08. Control mental, empujones y carambolas

Peripecias-estelares08

El bulala aprovecha que Afrodita desvía su atención hacia el enano para fijar su vista en ella. Otro que no puede evitar quedarse embobado al verla; con el retaco y conmigo ya somos tres, y todos de especies distintas. Como no aparte sus ojos de ella le arranco la cabeza de un mordisco.

—¡Que si tiene baño! —el chiquitín parece haber tenido la misma reacción que un servidor, cosa que le ha salvado la vida a nuestro vendedor; un segundo más y no respondo.

—Es un modelo terrestre —responde el bulala con toda la parsimonia del mundo mientras dirige su mirada a Giuseppe con la misma rapidez—. Claro que tiene baño. Sois la única especie en este sistema solar que necesita dejar constancia de su existencia en forma de bolitas de mierda.

Me agito en mi sitio, incómodo. El bulala me mira.

—He dicho en este sistema solar. Ya sé que es algo que se estila mucho en los mundos inferiores.

¿Será asqueroso el tipo? Como si dejar un reguero de babas allí por donde se pasa fuera algo mucho más higiénico. Mi trompa empieza a elevarse, preparándose para el ataque. Solo un gesto de Afrodita consigue impedir, otra vez, que le arranque la cabeza. A la próxima no lo salva ni ella.

—Déjate de tonterías —le dice—. ¿Aceptas el trato o no?

La expresión de nuestro interlocutor cambia de repente y nos muestra su mejor sonrisa.

—Claro, claro —dice, acompañando con una ligera reverencia cada una de sus palabras—. Por supuesto, por supuesto. Y no solo eso: a cambio de vuestra nave os obsequiaré, ya que solo tengo disponible esta Limoria 348, nave birriosa donde las haya, con dos recargas de combustible, además de la puesta, y pases de acceso a todos los planetas de este nuestro cochambroso sistema solar, además de vales de descuento en todas las estaciones de servicio Bulpower.

Mis compañeros de aventura no salen de su asombro. A mí se me escapa una sonrisa bajo mi trompa; quien ríe último ya se sabe y los bulala no son precisamente unos genios a la hora de bloquear un ataque mental de los míos. Afrodita vuelve a mirarme de reojo igual que lo hiciera cuando utilicé mis poderes con ella. Vuelvo a aspirar el suelo y me como una piedra para calmar mi ansiedad.

—¡Y una bolsa de ganchitos! —Giuseppe no puede reprimirse al ver que el bulala está en pleno acceso de generosidad desatada.

—Por supuesto, por supuesto —vuelve a decir éste—. Acabo de recibir un pedido completo. Lo cargaré en vuestra bodega, junto con un bidón de pernos herrumbrosos del almacén —esta última frase va dirigida a mí.

El pobre bulala, aún bajo los efectos de mi incursión mental en su primitivo cerebro, corre de lado a lado de la estación acarreando combustible, pernos y ganchitos sin dejar de reverenciarnos cada vez que pasa a menos de diez metros de nuestra posición. Mi truquito no funcionará durante más de cinco minutos, así que, puestos a dar órdenes, lo induzco a aligerar, que no tenemos todo el día y ya estoy sufriendo los primeros temblores a causa del esfuerzo. El reguero de babas que va dejando allí por donde pasa empieza a adquirir ya un color pistacho bastante chillón, señal de que él tampoco está precisamente en forma. Por fin carga el último bulto en nuestra nueva nave y nos despedimos justo a tiempo, ya a cinco metros del suelo. La expresión de su cara demuestra claramente que mi poder sobre él ha desaparecido y que, además, está cabreado como una mona. La próxima vez que se ría de otro.

—¡Conduzco yo, conduzco yo!

Giuseppe aparta de un empujón a Afrodita del panel de mandos y se pone a tocar botones a lo loco. Por muy terrestre que sea el modelo de nuestro nuevo vehículo, está claro que el calvo no tiene ni puñetera idea de conducirlo; como consecuencia salimos disparados dibujando preciosos tirabuzones en el cielo de Marte pero rebotando cada uno de nosotros contra todas las paredes de nuestra flamante Limoria. Tras tres carambolas con cada uno de ellos logro hacer ventosa con mi trompa sobre el cuadro de mandos y, aún en suspensión, enderezar el rumbo.

Apenas recuperada la estabilidad del vehículo, Afrodita sale del armario escobero al que había ido a parar y avanza hasta el centro de la estancia. Piernas separadas y brazos en jarras. Esto pinta muy pero que muy mal, especialmente para el retaco de a bordo.

Vota cómo quieres que continúe la historia y lee aquí la continuación el viernes 4 de octubre

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