11. La importancia de llegar el primero

Peripecias-estelares11

—¡La fórmula! —Giuseppe salta de alegría—¡hemos encontrado la fórmula!

Pues sí; eso parece, al menos. Pero, ¿seré yo el único en percatarse del nuevo problema con que nos encontramos? Quizás no, puesto que Afrodita borra en pocos segundos esa sonrisa triunfal de su cara y la cambia por un ceño ligeramente fruncido; mi mismo pensamiento, sospecho, ronda por su cabeza, y no porque yo lo haya metido allí, que uno no tiene siempre la culpa de todo.

—Y —a lo mejor el canijo es capaz de sorprenderme, después de todo, y decir algo inteligente; una duda parece haber asaltado también su simple cabecita—, ¿cómo vamos a cogerla?

Mira por dónde, resulta que el calvo es capaz de sorprenderme gratamente; nunca sabe uno por dónde le van a salir los humanos. Ni siquiera nuestra capitana tiene una solución a la pregunta de Giuseppe. Vago por su mente, sin intervenir, y todo lo que alcanza a considerar es abrir la escotilla de la bodega y dar marcha atrás, intentando  pescar la botella. Dos cosas la hacen descartar la idea; la primera, que marcha atrás no íbamos a ver un pimiento y lo más fácil era que se nos llenara la bodega de basura espacial y no consiguiéramos pescar la botella y, la segunda, que, pese a recoger porquería de todo tipo, si abríamos la bodega corríamos el riesgo de perder las provisiones que habíamos conseguido en Marte. Es un plan demasiado arriesgado. ¿Qué hacer?

—Me meo.

El retaco se levanta de su asiento con un saltito y se dirige al baño. Enseguida oímos con claridad que no estaba mintiendo; por supuesto deja la puerta abierta. Con el vaivén de la nave en punto muerto, la puerta se abre completamente, golpeando contra la pared. Afrodita mira de reojo, disgustada, y, de repente, da un respingo y la misma sonrisa triunfal de unos minutos antes vuelve a dibujarse en su cara.

—¡Un traje! —exclama con la misma alegría con la que Giuseppe anunciaba el hallazgo de la fórmula— ¡un traje!

Efectivamente, de la percha del interior de la puerta cuelga un traje espacial. Parece que la suerte nos sonríe. Dejamos de oír el chorrito.

—¡Un traje! —repite el retaco— ¡un traje!

Giuseppe se hace con su involuntario hallazgo y, nada más cogerlo, vemos que algo no acaba de ir bien del todo; el traje le arrastra, y eso que sostiene la percha en alto pero, aun así, la parte más baja de la pierna se arruga al llegar al suelo. Afrodita llega un segundo más tarde; quizás sea de su talla. Lo coge y sube la percha hasta la altura de su cuello; la parte inferior del traje queda suspendida en el aire, a media espinilla suya. Se miran. Me miran; imposible colocarme a mí la misión porque soy aún más bajo y rechoncho que el calvo, por no mencionar que no tengo brazos y que tendría que meter la trompa en una de las mangas. Ni hablar.

—Tendrás que ir tú —dice Afrodita, devolviendo el traje al retaco.

—Pero me va grande —se queja; en el fondo seguro que esperaba que fuera ella la que se aventurara al espacio exterior en misión espacial de rescate de la botella.

—Pero yo no quepo, así que no hay más remedio.

Giuseppe se resigna a su destino aventurero y se pone el traje. Una vez cerrado lo único que vemos de su pobre ocupante es su cabezón calvo; el traje cae sobre su cuerpecito como una sábana. Sabemos que hay alguien dentro porque asoma la cabeza, nada más. Afrodita lo mira con una expresión mezcla de lástima y temor, según me parece; el futuro de la misión, y, por ende, el de la humanidad entera, está en manos de aquel individuo. Comenzamos a buscar la escafandra, sin la cual, por mucho traje que tengamos, no hay misión que valga, y la encontramos enseguida en el armario escobero. Enchufamos a Giuseppe y su traje al cordón umbilical que impedirá que se asfixie o que entre a formar parte del cúmulo de objetos disparatados que orbitan alrededor de Saturno. El conducto nos servirá también para decirle lo que tiene que hacer, lo cual reduce enormemente los riesgos de fracaso, siempre que nos haga caso, claro. En el momento de ponerle la escafandra dejamos de ver, por fin, la cara de cordero degollado con la que ha aceptado su misión espacial y con la que ha acompañado todo el proceso de acicalamiento galáctico. Lo metemos en la cámara que separa nuestra sala de la puerta exterior y, dos minutos más tarde, lo vemos aparecer frente a la ventana del puente de mandos. La botella está ahí mismo pero no es fácil moverse ahí fuera, menos aún si vas vestido con un saco que se arruga por todas partes a tu alrededor.

—Ahora —dice Afrodita cuando tiene la botella al alcance de la mano—. Cógela.

El pobre Giuseppe obedece pero, claro, su manita no llega al guante del traje y queda, más bien, a medio antebrazo. La botella se desplaza un poco más lejos al contacto con el traje. Lo vuelve a intentar.

—Acércate más esta vez —ordena nuestra capitana—. Ahora, ¡abrázala!

Esta vez sí. El cuerpecito de su ocupante debe de estar haciendo aspavientos de alegría a juzgar por la extraña forma de moverse del traje. Acto seguido, inicia el camino de regreso.

—¡Lo tenemos! —exclama, nada más abrirse la puerta que separa la nave de la cámara—¡lo tenemos!

La excitación y la torpeza habitual de Giuseppe, a la que se añade la causada por el traje, hace que la botella caiga al suelo, haciéndose añicos. El retaco mira a Afrodita, temeroso de una bronca, pero, en realidad, teníamos que sacar de todos modos el mensaje de la botella, ¿no? Aspiro frenéticamente el suelo de la nave y me trago todos los cristales. Los dos se encogen de hombros. Giuseppe coge el mensaje y se lo da a la jefa.

—Estimados terrícolas —empieza a leer—. No me cabía la menor duda de que en algún momento ibais a intentar recuperar el mensaje del náufrago. Tarde, sin embargo. Si estáis leyendo esta nota es porque nos hemos adelantado a vosotros. La fórmula está en nuestro poder; no os canséis  y volved a casa. Firmado: Jkort, Regimiento 324, escuadrón 778, Armada Trátor.

Vaya. ¿El tal Jkort no es el trátor al que le birlamos la nave? El universo es un pañuelo. En cualquier caso, parece que nuestros enemigos han llegado antes que nosotros. Afrodita reacciona a la noticia con un color bermellón airado y Giuseppe con unos tristes ojos acuosos. De repente, algo se pega al otro lado de la ventana del puente de mandos.

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