en cualquier otro momento del año, cosa que solemos hacer en estas fechas en las que nuestra vulnerabilidad se dispara al comprobar que raramente somos tan felices como ese falso espíritu navideño nos quiere hacer creer que deberíamos ser. No todo el mundo tiene una familia y, de tenerla, probablemente ésta tendrá tantos defectos como resulten de juntar los de cada uno de sus miembros, es decir: muchos. No existe la familia perfecta, como tampoco existen personas perfectas, y la perfección de la vida no consiste sino en disfrutar de todas estas imperfecciones tanto como sea posible. La Navidad perfecta será aquélla en la que consigamos hacerlo sin dejarnos influenciar por esa corriente, tan azucarada como hipócrita, que nos haga sentirnos peor que de costumbre por no alcanzar unas expectativas de felicidad exageradas para cualquier ser humano medio. El cuento de Auggie Wren, aunque no hable exactamente de esto, encierra una visión social, no mucho más feliz que la mía, que os recomiendo que descubráis por vosotros mismos; si tenéis la oportunidad, no dejéis de leerlo.

Si queréis ver cómo mi total ausencia de espíritu navideño invade uno de mis relatos, pinchad aquí.

Si queréis escuchar lo que dije sobre este libro en el programa Cuarto Cuarta (Ràdio Ciutat Vella), seguid este enlace.

4 comentarios en “El cuento de Auggie Wren, Paul Auster

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