10. Pip, pip, pip, piiiiiiiiiip

Peripecias-estelares10

—Podemos dar vueltas sobre los anillos. A lo mejor lo encontramos —la ingenuidad de Giuseppe provoca en mí sentimientos encontrados; por una parte ternura, ya que un ser tan tonto no deja de ser una criatura indefensa en un universo tan cruel y despiadado, por otra parte no puedo evitar sentir deseos de soltarle un trompazo.

—No digas tonterías —responde Afrodita—. Tardaríamos una eternidad.

—Pero si la nave va muy deprisa…

—Pero tendríamos que pararnos a mirar todos y cada uno de los cuerpos que giran en los anillos —replica de nuevo, ya al límite de su paciencia—. Moriríamos antes de haberlos examinado todos.

—Es verdad.

Tras decir esto último, el retaco se deja caer en el asiento del copiloto y comienza a jugar con su canica azul, pasándola de una mano a otra. Pasan unos cinco minutos sin que nadie diga nada y, pensando en mis cosas, me doy cuenta de que sigo adherido al techo de la nave; la situación se ha estabilizado hace rato y no puedo evitar sentirme un poco ridículo; me dejo caer. Me dedican una breve mirada y siguen a lo suyo, uno con su canica y la otra con la mirada perdida en el infinito a la espera de alguna idea brillante.

—Si tuviéramos un detector de mensajes que nos llevara justo hasta éste —dice, en su línea de comentarios vacíos de toda lógica— … Detector, llévanos hasta el mensaje del náufrago —ordena a su detector imaginario, simulando tener una varita mágica o algo por el estilo— ¡Fiuuuuu!

No sé qué lucecita se enciende en la cabeza de Afrodita pero, acto seguido, mira al calvo visiblemente emocionada.

—¡Claro! —exclama—¡El radar!

Giuseppe sonríe como un crío, a la expectativa de la conclusión de Afrodita.

—¿Puede detectar los mensajes?

—Claro que no —debe de estar acostumbrándose a las tonterías del retaco porque ya apenas se sulfura con sus comentarios—, pero sí puedo hacer que rastree objetos manufacturados, tienen una composición estructural muy distinta a la de cualquier cuerpo galáctico.

Trastea en el panel de mandos introduciendo a saber qué tipo de instrucciones. Cuando termina se sienta y apoya los codos sobre el cuadro mirando fijamente al frente. Algo empieza a pitar a los pocos minutos y Afrodita varía el rumbo de la nave en dirección al cuerpo detectado. En apenas un minuto pasa junto a nosotros una bolsa de plástico.

—¡Ajá! —exclama por fin, dando un pequeño saltito y doblando los brazos bruscamente—¡Funciona!

Esto último lo dice mirándonos, triunfante.

—Agarraos, que nos vamos.

Salto para volver a pegarme al techo y, apenas queda mi cuerpo colgando, salimos disparados en dirección a Saturno. Será muy lista pero conduce como una loca; en tres cuartos de hora llegamos a Saturno, no diré más. Frenamos de golpe y, aun así, tenemos que volver sobre nuestros pasos porque estamos ya a medio camino de Urano. Ya más moderados en nuestra velocidad, nos detenemos lo suficientemente alejados como para poder observar los dichosos anillos en su totalidad. Nuestra capitana active el radar y no tarda demasiado en empezar a pitar de nuevo. Gritos de júbilo y excitación; ¿habríamos encontrado ya el mensaje? Pues no. Al acercarnos a la posición del objeto detectado podemos ver que no se trataba sino de una lata de refresco. Chasco supino. El radar siguió pita que pita y nos topamos con una muñeca sucia, tuerta y despeluchada -espeluznante-, un zapato viejo y un carrito de súper -nunca se puede saber de dónde te va a salir un o de estos-. Seguimos avanzando y comprobamos que los anillos de Saturno Deben de ser, después de la Tierra, el segundo basurero espacial de nuestro sistema solar, puesto que están compuestos, básicamente, por porquería de todo tipo que ha ido quedando atrapada por la gravedad del planeta o por cualquier sustancia pegajosa que anduviera orbitando por ahí. A saber.

—¡Mira! —el chiquitín llevaba ya demasido tiempo sin hablar—¡Una botella!

Efectivamente, hay una botella, cosa que no me extraña lo más mínimo; no se me ocurre nada que no pueda encontrarse flotando en este mar de cochambre. Afrodita niega con la cabeza pero, instintivamente, mira hacia donde señala Giuseppe. Es una botella de cristal, sí, con su corcho y todo. La típica botella que viene de serie con  toda isla desierta que se precie. De hecho, por tener tiene hasta un mensaje dentro. Nuestros cinco ojos se abren como naranjas.

Vota cómo quieres que continúe la historia y lee aquí el próximo episodio el próximo 18 de octubre.

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