05. Sustos, planes de fuga y oasis de tranquilidad

Peripecias estelares05

Lamentablemente, el gesto cariñoso con el primate feo, pese a llevarme al límite de la náusea parece no ser lo bastante convincente como para que a éste se le pase el susto y se relaje. Lejos de eso retrocede sin mirar y tropieza con un perno de tamaño considerable que debía de haber arrumbado en el cuartucho en el que estamos desde mucho antes de que los humanos se cuasiextinguieran. ¡Un perno! ¡Y herrumbroso! Allá voy; Giuseppe malinterpreta mis intenciones y se lanza a los brazos de Afrodita, que, demasiado asustada para rechazar el contacto con otro ser de su misma especie, lo acoge casi maternalmente. Los miro extrañado desde el mi único ojo, solitario sobre mi trompa; ¿de qué tienen tanto miedo? Reoriento mi atención hacia lo realmente importante; «fru-frup». Para adentro. Dios, ¡qué bueno estaba!

Aún abrazados me siguen mirando, ya más asombrados que asustados.

—Se lo ha comido —para ser una especie inferior no tienen excesivamente alterada la percepción de la realidad; sí, me lo he comido.

—Sin masticar ni nada —dice Giuseppe—. Así, sin más. Aspirar y listo. ¿Para qué quiere entonces tantos dientes?

Es cierto. No mastico. Tampoco me hace falta; mi estómago es una máquina de destrucción. Poco importa lo que eches en él; desaparece. Los dientes, sin embargo, para responder a la inocente pregunta de Giuseppe, sí que son necesarios, ya que no siempre lo que pretendo echarme al buche se deja; a veces hay que matarlo primero.

En fin. Dejémonos de tonterías, que el tiempo apremia. Tengo tantas ganas de largarme de aquí como estos dos. Y ellos, aunque aún no lo sepan, van a colaborar voluntariamente conmigo. Me concentro en la mente de Afrodita, que parece ser la lista, y hago aparecer en ella el recuerdo de los trátor, que no deben de andar muy lejos.

—Vámonos —concluye, por fin.

Arrancamos a andar en la dirección que llevaban antes de encontrarme y, de repente, el calvo se detiene y me mira.

—Nos sigue —dice.

—No nos sigue —responde ella—. Viene con nosotros.

Mi plan marcha a la perfección; ya me han incluido en sus planes y me llevarán adónde yo quiera. Giuseppe se encoge de hombros y reanuda la marcha.

—¿Viene con nosotros? Pues tendremos que ponerle un nombre.

Ya me lo temía porque con humanos ya se sabe; son simples y necesitan tener un nombre para cada cosa, pero, en fin, qué remedio me queda. Hace muchos años que mi especie pudo prescindir de la comunicación oral. Muchas, muchas generaciones atrás, pasamos a la telepática, mucho más sofisticada y, sobre todo, más tranquila. Nuestro planeta era una balsa de aceite, un remanso de paz, un oasis de tranquilidad en medio del caos ruidoso del frenético ir y venir de otras sociedades de nuestro mismo sistema solar, no digamos ya de los vecinos. Lo era, sí. Hasta que llegaron los trátor y nos esclavizaron a todos. Poca amenaza era para ellos nuestra trompa repleta de dientes porque, oh, desgracia, somos alérgicos a ellos. No es que nos sienten mal, no; es que son altamente tóxicos para nuestro organismo. Veneno puro. Nada que hacer porque, para colmo de males, son inmunes a nuestros poderes telepáticos. Con ellos no vale lo que he hecho con estos dos pánfilos; atraerlos mentalmente antes siquiera de que ellos me vieran es una técnica básica de preescolar que no me habría servido para nada con uno de ellos. Los odio. Somos perfectos como guardianes; para ellos no suponemos ninguna amenaza pero el resto de especies tiene que andarse con mucho ojo con nosotros; silenciosos y mortales, los ninjas del universo. Vigilamos a sus esclavos y los llevamos de aquí para allá. Pero esto se va a acabar.

El simple de Giuseppe sigue con lo suyo, buscándome un nombre apropiado. Afrodita, por lo menos, parece estar por la labor y, lejos de escuchar las tonterías de su compañero, camina sigilosamente y se asoma discretamente  a todas las posibles vías de escape en busca de algún enemigo que dé al traste con sus planes de salvación de la humanidad. Por fin hace un gesto a su comparsa. Que se calle. Menos mal, pensaba que no lo haría nunca. Asoma cautelosamente la cabeza por encima del último escalón de las escaleras que llevan a la calle y, con su melena morena mecida al viento cual ser celestial, señala hacia la plaza. Una nave de aprovisionamiento descansa en medio de ella. Está abierta. Hay trátors a la vista, cierto, pero, habrá que aprovechar la oportunidad, ¿no?

Vota cómo quieres que continúe la historia y lee aquí el siguiente capítulo el próximo viernes 6 de septiembre (que ya llegan las vacaciones y tanto vosotros como yo estamos deseando desconectar de nuestra rutina y darnos a nuestras ocupaciones veraniegas, sean éstas una actividad frenética o vegetar ante el ventilador. ¡Feliz verano!)

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4 comentarios en “05. Sustos, planes de fuga y oasis de tranquilidad

  1. Pues vaya con el peludito, anda que no es listo!!!
    Que disfrutes de las vacaciones en algún lugar fresquito ;-), o tomando el sol quizás, la cuestión es desconectar y pasarlo bien.
    Un petonet,

    Me gusta

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