07. El peso de la vejiga al aceptar un trato

Peripecias-estelares07Vemos alejarse la plaza a toda velocidad y enseguida perdemos de vista a Jkort y el resto de los trátor y al grupo de humanos supervivientes a la última incursión tratoriense en la antigua parada de metro que les sirve de hogar desde que llegaran a la ciudad. A esta última también la vemos empequeñecer rápidamente hasta pasar a confundirse con el resto del paisaje terrestre. La única referencia que nos queda para localizarla desde el aire acaba siendo la línea que separa la tierra del mar, en la que sabemos que se encuentra. El espacio a nuestro alrededor no tarda en perder su color celeste y pronto nos sumimos en una negrura que espero no sea premonitoria.

Igual que un servidor, que no veía la hora de abandonar ese dichoso planeta, Giuseppe no ha apartado la nariz de la ventana desde que despegamos, aunque por diferente motivo al mío. Aquí la única que sigue con los pies en el suelo, gracias al uso figurado del lenguaje y a la gravedad artificial de la nave, es Afrodita. Para variar.

—Nunca había salido de la Tierra —dice por fin el retaco—. Desde abajo no parece tan bonita.

Lo dice con tal ingenuidad que siento hasta un indicio de ternura. Lo corrijo rápidamente pensando que se trata de la misma persona que me ha bautizado como Frufru y no sólo desaparece todo rastro de debilidad sentimental en mi interior sino que me siento tentado de arrancarle alguna parte de su cuerpo rechoncho de un mordisco.

—¿Adónde vamos? —pregunta por fin. Está claro quién no lidera la operación; a la pobre Afrodita le ha tocado el gordo con este ejemplar como compañero.

—A repostar —responde sin apartar la vista del cuadro de mandos—. Estamos en las últimas.

Si las naves tratorienses tienen algún fuerte -por lo cual no son especialmente famosas-, desde luego la optimización de recursos no es uno de ellos; chupan una barbaridad. Por suerte la estación de servicio más cercana está aquí mismo y no creo que tengamos problemas para llegar.

—¿Y dónde vamos a hacerlo? —vuelve a preguntar.

—En Marte —responde—. Es la estación más cercana y los trátor no son bien recibidos allí; esperemos que eso nos salve de la detención porque a estas horas el universo entero debe de saber que les hemos birlado una nave y que campamos a nuestras anchas por ahí. Quizás lo mejor sea deshacernos de ella y conseguir otra más discreta.

El calvo vuelve a sumirse en la contemplación del universo a través de la ventana. Afrodita sigue sumida en su tarea de dirigir la nave en modo manual y yo aprovecho para relajarme hasta llegar a nuestro destino, así que cierro el ojo y me dispongo a echar una cabezadita.

—¿Falta mucho?

No sé cuánto tiempo ha pasado. Lo único que sé es que estaba en lo mejor de un sueño más que agradable y este lerdo me ha devuelto sin anestesia ni nada al mundo real. Y la visión de semejante individuo agarrándose la entrepierna con sus piernecitas flexionadas no ayuda a ponerme de mejor humor. Afrodita no parece disfrutar mucho más que un servidor de la experiencia y se limita a resoplar y mirarlo de medio lado. Los cinco minutos siguientes transcurren en silencio con el enano mirando de nuevo por la ventana, concentrado en la tarea de controlar su vejiga, y nuestra capitana en funciones apretando botones sin cesar. Tanta actividad por su parte no puede decir mas que una cosa.

—Sentaos —ordena—. Vamos a aterrizar.

—¡Gracias a Dios! —Giuseppe corre a sentarse junto a Afrodita. No parece haber más asientos en la nave. Me miran con cara de circunstancias; me ha tocado el aterrizaje salvaje. A mi plin, lanzo mi trompa hacia el techo y, haciendo ventosa, mi cuerpo queda en suspensión a dos palmos del suelo. Se encogen de hombros; valdrá.

Aterrizamos sin contratiempos pero no veo la estación de servicio por ninguna parte, en su lugar hay un concesionario de naves usadas. El chiquitín corre a la busca de un sitio en el que poder deshacerse de sus líquidos de deshecho. Pregunta a un tipo que parece ser el encargado y se dirige tan rápido como le permiten sus piernecitas al lateral del edificio más cercano. El tipo en cuestión nos mira y se dirige hacia nosotros; su pinta no me tranquiliza. Ver que se trata de un bulala no hace sino inquietarme aún más. Camina con el típico andar de su especie, balanceándose mientras se arrastra sobre su vientre amarillo y viscoso.

—Vaya, vaya —dice a modo de saludo—. ¿Qué tenemos aquí?

—Buenos días —responde Afrodita, no sin ironía; ¿qué cuesta ser un poco educado?

—Buenos días —sonríe con sorna—. Una nave trátor. ¿Cómo habrá llegado hasta aquí?

—Déjate de tonterías —a veces, la educación está de más—. Como ya sabrás, necesitamos deshacernos de ella. No tenemos dinero. ¿Qué nos das a cambio?

Giuseppe vuelve del lavabo con cara de éxtasis y, al llegar, se limita a seguir la conversación con la mirada, de un interlocutor a otro.

—Me va a costar mucho colocarla, ¿quién la va a querer? Nadie quiere problemas con los trátor.

—¿Crees que soy idiota? —parece que Afrodita tiene muchos registros—. Por piezas te vas a sacar una pasta.

El bulala ve claramente que no va a poder engañarla pero, aun así, tiene la sartén por el mango.

—Os ofrezco ésa —señala una nave junto al edificio al que ha ido Giuseppe a hacer pis—. Una Limoria 348.

—Una mierda, vamos.

El bulala se sonríe.

—Cuatro plazas y control de velocidad automático. Por lo menos cabréis todos. La amortiguación es casi nueva.

—¿Tiene baño? —interviene Giuseppe. Afrodita lo vuelve a mirar de soslayo.

Vota cómo quieres que continúe la historia y lee aquí el próximo episodio el viernes 20 de septiembre.

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8 comentarios en “07. El peso de la vejiga al aceptar un trato

  1. Si no tiene cámara trasera y asistencia para aparcamiento esss igualll, pero es baño es imprescindible!!! y si además tiene un colgador detrás de la puerta ya no se puede pedir más ;-))

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  2. jaja, no me digas que nunca has tenido la agradable experiencia de tener que hacer malabares en un baño para aguantar el bolso, la chaqueta, los pantalones que no quieres que toquen el suelo!!!! quizás apuntalar con un pie la puerta que no tiene cierre . . .
    Ahora lo recuerdo con una sonrisa pero hace unos días era esto o nada hasta después de 5 horas!!! i “tirar de la cadena” nooo, un bidón con agua y un recipiente para tirarla.
    Así que acuérdate del colgador y un cierre para la puerta, si us plau!!
    Petonet,

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    • Es una experiencia religiosa de la que creo que ninguna mujer se ha librado (ahí sí que los envidio ¬¬).
      Lo que tú describes roza ya el misticismo, ¿a qué antro hay que acudir para vivir semejante experiencia? Jajaja

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  3. Huy que ha dado la impresión que me muevo por escenarios de novela negra, muy negra jeje
    No era un antro 😉 el baño era muy “especial” pero si añades que estaba en lo alto de la isla de Taquile entonces ni te imaginas como agradeces su intimidad.

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