09. La leyenda del náufrago

Peripecias-estelares09

De repente, y antes de que ninguno de los presentes pueda reaccionar, Afrodita se abalanza sobre Giuseppe cual serpiente al ataque y le propina una colleja que lo manda derechito bajo mis pies. Tres metros de vuelo sin motor desde su posición inicial. Paralizado, me mantengo pegado al techo sin poder evitar que una bolita de color azul metalizado acabe por asomar entre el pelo azafranado de mis extremidades y termine cediendo a la fuerza de la gravedad artificial de la nave para ir a parar sobre la calva del retaco que lloriquea bajo mis pies. Puesto que lleva pantalones desconozco si su cuerpecito humano ha respondido del mismo modo que el mío al pavor provocado por los últimos acontecimientos. Una distracción pone fin a su patético gimoteo y Giuseppe gatea bajo el puente de mandos.

—¡Una canica! —exclama, el muy idiota—Qué color más bonito; el azul es mi color favorito.

Y con mi terror materializado en forma de excremento esférico en el bolsillo, Giuseppe vuelve en sí mismo, feliz como un escarabajo pelotero empujando una pelota de mierda.

—¿Adónde vamos? —pregunta, sentándose en el asiento del copiloto.

Afrodita se muestra reticente a perdonarle tan rápidamente pero finalmente decide obviar la estupidez de su compañero.

—A Saturno —su respuesta no es muy extensa ni su tono muy amigable pero no deja de ser mejor que el silencio.

—¿A Saturno? —repite él—Y, ¿a qué vamos a Saturno?

Suspiro de nuestra capitana.

—Tú no habrás oído hablar del náufrago, ¿no?

Giuseppe la mira con cara de besugo; está claro que no ha oído hablar de él.

—¿De verdad no te suena ni siquiera un poquito? La leyenda del náufrago; la única persona que consiguió colarse en una nave para ir en busca de la fórmula de la Mirinda, igual que nosotros.

—¿Y qué le pasó? —el chiquitín escuchaba a Afrodita como un niño escucha un cuento antes de dormir.

—Que le pillaron —responde, sin apartar la vista del horizonte estelar—. Dicen que, cuando ya estaba de regreso a la Tierra, los trátor lo encontraron y lo dejaron morir en un satélite que girará por los siglos de los siglos en uno de los anillos de Saturno. Solo le dejaron el agua suficiente para que pudiera sobrevivir hasta que el hambre acabara con él.

El calvo atiende boquiabierto a las explicaciones de la que, a estas alturas de la película, se ha convertido claramente en su jefa, por mucho que nadie se haya pronunciado al respecto. Continúa así durante más tiempo del razonable después de que ella termine la primera parte de su exposición. Por fin entorna los ojos; algo no le cuadra.

—Pero, si está muerto—murmura—… ¿para qué lo queremos?

Parece que, por lo menos, es capaz de hacer razonamientos sencillos.

—Porque, según dicen, consiguió escribir la fórmula en alguna parte y se las arregló para lanzarla al espacio con la esperanza de que alguien pudiera encontrarla y liberar por fin a los nuestros. Así que, si la historia es cierta y los trátor no la han encontrado antes, la fórmula tiene que estar desde entonces dando vueltas a Saturno en alguno de sus anillos.

—Anda, ¡qué bien! Y ¿cómo vamos a encontrarla?

Afrodita aparta por fin la mirada del infinito sideral para posarla sobre Giuseppe.

—Ni puñetera idea —la solemnidad con la que le responde deja en un segundo plano su falta de propuestas, aunque solo sea por una vez.

Vota cómo quieres que continúe la historia y lee aquí el próximo capítulo el próximo viernes 11 de octubre

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