02. Lindmayer y las lenguas muertas en Rkuaj

Peripecias estelares02

Ulrika Lindmayer intentaba hacerse oír entre los presentes en la primera reunión de rebeldes de la que se tenía constancia en la recientemente renombrada ciudad de Rkuaj desde la invasión. Tres años llevaban ya los trátor entre los terrestres y, en todo aquel tiempo, los terrícolas apenas habían tenido tiempo de acostumbrarse a la nueva situación, puesto que los nuevos señores del planeta se habían dedicado a trasladarlos continuamente de un lugar a otro con la esperanza de evitar así alianzas entre amigos o conocidos. Esta tendencia, sin embargo, se había ido relajando y los traslados estaban cada vez más alejados en el tiempo. Hacía ya seis meses del último y los esclavos empezaban a organizárseles; o espabilaban, o los trátor iban a toparse con algún que otro amotinamiento más pronto que tarde.

Los humanos, entre los cuales no tardaba en aparecer alguien dispuesto a mandar, tenían, sin embargo, una dificultad pasmosa para mantener dos cosas: la calma y el silencio, lo cual eternizaba cansinamente cualquier intento de rebelión organizada. Ulrika, que se había autoerigido como líder del asentamiento de Rkuaj, no contaba con muchas simpatías entre sus compañeros, que pasaban olímpicamente de su liderazgo, no le hacían ni puñetero caso y discutían en corrillos la mejor manera de derrotar a sus enemigos. Demasiado para su orgullo.

—Schweigen!

El silencio se hizo automáticamente entre los asistentes, que abandonaron sus conversaciones para lanzarle una lluvia de miradas reprobatorias: si algo no se toleraba desde mucho antes de la llegada de los trátor era la comunicación en cualquiera de las recientes lenguas muertas. La Registaro, único organismo de gobierno del planeta, decidió no dar un trato de favor a ninguna de las naciones que hasta el final de la Tercera Guerra Mundial formaban el planeta e instauró el esperanto como idioma oficial, castigando severamente el uso de cualquiera de las lenguas declaradas oficialmente extintas. Todas. Las nuevas generaciones crecieron con el nuevo idioma oficial, cosa que, no hay mal que por bien no venga, facilitó mucho las cosas a la humanidad después de la invasión y sus constantes traslados de punta a punta del mundo, pero a sus más vetustos congéneres les costaba no pasarse de vez en cuando a su lengua materna, sobre todo a la hora de cagarse en algo. Y, si algo tenía Frau Lindmayer, además de mala leche, eran muchos años a sus espaldas.

—Silencio —corrigió en su mejor esperanto, no falto de acento alemán, intimidada por la multitud—. Lo echaremos a suertes. Que cada uno escriba su nombre en un papel y pase a dejarlo en este bidón.

Aquella parecía la única solución posible. Todos estaban deseosos de abandonar el apestoso lugar en que se había convertido la Tierra y poco les importaba que ello supusiera jugarse el pellejo en el espacio exterior en busca de la fórmula de la dichosa Mirinda; quedarse allí tampoco suponía una garantía de supervivencia mucho mayor. Uno por uno pasaron a depositar sus esperanzas en forma de papelito autografiado en un bidón de metal. Una vez hubieron pasado todos, la expectación fue máxima. Ulrika se remangó ceremoniosamente la chaqueta e introdujo la mano en el bidón. Removió los papelitos y extrajo dos. Carraspeó y abrió el primero.

—Giuseppe Dallacosta.

Un grito de júbilo surgió de alguna parte entre los presentes, aunque nadie supo determinar en un primer momento de dónde. Ulrika barrió con la mirada la estación de metro que sus opresores habían elegido como dormitorio para sus esclavos. Ni siquiera desde su privilegiada situación sobre un banco del andén pudo ubicar el origen del jolgorio del tal Giuseppe, hasta que, por fin, de entre dos torres vikingas surgió un bracito, por lo corto, regordete y peludo, que se agitaba con insistencia.

—¡Yo, yo! ¡Aquí! ¡Yo! ¡Aquí!

Fue abriéndose paso entre la multitud, que lo miraba sin molestarse en disimular su odio, en parte por los empujones del afortunado liliputiense y también, para qué negarlo, por pura envidia cochina. Ulrika no esperó a que el primer afortunado llegara hasta ella y leyó en voz alta el segundo nombre.

—Afrodita Delaki.

Esta vez no hizo falta barrer nada; una joven de la primera fila dio un paso al frente y esperó con una sonrisa en los labios y cara de profunda satisfacción a que la ceremonia, llamémosle así, siguiera su curso. Los ánimos decayeron bruscamente entre el resto de candidatos a la aventura galáctica, claro, y las miradas poco amables dirigidas a Giuseppe empezaron a convertirse en empujones y alguna que otra colleja. Por fin logró éste atravesar la primera fila y, al ver a la que iba a ser su compañera de andanzas, no pudo sino arrancarse de nuevo por exclamaciones y aspavientos de puro contento que estaba. Finalmente corrió a abrazarla justo bajo el cartel que, en letras blancas sobre fondo rojo, rezaba el nombre de la estación: Urquinaona. Aunque eso a ninguno de los presentes le dijera absolutamente nada.

¿Cómo quieres que continúe la historia? Vota y lee aquí la próxima entrega el viernes 5 de julio.

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2 comentarios en “02. Lindmayer y las lenguas muertas en Rkuaj

  1. Valdría la pena que le enviaras un enlace a Wert, si ve que en el 2099 los que queden hablaran esperanto quizás s relaje y desista de su afán españolizados jejeje

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    • No creo que este hombre se relaje con nada… lo bueno es que para entonces, por mal bicho que sea, si no se ha muerto de viejo (o de algo menos agradable), el accidente del 2096 lo habrá dejado KO y no seguirá tocando lo que no suena al resto de la humanidad (a menos que estuviera tomando Aeronolín, claro…).

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