14. Peligro, adrenalina y apetencia voraz

Peripecias-estelares14

Me dejo caer desde el techo y voy a ver qué narices significa ese pilotito rojo intermitente y por qué no deja de pitar. Se me ponen los pelos de punta; no se trata de una alerta, sino de dos. No hay más que mirar hacia adelante para ver que nos estamos metiendo en un terreno muy peligroso; aunque la predicción no mencionaba esta posibilidad, lo que parece ser una gigantesca manada de asteroides en estampida cruza el espacio sideral ante nosotros. Y lo peor no es eso, que, al fin y al cabo, tiene fácil solución, sino que, echando un vistazo a los retrovisores, se ve claramente como una nave con muy mala pinta nos viene pisando los talones. Suerte que mis preocupaciones me han mantenido despierto; una vez pego ojo no hay quien me despierte y, de no haber oído la alarma, nuestra aventura habría acabado bien prontito, abatidos por algún asteroide viajero o por una nave enemiga. Y estos dos durmiendo a pierna suelta; lo que no sé es cómo la humanidad ha llegado hasta hoy.

Corrijo el rumbo de la nave para evitar el impacto de un proyectil enemigo lanzado con muy mala idea. Quizás mi maniobra no haya sido todo lo delicada que en un piloto experimentado sería deseable pero mi objetivo, además de librarnos de una muerte segura, es despertar a la tripulación de lirones que me acompaña. Nuestra capitana se incorpora rápidamente en su cama y el calvo cae al suelo desde la litera de arriba. Ella se dirige rápidamente hasta mi posición, no sé si con la intención de apartarme del cuadro de mandos de un manotazo, y, al ver el panorama, toma el mando de la nave. Le cedo mi puesto, más intimidado por la proximidad de su cuerpo que por la posibilidad de recibir un empujón. ¿Qué me está pasando? Hace demasiado que no encuentro en mi comportamiento más que leves indicios del suingo duro y temerario que no hacía más que meterse en líos por culpa de su bravura indomable -y poco reflexiva, todo sea dicho- y, por si fuera poco, solo veinticuatro horas después de conocer a estos dos seres primitivos empiezo a percibir en mi cuerpo y en mi mente sensaciones desconocidas; ¿me estaré enamorando? Sería el primero en mi especie en hacer semejante guarrada. ¿De un humano, además? ¡Qué asco! Como se enteren los míos no me van a dejar poner una patita siquiera en nuestro planeta. Eso si no me lapidan antes, claro.

—¡Es una nave trátor! —exclama nuestra angelical capitana con la bravura propia de una amazona—El asqueroso del bulala de la estación de servicio les ha dado el chivatazo. ¡Agarraos!

Apenas me da tiempo a pegarme al techo y salimos disparados a una velocidad totalmente insospechada para el cacharro cósmico en el que viajamos. Tan deprisa vamos que apenas nos da tiempo a variar el rumbo y casi podemos tocar los asteroides con la mano al pasar bajo ellos. Cierro el ojo a la espera de una colisión inminente pero, cinco segundos después, vuelvo a abrirlo al no notar dolor alguno en mi organismo; es más, sigo siendo consciente de mi propio ser, ergo debo de seguir vivo. Para mi sorpresa, el estruendo que pensaba oír como última percepción sensorial de este mundo viene de detrás; el acelerón ha dejado tras de nosotros tal nube de gases que los trátor se han comido la procesión supersónica de asteroides. ¡Bien por nuestra capitana!

El retaco brinca y chilla de contento pese al porrazo que se ha llevado al caer de la litera y el que ha vuelto a recibir con la aceleración de nuestra querida Limoria, nave cañón donde las haya. Afrodita celebra también nuestra salvación, si bien de una forma más comedida, tras lo cual me dirige una mirada de difícil descripción que yo interpreto como un cóctel de gratitud, reconocimiento y hasta un pelín de cariño; una bolita azul se escapa de entre el pelito azafranado de mis extremidades y comienza a botar y rodar por el suelo. Otra vez. Mis sospechas sobre mis extrañas reacciones físicas y mentales van a resultar ciertas; la emoción me ha hecho perder la dignidad y no he podido evitarlo.

—¡Otra canica! —exclama Giuseppe mientras se lanza emocionado sobre ella. Por suerte no saben aún de qué se trata y mi dignidad no se ve dañada más allá de mi propia autoestima—Y cómo brilla…

Guarda su trofeo junto al primero en un bolsillo y se dirige a la bodega. Sale de allí con un sobre que mete en el descompresor de alimentos. Un minuto después suena el pitido y saca de él un pollo relleno de ciruelas y orejones.

—El peligro me da hambre —dice. Como tardemos mucho en encontrar la dichosa fórmula se va a poner hecho una foca porque me da a mí que ocasiones de peligro no nos van a faltar.

—¿Qué es eso?

—Ni idea —responde, cortando el pollo en tres y repartiéndolo en tres platos—. Me ha parecido que tenía buena pinta, sea lo que sea, aunque la verdad es que no se parece mucho a la foto del sobre.

La artificialización de la vida en la Tierra durante los últimos decenios ha acabado por hacer perder a los humanos todo contacto con lo que antes fuera su hábitat natural hasta el extremo de no saber ni qué es un pollo y pensar que no se trata más que de un sabor de laboratorio. No hablemos ya de los orejones y las ciruelas. Una pena.

—Hmm —dice, con un bocado en la boca, como inicio de respuesta a la pregunta de Afrodita—. Es de pollo.

«Sea lo que sea», le ha faltado repetir. Ante el asombro de mis compañeros, engullo mi parte de un solo bocado y espero pacientemente a que se acaben ellos la suya, tras lo que devoro los huesos y demás restos que sus delicadas dentaduras humanas no pueden masticar. Se dejan lo mejor, para alegría de mi aparato digestivo que, pese a todo, se queda con hambre. El calvo parece percatarse de esto último y echa un par de tuercas en mi plato, gesto que agradezco sinceramente. Sólo espero, por nuestro bien, que no las esté tomando prestadas de ninguna parte de la mecánica de la nave.

El incidente nos ha desvelado a todos y, además, no nos parece buena idea acostarnos con el estómago lleno, así que decidimos pasar el rato como mejor podamos con los ojos abiertos hasta llegar a la estación de servicio La Osa y buscar al tal Rogelio. Ahora bien, sabiendo que nos están buscando, ¿cuál es la mejor manera de proceder?

Vota cómo quieres que continúe la historia y lee aquí la continuación el próximo viernes 29 de noviembre.

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