Te quiero porque me das de comer, David Llorente

Te quiero porque me das de comer, David Llorente

Os hablaba hace poco de una novela que me tenía atrapada. Era ésta. Te quiero porque me das de comer, de David Llorente (Editorial Alrevés), era la lectura que me había enganchado desde la primera página por ser totalmente diferente a cualquier cosa que hubiera leído antes. Y ahora, que ya la he terminado, que se supone que debería haberme liberado de esa fuerza que me impelía a pasar una página tras otra, resulta que no, que no puedo, porque, si algo tiene esta obra, es precisamente eso: fuerza. Una fuerza brutal que describe sin tapujos una realidad cruda, una vida despiadada con los personajes que la pueblan, que se debaten entre la desesperación y la resignación mientras intentan sobrevivir en el infierno de su existencia.

Vayamos por partes: lo primero que llama la atención al sentarse a leer esta novela es la rotura con la narración convencional, con la estructura tradicional a la hora de contar cualquier historia, con el uso habitual de los signos de puntuación. Todas las tramas que forman Te quiero porque me das de comer, y no son pocas, están narradas unas a continuación de las otras, intercalándose entre ellas a lo largo de un mismo párrafo (el único que forma cada capítulo), en el que tan pronto te detalla con minuciosidad el asesinato de una prostituta como te da la receta de la ensalada danesa. Así, sin más. La información fluye a chorro mientras intentas encajar los fragmentos de la vida (y la muerte) de los desdichados que transitan por las líneas del texto. ¿Tiene mucha importancia la muerte? Pues sí, la tiene, sobre todo, entre otras cosas, porque el personaje alrededor del cual acaban girando todas las tramas (sea interactuando directamente con él, sea formando parte del marco en el que se desarrollan los hechos) es un asesino en serie.

Max Luminaria era un chico muy callado. Sacó la mejor nota de selectividad de toda España y decidió estudiar Medicina. Una vez más, fue el mejor en los exámenes; el mejor en las prácticas y el mejor en el quirófano. Se lo rifaban todos los hospitales. No hubo cirujano más preciso ni vecino al que más quisieran los habitantes de Carabanchel. Lo saludaban por la calle. Le daban las gracias. Todos tenían a un familiar al que el doctor Maximiliano Luminaria había salvado la vida.

Su vida, fuera del quirófano, era diferente, ¿o a lo mejor no? La realidad es que no podrás, nunca más, sentirte aliviado porque se haya descubierto al asesino, porque, querido lector, los asesinos caminan entre nosotros.

Lo más aterrador de un psicópata asesino, crueldad aparte, es el desprecio que siente por el resto de la especia humana y la necesidad que éste siente de calmar su sed de sangre acabando con la vida de cualquier inocente que se cruza en su camino. El elegido podría haber sido cualquier otro pero, una vez escogida la víctima, poca esperanza tiene ésta de sobrevivir cuando la persona que planea acabar con ella es un psicópata, menos aún si tiene la inteligencia de Max Luminaria y, todavía menos, si no se trata de otro que éste último, el hombre más respetado de Carabanchel, el último hombre del que cualquiera sospecharía. El miedo no sirve de nada cuando no se detecta el peligro. Cuando finalmente aparece, ya no sirve de nada, más que para excitar al asesino.

La desesperanza, la angustia, el miedo, con asesino en serie o sin él, domina las vidas de todos los personajes del libro y tiñe de gris oscuro las calles de Carabanchel. No es una novela amable, es una obra descorazonadora, dura y explícita, narrada de forma muy directa, sin adornos ni atenuantes; es la realidad en una bandeja, sin más.

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