18. Destellos siderales allá, lejos, muy lejos

Peripecias-estelares18

—Pues vente con nosotros —Giuseppe habla con la misma simpleza natural de siempre, sin dar importancia a sus palabras. Esta vez las pronuncia mientras se quita el fular de Afrodita que llevaba alrededor del cuello; no se puede decir que en el límite del sistema solar haga bochorno pero, por lo visto, el pañuelo le pica. Por una vez, sin embargo, su intervención no sólo no nos mete en un lío sino que parece contar con la aprobación de nuestra capitana.

—¡Sí, vente! —tanta efusividad me molesta un poco; cuando decidieron llevarme con ellos no se mostró tan entusiasmada, de hecho, dudo que hubiera tomado la misma decisión si yo no hubiera manipulado convenientemente sus pensamientos.

—Pero —objeta él—, ¿adónde voy a ir yo? Ésta es mi casa, el único lugar donde me encuentro seguro desde que deserté.

—¡No te preocupes, hombre! —exclama el retaco—Nosotros tampoco tenemos casa y míranos, qué contentos estamos.

Comienzo a pensar que el calvo no se ha enterado todavía de que a su redonda cabezota le han puesto precio y de que su vida pende de un hilo desde que abandonamos la Tierra; realmente cree que está de vacaciones.

—¿O acaso pensabas quedarte aquí solo y aburrido toda la vida?

—¡Tenéis razón! —responde Rogelio tras esta última intervención—¡Me voy con vosotros! En realidad ya estaba harto de esta estación, de estar siempre solo y no poder mantener conversaciones de más de cinco minutos con los pocos clientes que llegan. Me voy a hacer la maleta, ¡no se hable más!

Hala. En un momento se nos ha complicado, aún más, la cosa. Ya no tengo sólo a dos humanos simplones como compañeros de viaje; ahora tengo también a un trátor, con todo lo malo que estos tienen, que es, para colmo, además de un prófugo, indeciso y mentalmente inestable.

—Pero —Afrodita parece tener una duda; a lo mejor me acabo librando todavía de aguantar a nuestra última incorporación—¿no te buscarán? Si te vienes con nosotros sabrán que nos estás ayudando.

Rogelio se detiene en su camino hacia la trastienda y mira a nuestra preciosa capitana con esa media sonrisa que ya nos ha mostrado hace apenas dos minutos; diría que la cuestión no le preocupa lo más mínimo.

—Abrid el garaje —dice, señalando con un movimiento de cabeza hacia la izquierda—. Id cargando mi nave con todas vuestras cosas y con todo lo que podáis meter en su bodega. Hay cajas llenas de cargas de combustible junto a la nevera de los helados. Coged tanta comida como podáis y cualquier otra cosa que se os antoje. De esta estación no van a quedar ni las migas. Y del pobre Rogelio tampoco.

Ni las migas; curioso. Y, dicho esto, desaparece tras la cortina de macarrones que separa la tienda de su casa. Nos apresuramos en vaciar la bodega de nuestra querida Limoria y traspasar todo su contenido a la nave de Rogelio, que resulta ser mucho más moderna, grande, cómoda y discreta que la nuestra. El modelo más vendido del momento, con una inmejorable relación calidad-precio y unos acabados de lujo. Aplaudo su acierto y su buen gusto y pulcritud; esta nave está como los chorros del oro. Rogelio aparece con un par de maletas y un neceser de viaje mientras luchamos por cerrar la puerta de la bodega; ¿qué lleva en esas maletas, si los trátor van siempre en pelotas? Parece adivinar mis pensamientos, puesto que se justifica torpemente y dice que sus cosas cabrán en un compartimento interior. Nos despedimos sentidamente de nuestra Limoria, a la cual le espera un triste pero espectacular final, y nos acomodamos en nuestra nueva casa. Esperamos con el motor en marcha hasta que, dos minutos después, sube Rogelio a toda prisa. Nos largamos; como no espabilemos nos pillará la onda expansiva de lo que sea que nuestro nuevo compañero haya programado para explotar y no servirá de nada nuestra huída.

Cinco minutos después, cuando la Osa ha desaparecido ya de nuestra vista en la inmensidad del espacio exterior, un súbito resplandor ilumina por un segundo un diminuto punto allá, lejos, muy lejos. Vivimos el momento con la solemnidad que merece, en silencio.

—Y ahora —rompe e silencio el de siempre—¿adónde vamos?

Rogelio nos vuelve a obsequiar con su enigmática sonrisa.

—A ver a unos amigos.

Vota cómo quieres que continúe la historia y lee aquí la continuación el próximo 17 de enero

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