19. Atajos para llegar al aquí de allí

Peripecias-estelares19

¿A ver a unos amigos? Creía que Rogelio era una especie de marginado social, sin familia ni amistades a las que recurrir. Y resulta que no, que tiene amigos. Se pone al mando de la nave e introduce unas coordenadas de navegación.

—¿Adónde vamos? —Giuseppe pregunta, asomando su nariz sobre el brazo de nuestro nuevo compañero, en un intento de averiguarlo.

—A ver a unos amigos —repite con sorna sin abandonar esa sonrisa suya que, la verdad, empieza a cansarme.

—¿Y viven muy lejos tus amigos? —el calvo pregunta mientras juega con la colección de canicas de su bolsillo—¿Esto tiene lavabo?

—Por supuesto —responde nuestro anfitrión—. La puerta del fondo.

El retaco olvida su primera pregunta y cierra la puerta del baño tras de sí.

—También tiene mueble bar —el ofrecimiento es claramente para Afrodita; a mí ni me mira. Echa un par de cubitos en un vaso corto—. ¿Te apetece tomar algo?

Pero bueno, ¿ni siquiera este trátor rarucho va a escapar a los encantos de nuestra capitana?

—Una Mirinda —responde, sin olvidar el verdadero objetivo de nuestra misión. Rogelio suelta una carcajada. Moderada, nada estridente ni estrafalario. La duración e intensidad justas para conseguir ese efecto enigmático tan suyo.

—No pierdes el tiempo, ¿eh? —vuelve a su asiento agitando suavemente el vaso, produciendo un agradable tintineo de cubitos—Mirinda, ahora mismo, no te puedo ofrecer, pero tranquila: mis amigos son el primer paso para conseguir la fórmula. ¿Un cacahuete? —le alarga un bol repleto de ellos.

—¡Yo sí!

Giuseppe sale del baño en el momento justo para hacerse con su botín de frutos secos. Para mi disgusto, viene a sentarse junto a mí. Me vigila de reojo y me echa las cáscaras a los pies. Me lanzo a por ellas. Humillante pero inevitable. El calvo ríe sin descanso hasta que, entre los dos, nos acabamos los cacahuetes. De repente, el paisaje exterior cambia bruscamente; parece alargarse como si fuera de chicle, distorsionando la visión a nuestro alrededor.

—¿Qué está pasando? —pregunta Giuseppe mientras se agarra a mi trompa en busca de protección.

—Tranquilo, hombre, que no es nada. Disfruta del viaje, que durará poco.

El retaco se tranquiliza y me suelta la trompa, hecho que le salva de un ataque en defensa propia de un servidor. Se da cuenta de ello e intenta disimular, acariciándome levemente el costado.

—Qué pelo más bonito —debe de pensarlo de verdad, porque se lo dice claramente a sí mismo, a un volumen al que únicamente yo puedo oírlo.

—¿Un agujero de gusano? —Afrodita salta de su asiento—¿Adónde nos llevas?

Rogelio se arrellana en su sillón del puente de mandos, agitando continuamente el vaso y disfrutando de las sorpresas de sus amigos terrícolas.

—Aquí mismo, en realidad.

Giuseppe y Afrodita se miran sin entender por qué, entonces, habían ido a tomar un agujero de gusano, para ir aquí al lado. Yo tampoco tengo la menor idea, la verdad.

—Aquí pero allí —este hombre empieza a caerme gordo, y no llevamos ni media hora en la misma nave—. Aquí pero en un universo paralelo —y levanta el vaso, como brindando por su propia inteligencia. Odioso.

De repente, el paisaje a nuestro alrededor parece normalizarse. Todo es como siempre. ¿Todo? ¿Seguro?

Vota a través del enlace cómo quieres que continúe la historia y lee aquí la continuación el próximo viernes, 7 de febrero.

¿Qué ven por la ventana?

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