25. Velocidad y extraños destinos

Peripecias-estelares25

Nos acomodamos en nuestros confortables sillones con la esperanza de que, esta vez sí, lleguemos a un sitio en el que poder avanzar un poquito siquiera en nuestra búsqueda y comenzar a seguir una pista clara que nos lleve a la dichosa fórmula.

—Abrochad vuestros cinturones, colegas —dice Herbert desde el puente de mando—, ¡que nos vamos!

—Yo me mareo —oigo decir a Giuseppe desde su asiento.

Herbie, sin embargo, o no lo oye o no hace ni puñetero caso porque tras cinco segundos de despegue vertical de la nave salimos de allí a una velocidad que un servidor no sospechaba siquiera posible sin desintegración de la materia; increíble. Vemos pasar uno tras otro a derecha e izquierda de nuestro vehículo supersónico todos y cada uno de los planetas del Sistema Solar. En diez minutos nos plantamos en la Tierra.

—Esta nave es antimareos —dice Herbert al pasar junto a Giuseppe, que sigue pegado a su sillón con cara de verdadero espanto.

Efectivamente, nuestro retaco no ha tenido tiempo de sentirse indispuesto; su cuerpo estaba demasiado ocupado segregando adrenalina durante los eternos diez minutos en los que estuvo seguro de ir a morir de forma inminente.

Bajamos de la nave y, nada más poner un pie en esta Tierra paralela, nos damos cuenta de que lo único que tiene en común con la otra es el nombre. Este planeta es el paraíso terrenal, un vergel en el que flores, plantas, hortalizas y árboles frutales brotan por doquier. Humanos y seres de todos los tipos y procedencias pululan por allí charlando y riendo, tomando los frutos directamente del árbol y echándoselos al buche entre risa y risa, sin frotarlos antes con la camiseta siquiera. Una locura absoluta. Los niños corren despreocupadamente si que, en apariencia, nadie los vigile ni se preocupe de ellos. Animales de todas las especies van de aquí para allá sin más, con la misma actitud del resto de habitantes del lugar. De repente, uno de los niños se aleja del grupo en dirección a unos matorrales de los que surge un tigre del tamaño de un elefante. Grandioso. La tragedia está servida y nadie parece darse cuenta de ello, allí no se mueve más que el pelo de todos los presentes y las hojas de los árboles, acunadas por la suave brisa que llega del mar, un trecho más allá. En un arrebato de locura, contagiado quizás por la tendencia suicida de este planeta, corro a salvar al mocoso aun a sabiendas de que voy a perder la vida en ello. La búsqueda, para mí, termina en un universo paralelo en el que nadie me echará de menos porque nadie sabe quién soy. Adiós. Adiós mundo cruel. Llego a los matorrales con mi ojito cerrado, tal y como he recorrido todo el trecho hasta ellos, y, después de chocar con una superficie peluda, presumiblemente la bestia, reboto y caigo de espaldas al suelo, donde me mantengo inmóvil. Quizás no haya salvado al niño y se lo haya zampado de un bocado, sin masticar siquiera, ya que no he oído siquiera un grito de la víctima, pero el susto al bicho no se lo quita nadie, aunque sea yo mismo el próximo en caer. De repente, un lengüetazo me saca de mi estado de shock, dejo de hacerme el muerto y abro el ojo: el tigre sigue lamiéndome como un perrito y los niños que antes corrían desbocados se apelotonan a mi alrededor. Al verme despierto estallan en una risa escandalosa que se va contagiando de unos a otros hasta ensordecerme. El tigre da media vuelta y se empieza a comerse la hierba que crece alrededor de los matorrales. No doy crédito.

—Pero, Fru, cariño — oigo decir a Loretta—, ¿qué haces?

Los niños salen corriendo y, con la misma rapidez con que se plantaron a mi alrededor, se desperdigan por la zona. Vuelvo con mi grupo con la trompa gacha, visiblemente humillado. No sé por qué pero lo que acabo de hacer parece haber sido una estupidez.

—Te has asustado, ¿eh?

Loretta se dirige a mí en tono maternal y me sacude el pelo de la coronilla.

—Aquí nadie hace daño a nadie. Todos viven en paz, respetándose unos a otros. Es bonito, ¿no te parece?

Me parece, sí. Me parece demasiado bonito para ser cierto, y me guardo mis sospechas de algo siniestro ocultándose bajo tanta felicidad, para poder decir cuando llegue el momento que ya lo sabía. Aunque nadie me escuche y sea sólo para mí. Ya lo sabía.

Mis compañeros se dirigen a un chiringuito rodeado de mesas de picnic que hay bajo un enorme árbol que da sombra a la mitad de ellas.

—¿Queréis tomar algo? —pregunta el bulala que parece regentarlo, desde el otro lado de la barra—¿Un helado, una horchata, una limonada?

Todos se apuntan al refrigerio y tomamos una de las mesas al sol. El dueño del bar se acerca a mí con una bolsita de celofán llena de tuercas de todo tipo.

—Toma —me dice, vaciando su contenido ante mí con una gran sonrisa. Las devoro antes de que lleguen a tocar el suelo y su sonrisa se acentúa—. Pero qué brutico eres. ¿Están buenas, eh?

Mis compañeros ríen al presenciar los hechos. Una sensación familiar invade mi cuerpo. Me recuerda a la vivida en la estación, durante la barbacoa vegetariana de Antoine, con los niños revoloteando a nuestro alrededor; me siento feliz. El resto de nuestra comitiva parece poseído por este mismo sentimiento; sonríen todos con tal énfasis que da hasta miedo. ¿Qué nos está pasando?

—Perdona —acaba por decir Herbert, dirigiéndose al camarero.

Vota cómo quieres que continúe la historia y lee aquí la continuación el próximo viernes 11 de abril.

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4 comentarios en “25. Velocidad y extraños destinos

  1. Es que ante unas patatas fritas, aunque sean escritas jeje, pierdo la razón!!!
    Parece como si en esta Tierra paralela Adán no hubiera mordido la manzana, quizás ahora viviríamos así???
    Un petonet,

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    • Mucho me da a mí en la nariz que, con lo que es el ser humano, sin Adán ni nada se habría apañado igual para convertir la Tierra en lo que ya vemos todos los días… Está visto que se basta y se sobra 😦
      Petonets!

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