29. El principio del fin

Peripecias-estelares29

Hace un calor espantoso para un ser peludo como yo. Pasa fugazmente por mi mente la idea de lanzarme a la piscina pero la descarto al instante; las consecuencias de sumergir mi cuerpo serrano en agua son del todo incalculables, es algo que no ha pasado nunca. El cóctel salvador se presenta ante mí como una apetecible alternativa al baño para soportar el bochorno lunar. Lucho contra mis impulsos pero, con el sofoco resultante de las altas temperaturas, mi organismo no está en su mejor momento y mis malvados impulsos le pegan una paliza humillante; me lanzo hacia la barra y me trago el bebistrajo, con coctelera y todo.

Un dramático silencio se hace a mi alrededor y se va extendiendo poco a poco al resto de la zona, como una onda expansiva de miradas mudas que expresan un amplio abanico de emociones de la sorpresa al reproche, pasando por la cólera, la ira, la indignación y cualquier otro sinónimo de éstas. La clara calma que precede a la tempestad. Por toda respuesta, eructo.

Afrodita se abalanza sobre mí profiriendo todo tipo de improperios e insultos que estaría feo reproducir por escrito. Me agarra de la trompa con una fuerza del todo insospechada en un ser humano, más aún tratándose de un espécimen de sexo femenino; los primates son una caja de sorpresas, cuando piensas que ya lo sabes todo sobre ellos te salen con una de éstas y te descolocan completamente. Un alarido de una intensidad igualmente imprevisible en un individuo de mi especie se eleva más allá de los gritos de mi agresora, haciendo que estos parezcan poco más que un murmullo y extendiendo de nuevo un silencio atronador hasta mucho más allá de donde abarca la vista. En un segundo reflejo de mi aparato digestivo la coctelera deshace su camino hasta el estómago y comienza a remontar mi esófago hasta salir disparada por mi trompa a una velocidad de vértigo. Afortunadamente, mi vómito va a parar a la piscina y la cosa no tiene más consecuencias que algún otro niño expulsado del agua por las olas del pequeño maremoto provocado por el impacto de la cápsula.

Giuseppe se apresura a bajar hasta el fondo de la piscina vacía y recoger el dichoso cóctel que tantos problemas nos ha costado conseguir desde que abandonamos la Tierra en busca de una salvación para la especie humana. Cosa que a mí, en el fondo, ni me va ni me viene. Herbie me pega una colleja y Loretta me lanza una mirada de reprobación, aunque sin conseguir eliminar de ella por completo esa candidez tan característica suya. Subimos a la nave en silencio y, sin mediar palabra más que para despedirnos de nuestro heroico barman, despegamos rumbo a la Tierra a una velocidad ligeramente inferior de la alcanzada por la coctelera en su vuelta de las profundidades de mi ser.

En un decir Jesús llegamos a la puerta interestelar o como quiera que se llame el agujero por el que pasamos de una dimensión a otra y nos plantamos en el desmejorado planeta azul de este triste universo. Es de noche en Rkuaj y los trátor duermen ajenos a nuestra presencia. Sin más obstáculo que un par de centinelas adormilados que eliminamos sin grandes problemas conseguimos colarnos en la estación de metro de Urquinaona, donde los maltrechos supervivientes humanos descansan como buenamente pueden tras la agotadora jornada de trabajo a órdenes de su tratoriana especie opresora. Uno de ellos despierta y estalla en gritos de júbilo desatado al ver a los enviados en pos de la fórmula volver ante ellos. Los demás se le unen ipso facto, nos rodean y nos abrazan. Las arcadas se vuelven a apoderar de mi cuerpo. Afortunadamente no me queda nada en el estómago y logro evitar a los presentes un espectáculo bochornoso.

No hay tiempo que perder: añadimos a nuestra coctelera tanto Aeronolín como somos capaces de conseguir, agitamos y ya tenemos ante nosotros el brebaje que ha de salvar a la humanidad. Una larga cola se forma para dar un sorbito a la pócima; tiene que quedar para el resto de sus congéneres repartidos por las otras plantas de gestión de residuos del planeta, así que todo lo que pase de mojarse los labios es un desperdicio de potingue. Tampoco parece ser necesario más que eso, puesto que todos ellos parecen tener un aspecto mucho más saludable tras hacerlo, tras pasar una breve fase de color verdoso, eso sí.

Aprovechamos la tranquilidad de la noche para hacer viajes a la Tierra bis, cargando nuestra nave hasta los topes de libertos. Me quedo con las ganas de ver la cara de los trátor al despertarse y ver que, salvo un par de guardias muertos en acto de servicio, nadie más que ellos hay en la ciudad. Hemos liberado Rkuaj, ahora sólo hay que ver si seremos capaces de hacer lo mismo con el resto de colonias humanas repartidas por la red de vertederos del planeta.

Vota cómo quieres que continúe la historia y lee aquí el último capítulo de Peripecias estelares el próximo 23 de mayo.

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