12. La Osa, ese misterioso lugar

Peripecias-estelares12

Nuestra atención se centra ahora en eso que ha ido a pegarse del otro lado del cristal del puente de mandos como un mosquito al parabrisas: un calcetín. Tal y como pasara con la botella, este es el que le viene a cualquiera a la mente al escuchar la palabra calcetín. Blanco, desgastado por el talón y con dos rayas bajo su boca, una roja y otra azul. Se distingue de la idea platónica de calcetín por un texto escrito sobre él en algún momento posterior a su fabricación:

“Fórmula secreta: estación de servicio La Osa. Preguntar por Rogelio.”

—¡La fórmula! —grita el enano—¡Esta vez sí! ¡Tenemos la fórmula!

De puro contento que está, se abraza a Afrodita. Ella está también visiblemente emocionada pero ni mucho menos tanto como para devolverle el gesto. Finalmente, Giuseppe desiste. Considera por un instante la posibilidad de volcar en mí su efusividad pero con una breve mirada le quito la intención. Se contenta con acariciarme brevemente el pelito de la trompa.

—La Osa —Giuseppe vuelve de repente al mundo real y mira automáticamente a Afrodita para que resuelva su duda—¿Dónde está eso?

—Ni idea —confiesa ella, encogiéndose de hombros—. Probablemente no muy lejos de alguna de las osas, pero a saber de cuál.

—¿Las osas? —repite el retaco—¿Qué osas?

Desesperante la ignorancia de este pequeño individuo calvo; el sistema educativo terrestre debe de ser un auténtico desastre.

—¿Qué osas van a ser? —se desespera nuestra capitana—La mayor y la menor.

El retaco asiente para sí mismo y se da un manotazo en la calva: ¿cómo no ha caído antes?

—Pero, eso está muy lejos —dice—. Por lo menos… por lo menos… —busca, sin éxito, una distancia en su vacía cabecita.

—Muy lejos, Giuseppe, sí —interrumpe ella en un tono entre conciliador y maternal—. Anda, mira en la guantera, a lo mejor tenemos suerte.

El calvo dirige sus cortos pasitos a la portezuela que hay bajo el cuadro de mandos, entre el asiento del copiloto y el armario escobero, la abre y mira en el interior del compartimento, del que saca una bayeta polvorienta, una caja abierta de pañuelos de papel y, finalmente, un mapa.

—¡Un mapa! —grita—¡Un mapa!

Empiezo a estar un poquito harto de los grititos de felicidad del memo de mi compañero. Emito un gruñido involuntario; solo él parece haberse percatado de ello pero su reacción se limita a dar un pasito hacia su derecha, alejándose medio metro de mí. Afrodita, por el contrario, parece estar esta vez tan contenta como él. Con una sonrisa en los labios toma el mapa que el canijo le tiende y ambos se vuelcan en su lectura. Pasan páginas hasta llegar a la última y Afrodita desliza su índice sobre un listado. Su suave dedo índice, supervisado en todo momento por la mirada, angelical y fogosa a la vez, de sus preciosos ojos negros que…

—¡Aquí está!

El de la inoportuna exclamación que me ha arrancado violentamente de mi éxtasis no ha sido otro que el cansino del retaco, claro está. Un día llevo con él y ya se me está haciendo pesado; muy mal pinta nuestra forzosa convivencia.

La Osa resulta ser una estación de servicio orbital itinerante. En qué órbita opera es todo un misterio que ninguno de los dos desvela en voz alta, aunque, al parecer, puede ser localizada según no sé qué sistema que para mis compañeros terrícolas resulta la mar de lógico. En cinco minutos partimos rumbo a la dichosa Osa con la esperanza de que el tal Rogelio -si es que aún vive o sigue allí; el calcetín parecía ser de edad avanzada- nos haga conocedores de la fórmula de marras.

Giuseppe sale de la bodega de la nave con una bolsa de ganchitos. Ofrece un puñado de estos a Afrodita y, de camino al asiento del copiloto, en el que espachurra, devorando grasa naranja, saca de su bolsillo un par de tuercas y, disimuladamente, las deja caer junto a mí. Las devoro ipso facto mientras me siento culpable por no soportarlo; al final va a resultar ser majo y todo.

Vota cómo quieres que continue la historia y lee aquí el próximo capítulo el próximo 8 de octubre

4 comentarios en “12. La Osa, ese misterioso lugar

  1. Encuentro a faltar en la guantera las luces de recambio, pero quizás están en el armario escobedo jeje
    Siempre me han parecido simpáticos los tritones.
    😡

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    • Quizás, quizás… pocos sitios hay tan misteriosos como una guantera o un armario escobero; son la chistera de las soluciones de almacenaje… jajaja.
      Tomo nota de tu simpatía por los tritones 😉

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