04. Primates, melenas y arrumacos

Peripecias estelares04

El pequeño señor peludito siguió caminando hacia el origen del misterioso sonido, «fru-frup», un pasito tras otro, desoyendo los insultos de la pobre Afrodita, atacada de los nervios al ver que iban a perder la única oportunidad que iban a tener para largarse de allí por culpa del tarugo con el que le había tocado salir en misión de salvamento de lo poco que quedaba de la humanidad. Sólo tenía dos opciones: ir a buscarlo de los pocos pelos que aún conservaba o dejarlo allí tirado y largarse sola. Tentada estuvo de hacer esto último pero, pobre Afrodita, por borde que fuera a veces y por dura que intentara aparentar ser, en el fondo era, muy a su pesar, una blanda de mierda. Puesto que el tarugo en cuestión parecía estar hipnotizado sin que nada en este mundo fuera capaz de distraerlo de su objetivo inmediato, caminar hacia el dichoso ruidito, cosa que sentía la imperiosa necesidad de hacer por poca lógica que tuviera, a la pobre muchacha no le quedó otra que lanzarse hacia él, agarrarlo por el brazo y, oh, sorpresa, echar a andar junto a él hacia el origen del dichoso «fru-frup».

La cosa parecía venir de detrás de una puerta metálica de un color parduzco que, seguro, nada tenía que ver con el de origen. El bracito peludo de Giuseppe se alargó tímidamente hasta alcanzar el picaporte. Un giro de muñeca, un tironcito y, entre la penumbra, pudieron ver que el misterioso sonido procedía de un rincón del cuartucho que había tras la puerta. Estaba claro que allí no había máquina ni cosa parecida capaz de producir semejante ruido; cualquiera en su sano juicio habría echado a correr, puesto que encontrar un ser vivo en la Tierra era garantía de estar ante un auténtico mal bicho pero la extraña pareja no sólo no salió por piernas de allí sino que, sin haber acostumbrado siquiera sus ojos a la oscuridad de la habitación, se aventuraron a tocar a la fuente de los sonidos en un intento de saber de qué se trataba. El bicho en cuestión se movió y apareció ante ellos, justo en la franja de luz que se colaba por la abertura de la puerta.

Un metro y medio aproximado de alto por otro metro de ancho, todo ello recubierto de un sedoso pelaje color azafrán. Ni muy largo ni muy corto; la medida justa para no haberme podido hacer coletas, de haber tenido manos, claro está. He dicho haberme, sí, porque el causante del «fru-frup» famoso no era otro sino yo, el mismo que os ha contado esta historia hasta este momento y el mismo que ha atraído a los dos membrillos humanos hasta mí. Puede que mi aspecto rechoncho y melenudo y mi trompa no menos peluda cayendo desde el metro veinte de mi cuerpo provoque en el prójimo ganas de abrazarme pero, creedme, soy un mal bicho.

—¡Oh! —exclamó Afrodita—¡Qué mono!

Admito que mono, por su referencia a los primates, seres inferiores hasta en su versión supuestamente más avanzada, no me pareció un adjetivo muy apropiado para iniciar una relación, más aún sin conocerme de nada, así que si no le arranqué el brazo de un mordisco fue únicamente porque pese a lo rudimentario de su condición de primate, algo en aquella mano suave que me acariciaba el pelito me obligó a contemplarla cual idiota mientras movía mi trompita de lado a lado.

—Y qué pelo más suave —añadió el enano rechoncho mientras pasaba sus manazas sobre mi pelazo.

¡Ah! Esto ya no. Que una macizorra como ésta me acaricie pase, por muy primate que sea, pero que este engendro simiesco me toque y se atreva a emitir juicios sobre mi cuero cabelludo sí que no, por muy favorables que estos sean. Sin que yo pueda evitarlo mi trompa se abre hasta adoptar la forma de campana tan característica de los de mi especie al mosquearse y, tras ponerse a la altura de sus ojos, muestra amenazante toditos y cada uno de los dientes que recubren sus paredes, que no son pocos. En la expresión de su cara veo claramente que me he pasado tres pueblos, así que vuelto a mi formato de bichito entrañable y le hago un arrumaco frotando mi trompa contra su brazo en plan mimoso. Casi vomito pero necesito a estos dos pardillos para conseguir lo que quiero, así que más me vale tenerlos voluntariamente de mi parte todo el tiempo posible.

Vota cómo quieres que continúe la historia y lee aquí el próximo capítulo el próximo viernes 26 de julio

6 comentarios en “04. Primates, melenas y arrumacos

    • Uy! Las ilustraciones! En un principio pensaba seguir con mis dibujitos. Hice el primero y todo, pero al final me decanté por la cabecera fija (como habréis podido ver claramente, el dibujo no es mi fuerte -de hecho, si a la chica le puse un lunar fue para que, saliera como saliera el dibujo, supierais que era ella, jajaja -verídico, eh?).

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